VIAJE A LA INDIA OCTUBRE DE 2011
Desde el 3 hasta el 21 de octubre realicé con viajes Ámbar un viaje a “LA OTRA INDIA” visitando varias ciudades de este país. La India era uno de esos lugares que me quedaban por visitar, y la verdad es que lo que he visto no me ha defraudado, es más, me ha impactado.
A continuación está el programa que me dio la agencia sobre este viaje. Después mis impresiones. Todo constituye la crónica de un magnífico viaje.
Dia 3 octubre.- Vuelo Madrid a Delhi.
Día 4 octubre.- Delhi – Tour de Old y New Delhi.
Día 5 octubre.- Delhi – Agra.
Día 6 octubre.- Agra – Fatehpur Sikri – Abhaneri – Jaipur.
Día 7 octubre.- Jaipur.
Día 8 octubre.- Jaipur – Bundi.
Día 9 octubre.- Bundi – Kota – Shivpuri.
Día 10 octubre.- Shivpuri – Gwalior.
Día 11 octubre.- Gwalior – Datia – Orchha.
Día 12 octubre.- Orchha.
Día 13 octubre.- Orchha – Khajuraho.
Día 14 octubre.- Khajuraho – Benarés.
Día 15 octubre.- Benarés.
Día 16 octubre.- Benarés.
Día 17 octubre.- Benarés – Delhi – Amritsar.
Día 18 octubre.- Amritsar.
Día 19 octubre.- Amritsar – Delhi.
Día 20 octubre.- Delhi. Vuelo de regreso.
Día 21 octubre.- Llegada a Madrid.
Y aquí iba a poner una fotografía de todo el grupo, pero se me ha perdido y no he podido encontrar otra. Total no pasa nada pues son personas que no conocía y que lo más probable es que no les vuelva a ver. Es lo que suele ocurrir en casi todos los viajes.
Llego a Delhi por la noche. El autobús que nos lleva al hotel recorre calles oscuras, vacías. Solo veo casas destartaladas, casas nuevas y mucha suciedad por el suelo.
Día 4 octubre.- Delhi – Tour de Old y New Delhi.
Por la mañana visitamos la ciudad.
El autobús nos lleva a la Mezquita de Hama Masid, la mayor de la ciudad y una de las mayores de la India. Por el camino todo lo miro con curiosidad, con expectación, veo ritsos, bicicletas, algunos automóviles, furgonetas, autobuses y gente. Aquí viven 16 millones de personas y están por todas partes, todo está lleno.
La mezquita me recuerda mucho a las de Asia Central, sólo que sin los azulejos azules. Y no es raro porque este edificio, al igual que otros muchos fue edificado por un emperador o rey mogol. Es un edificio bonito, pero lo que más me llama la atención son los colores de las ropas de las mujeres ¡Son tan diferentes a los que se ven en Europa!
Y luego la calle. Estamos junto al viejo Delhi y damos una pequeña vuelta en un ritso, en uno de esos triciclos que un hombre mueve dando pedales. Montamos otro y yo y el hombre se las ve y se las desea para hacerlo mover. Al final del trayecto pide una propina y le doy 100 rupias, menos de 2€, una cantidad desor-bitada para la India, pues el viaje habrá costado 30 ó 40 rupias. Hoy el hombre ha hecho su agosto. Es mi primera experiencia comercial. Enseguida aprendo lo que es mucho y lo que es poco.
Luego vamos al Monumento a Gandhi, el lugar donde fue incinerado. Su tumba no existe pues sus cenizas fueron echadas en varios ríos. Es un lugar como de peregrinación para los hindúes. La gente anda en silencio, es respetuosa y el lugar está limpio. Y yo me asombro ante el colorido de las ropas de los grupos abigarrados de mujeres, mujeres y hombres que vienen de todas partes de la India. Yo me pregunto como un martes puede haber tanta gente, hasta que caigo que aquí viven 16 millones y que muchos tendrán este día libre o serán sus vacaciones, eso sin contar los de otras ciudades. Total solo hay 1000 millones de personas en la India.
Y desde allí al Templo Sikh. Los Sikh son los practicantes de una religión fundada en el siglo XVI. Los sikh siempre fueron guerreros, hoy todavía muchos llevan cuchillos y espadas. Sus templos se distinguen enseguida: las cúpulas son doradas. Y en el interior se guarda una copia del libro sagrado frente a la que ora un sacerdote y junto a la que cantan salmos religiosos. Todo el altar es dorado o de pan de oro, yo eso ya no llego a distinguirlo.
Los sikhs son muy ricos y afortunadamente son muy caritativos. En todos los templos se hace comida que se reparte gratuitamente a todo el que se acerca allí. Mujeres y hombres voluntarios hacen la comida, la sirven y lavan los cacharros. Y todo con el dinero que ellos aportan. A mi me parecieron personas amabilísimas, agradables y simpáticas. No ponen ninguna pega cuando les quieres hacer una foto, es más, te lo facilitan cuanto pueden, y a veces hasta llegan a posar con lo cual la estropean.
Como nuestro guía era sikh pudimos entrar en las cocinas y recorrer todas las dependencias del templo. Hasta probamos el pan que hacían, que era un pan delicioso.
A continuación vamos a visitar la Tumba de Humayum, un monumento que es Patrimonio de la Humanidad y un claro antecedente del Taj Mahal. En realidad no es una tumba, es todo un conjunto funerario. Y en estos jardines hay muchas aves que andan tranquilamente sin asustarse de nadie, y ardillas grises que andan por todos los sitios y no se están quitas ni un momento, y árboles de tronco retorcido, como los que salen en las películas de la selva, que me gustan mucho. Y luego las pequeñas tumbas, solitarias, con un cierto abandono que les da un toque como de romanticismo, como de lugar virgen en medio de la selva que uno acaba de descubrir. Para mí aquí radica el encanto de este lugar.
A la salida del restaurante hay unos encantadores de serpientes. Cobran 10 rupias (20 ó 30 ctms) por hacerles una foto. Es su forma de ganarse la vida. Ir a la India y no hacer una foto a los encantadores de serpientes es casi lo mismo que no ir, esa es por lo menos mi idea. ¡Es algo que está tan unido! No pude entretenerme mucho, el grupo tenía que ir a la Puerta de la India. Es la parte más señorial de la India inglesa, la puerta es un monumento a los hindúes caídos en la guerra mundial. Hay un extenso parque y los niños se bañan en los estanques, la gente pasea y los puestos de chuches y refrescos ponen una maravillosa nota de color. ¡Ah! Los refrescos están al sol y la gente los coge tal cual y se los bebe. Será para no pillarse anginas.
Las ruinas de Qutab Minar, Patrimonio de la Humanidad, están a las afueras de Delhi. Aquí está el minarete más alto del mundo. Todo es muy antiguo, del 1100 ó 1200 y es el monumento islámico más antiguo de la India.
Es una mezcla de arte indú y arte musulmán de influencia española y mogola. Todo el conjunto me resulta muy exótico, si estuviese en medio de la selva, recubierto en parte por árboles y plantas, parecería uno de esos templos de Kim de la India o del Libro de la Selva. Todo me resulta a la vez familiar y a la vez nuevo. Nunca había visto en la realidad nada de esto, sólo lo había visto en películas y dibujos de libros de aventuras.
A las 7 de la tarde ya es casi de noche y el guarda nos echa rápido. Mi primer día en la India ha sido denso en imágenes y en lugares visitados. ¿Cómo serán los próximos?
Día 5 octubre.- Delhi – Agra.
Por la mañana temprano partimos hacia Agra. Después de un rato paramos en uno de esos sitios que se sabe el conductor y mira por donde aparece un niño con su flauta y su serpiente. Se pone a tocar y la serpiente levanta la parte delantera de su cuerpo, le hago unas fotos y me pide una propina. Le doy 10 rupias (unos 15 ctms de €), me mira y por señas me dice que le de otra propina para la serpiente, que también tiene que comer. Me hizo mucha gracia su razonamiento y también su cara y sus ojos. Le di otras 10 rupias y el se fue tan contento con su dinero y yo con mis fotos.
Desde el autobús vi un par de grullas de cabeza roja (como las de la foto). Las conocía por verlas en los zoos y me hizo ilusión verlas en libertad. Son unos animales preciosos.
Lo primero que visitamos en Agra fue El fuerte rojo. En cuanto se ve se comprende por qué le pusieron ese nombre. En la puerta de entrada hay muchos mendigos, con pinta de verdaderos mendigos, pidiendo. Lo malo es que hay demasiados y cuando das a uno una limosna los demás, si lo ven, te acosan para que les des a ellos otra.
No es por no dárselo, es porque se acaban los billetes pequeños y los que no han recibido nada lo necesitan tanto como los que sí han recibido algo. Lo anterior era mi razonamiento para no dar nada, luego pensé que si solucionaba la cena de unos pocos eso era mejor que nada, por lo menos para ellos.
Las dependencias y palacios del interior del fuerte son lujosas y espectaculares. Es un tipo de arquitectura con muchísimos espacios abiertos, sin puertas. Es un espacio para que corra el aire, para que entre la luz y la vida, los pájaros andan por aquí como por su casa.
Las partes de estilo mogol me son más familiares, sin embargo las estancias con columnas y como vigas horizontales, que son de un estilo más hindú, me son desconocidas, pero me gustan por la sensación de estabilidad, fuerza y robustez que dan. Son como las vigas de madera que he visto en algunos edificios de España pero con la diferencia que aquí son de piedra y están adornadas con esas filigranas que me recuerdan a las de los árabes. Son estancias bonitas, agradables y con un cierto toque de misterio.
En algunas de ellas hay galerías o amplias balconadas y desde esas galerías se ve, allá a lo lejos, el Taj Mahal, resplandeciente y a la vez envuelto en una tenue neblina.
Y como es una visión tan hermosa decidimos ir a verla de cerca. Rápido llegamos al Taj Mahal. La entrada me recuerda a la tumba de Humayum, quizá por el tono rojizo que tiene. Enseguida entramos y veo lo que esperaba ver: el Taj Mahal en carne y hueso (como diría mi nieta Alicia).
Y el edificio y la luz del atardecer me gusta pero no me sorprende, lo que sí me sorprende es la enorme cantidad de hindúes que están visitándolo. Los turistas extranjeros somos una minoría que pasa casi desapercibida. Al atardecer el Taj Mahal adquiere un tono entre rosa y malva precioso, y este color adquiere aún más brillo y resalta más con los maravillosos colores de los vestidos de las mujeres. Estoy mucho rato mirando el Tah Mahal desde un lado, desde otro, viendo el efecto del sol sobre sus paredes y mirando a muchas mujeres. Sus ropas me chiflan. A las 7 de la tarde, cuando ya empieza a ser de noche y dentro del Tah Mahal ya no se ve nada, echan a todo el mundo. Mañana a las 6,30 de la mañana volverán a abrir, pero ya no vendré aquí, veré el Taj Mahal desde la otra orilla del río, desde un lugar recomendado por las guías.
Día 6 octubre.- Agra – Fatehpur Sikri – Abhaneri – Jaipur.
Nos levantamos temprano, hay que ver el Taj Mahal al amanecer desde el otro lado del río. Está amaneciendo y la ciudad empieza a tener actividad, ya empiezan a colocar los puestos de comida, de chuches y de otras cosas, la gente ya va a trabajar.
Montamos en unos ritsos que nos llevan a nuestro destino. Por el campo vemos algunas viviendas de campesinos; más pobres y más humildes no pueden ser.
Al llegar a los jardines vemos el conjunto de edificios del Taj Mahal así de bonitos. Ya hay mucha gente visitándolo. La luz parece que se puede tocar.
En los jardines en los que estoy, casi todas las plantas tienen flores, y esas flores tienen unos visitantes muy queridos para mí: mariposas. Hay unas como las Hipiclides podalirius y otras negras con manchas rojas o verdosas. Las fotos
las he encontrado en Internet y las mariposas son muy parecidas, si no las mismas, a las que vi. Y en estos momentos recordé mi afición a coleccionar mariposas y en los buenos momentos que pasé, pero ahora ya no lo haría, como mucho me dedicaría a hacerlas fotos, es más difícil hacerlo. Algunas fotos son maravillosas y las mariposas siguen vivas, algo que ellas agradecerán.
Desde Agra nos vamos a Fatehpur Sikri, la ciudad que mandó construir un emperador y que al cabo de 50 ó 60 años fue abandonada por la falta de agua. Los palacios afortunadamente aún continúan. De camino pasamos por una charca donde los búfalos toman un baño matutino.
Yo imaginaba que los palacios estarían en ruinas o casi en ruinas, sorprendentemente están en un estado de conservación magnífico. Estos edificios son de un estilo hindú muy puro, desconocido hasta ahora para mí y que me gusta mucho.
Es Es la misma sensación que experimenté en el fuerte de Agra de robustez y estabilidad, aquí me doy cuenta que no hay puertas ni ventanas por ninguna parte, todo está abierto, por todos sitios se puede circular libremente. No sé si esta época y este estilo arquitectónico coincidió con un movimiento de gran libertad y movilidad de ideas, pero no me extrañaría nada que así hubiese sido.
Casi todas las personas que hay aquí son hindúes, y eso es algo a lo que me voy acostumbrando. No sé porqué tenía la idea que este era un pueblo pobre e inculto y que sus templos y palacios se conservaban gracias a los ingles y que solo los visitaban turistas extranjeros. Estaba muy equivocado.
Al lado está la mezquita de Salim Christi, un santo musulmán que vivió aquí hace muchos años y que goza de una gran devoción.
La puerta principal de este complejo es la más grande de toda Asia y por eso, y porque está en un alto no la he podido fotografiar de frente. En el edificio blanco está enterrado el santo, a la derecha la mezquita y a la izquierda las tumbas de varios reyes y nobles. Aquí hay menos mujeres que en otros sitios y las que se ven no llevan vestidos tan vistosos.
A la salida hay un amplio parque y hoy hace mucho calor, y en este parque veo por primera vez a la gente refrescándose. Que lo hiciesen los niños no me resultaba extraño, pero ver a las mujeres echándose jarros de agua por encima de la ropa sí. Esta escena la he vuelto a ver repetida en otros muchos lugares y siempre me ha parecido percibir un cierto aire festivo y alegre en esos momentos. Aunque el suelo siempre está lleno de basura, Nico, el guía, nos dijo que los hindúes son muy limpios aunque sean humildes, y mirando y observando he comprobado que esto es cierto en la mayoría de los casos. La gente va sucia cuando no tiene ocasión de lavarse, y eso ocurre sobre todo en las grandes ciudades.
Desde aquí nos vamos hacia Jaipur pasando por Abhaneri. La carretera es infame y al mal estado del firme se unen los tractores, las motos, las vacas y hasta algún que otro rebaño de camellos.
Abhaneri es una pequeña aldea de solo 15.000 personas. Vamos, una minucia para la India.
Es una localidad agrícola, que cuenta con un sorprendente pozo del siglo VI o VIId.C. Nunca había visto nada semejante: la profundidad del pozo, las escaleras de los laterales, el templo o monumento que hay en un lateral, las estatuas que hay por algunos sitios, y que proceden de un templo hindú que se desmanteló ante las invasiones musulmanas para que no fuera destruido, es un conjunto que sorprende y ante el que se siente una profunda admiración. Los colores de las ropas de las mujeres animan el sitio y hacen que las fotos sean más bonitas. Estamos en el corazón del Rajastán y los colores son mucho más vistosos.
En una habitación un poco oscura se escuchan unos chillidos de animales y se nota un olor a excrementos un tanto especial. Los animales son murciélagos, que están colgando del techo de las bóvedas y el olor es el de sus excrementos. Hay muchísimos murciélagos.
Al hacer las fotos, con el flash se asustan y muchos salen volando y causan el pánico de las mujeres porque son como ratones voladores, según dicen ellas con lo que demuestran que no tienen ni idea de zoología.
Después de visitar el pozo doy un paseo por la aldea. Enseguida me encuentro con esta niña, su cara y sus ojos me parecen preciosos.
Le hago unas fotos y al ir a darle 10 rupias para chuches aparece un montón de niños que también quieren dinero para chuches. No se lo doy a ninguno y la niña se queda con una cara de enorme desilusión. Cuando iba a montar en el autobús para marcharnos, la niña estaba allí, creo que esperándome y me miró con esa cara que solo tienen los niños. Cogí 10 rupias y sin que los otros niños me viesen se las di. La expresión de su cara cambió de repente. Siempre me pasa igual, los niños me pueden.
El paseo por el pueblito me encantó. Aquí vi la India rural y profunda, tal como siempre la había imaginado. Los hombres con esas ropas blancas, las mujeres con sus vestidos de mil colores trabajando en el campo, llevando leña, haciendo cosas en su casa mientras su bebé está en el suelo sobre una tela, los ancianos sentados al sol de la tarde hablando de sus cosas, las calles con búfalos, con
mangostas que van rápidas pero sin miedo, pues nadie las hace nada ya que comen ratas y serpientes, la luz maravillosa del atardecer, una luz cálida que todo lo envuelve, forman un conjunto que cubre ampliamente todas mis expectativas de lo que podía ser la India profunda, la de verdad, la que yo había imaginado viendo de niño las películas de Kim de la India, El libro de la selva y alguna que otra más. Ilusiones e imágenes que se han hecho realidad.
Y como una despedida de este deliciosa Abhaneri pasa esta mujer con su haz de leña a la cabeza, atado con esa tela amarilla igual que el vestido que lleva, ¿no será un trozo de su vestido o pañuelo?, y con su pequeño de la mano. Su porte erguido es de una gran elegancia natural.
Ya de noche llegamos a Jaipur. Nacho, el guía, nos sugiere dar un paseo. A las 8,30 hay muy poca gente por la calle. A las 9,15 ya no hay casi nadie. Y lo que veo en una plaza cerca de City Palace, donde está el palacio del actual maharajá me llena de tristeza: gente durmiendo en el suelo, gente que todo lo que tiene está allí: la ropa puesta, un pequeño atillo y la vida. No tienen más. Y no hay solo hombres solitarios al estilo de los vagabundos europeos, no. Hay familias enteras, hombres, mujeres y niños durmiendo allí. Cuando llueve extienden unos plásticos y así se cubren.
No solo vemos los de esta plaza, por otros muchos sitios hay personas que viven así: debajo de un puente, en la amplia entrada a un templo que ya no se utiliza, bajo un alero, y siempre bajo las estrellas. Menos mal que aquí hace poco frío. Y lo que más me indigna es que al lado está uno de los palacios más lujosos de la India donde vive una persona con multitud de criados. ¡Qué mal repartida está la riqueza! ¡Qué egoístas somos los humanos! Aquí en la India, a la gente a la que ya oficialmente se la considera pobre, vive con menos de 2 € al día ¡por familia!, no por persona. Los pobres entre los pobres, entre los que me imagino que se encontrarán éstos, viven con menos de 1€ al día. Y todos los pobres entre los pobres viven en las grandes ciudades, no en los suburbios, sino por todos los sitios. Para verlos sólo hay darse un paseo cuando ya es de noche o cuando está amaneciendo. Por el día se las apañan para sobrevivir. Por lo visto el estado les da comida: harina de maíz o arroz. Aquí, afortunadamente no se mueren de hambre, se mueren de enfermedades, de suciedad, de ignorancia, pero de hambre no, aunque si se piensa, rápido se cae en la cuenta que hay muchas clases de hambre.
Día 7 octubre.- Jaipur.
Un poquito después, sobre las 7.30 de la mañana empiezo a ver algunos niños que van al colegio y también veo a otras niñas de unos 10 años que no van al colegio, que van con un saco recogiendo basuras aprovechables para algo o que se puedan vender. Escarban entre los montones de basura y a veces veo que echan botellas vacías en los sacos, también echan otras cosas, pero no sé lo que es. Nunca había visto niños rebuscando entre la basura y eso me produce más tristeza que verlos durmiendo en la calle.
Sigo andando y veo bastantes niños, con uniforme que van al colegio. Empiezan a las 8 de la mañana. Algunos van andando, otros en moto con sus padres y otros en grupo van en ritso. Los niños llevan diferentes uniformes, y luego me entero que cada colegio tiene su propio uniforme y que se hace en un intento de igualarlos desde niños y evitar que la división en castas continúe. No me parece mala idea pero la casta que se debía eliminar antes que ninguna otra es la de los pobres. Es indignante que haya niños tan pobres, que están sucios, descalzos, que buscan en la basura y que no van a la escuela.
Y a estas horas también están por las calles las mujeres que barren. Solo barren un poco, el guía dice que les pagan para barrer un par de horas, y con la mierda que hay ese tiempo no da ni para empezar; además el guía dice que barren poco para asegurarse que asi siempre tendrán trabajo. No sé que habrá de verdad en estas cosas pero lo único que veo limpio es lo que las mujeres acaban de barrer.
Además de barrer levantan mucho polvo, pues las calles son de tierra, y ese polvo hace que las fotografías tengan una luz muy especial.
Además de los niños hay otras personas que me dan mucha lástima: algunos ancianos. Este anciano es un ciego que va pidiendo limosna. La gente sale de las casas y le da unas monedas. Yo también le doy unas monedas. Luego me arrepentí de haber sido tan tacaño, pero ya no tuvo remedio pues ya no le pude encontrar.
Había muchas cabras en las puertas y por la calle. Esas cabras comen basura y dan leche a sus propietarios. Basura no les falta, lo que no sé es si habrá mucho alimento en ella.
A la sombra de un árbol y junto a una pared, un señor ha instalado su barbería. Es una ventaja vivir en un país donde hace tan bueno, no hace falta gastar dinero en un local. Es la primera vez que veo algo así, pero veré muchos más negocios similares a éste.
Después de mi paseo matutino vamos al FUERTE AMBER. Está alejado de la ciudad, en el campo y surge poderoso allá en un alto. Subimos en elefante. Hay toda una hilera de ellos que solo hacen 4 ó 5 veces el recorrido. Y aquí, montando en los elefantes estamos sobre todo turistas extranjeros, pues el paseo va incluido en el programa. Es la primera vez en mi vida que monto en un elefante. Se mueve despacio, rítmicamente, sin brusquedades. Hay algunos elefantes enormes, otros son más pequeños, pero todos forman un conjunto lleno de color y de movimiento que me resulta muy bonito y como familiar. Será porque desde niño imaginé como serían los elefantes en la India.
El que lleva el elefante, un poco antes de llegar, pide una propina. Si no se le da nada, da un poco de agua al elefante y éste la espurrea hacia atrás con su trompa llenándote de agua y babas elefantunas, lo cual es muy gracioso para los que lo ven. Los elefantes entran por la puerta del mismo nombre y nos dejan en el patio de honor.
Bajamos del fuerte pasando por jardines y junto al lago. Unas mujeres están en el borde y con sus trajes de colores tan vistosos y tan bonitos arreglan cualquier foto.
Y de regreso paramos para ver el palacio que un maharajá mandó construir en medio de un lago para ir en verano, y cuando estábamos allí aparece un elefante andando por la carretera, la verdad es que no tiene ningún otro sitio por donde ir. Es una estampa que no me sorprende nada y que me encanta ver. Los elefantes me gustan más que los coches.
Y a continuación a Jaipur, a ver el Palacio de los Vientos, que mandó construir un maharajá en 1799 para que las mujeres de la corte, la favorita y las concubinas pudieran contemplar la vida de la ciudad y las procesiones sin ser vistas, a través de los pequeños postigos rotos. Es un edificio muy hermoso, de color rosa al igual que todos los edificios de la ciudad antigua (la que está dentro de las murallas) que fueron pintados de este color en 1905 para dar la bienvenida al príncipe de Gales, con motivo de su visita a la ciudad. Desde entonces, este color se considera un símbolo de la hospitalidad de Jaipur.
Y muy cerquita está City Palace, un enorme complejo de patios, jardines y edificios y donde está la actual residencia del maharajá de Jaipur, que normal-mente reside en Londres y que debe ser un pobre hombre que no tiene que llevarse a la boca.
Terminadas las visitas me dediqué a pasear por las calles de Jaipur, siguiendo un itinerario aconse-jado por la guía Lonely Planet. He disfrutado mucho en este paseo, he andado despacio, tranquilamente, parándome a observar todo: miro los puestos de flores; las vacas comiendo los desperdicios vegetales del mercado;
las mujeres barriendo; los monos comiendo también desperdicios, monos a los que los chicos y grandes tiran piedras para que se vayan al jardín y no anden por las casas y así no se metan en ellas, monos machos a los que los adultos tienen miedo pues pueden morder si te interpones en su camino;
observo a los vendedores de verduras colocados en los bordes de una ancha avenida llena de coches y de humo que ponen una nota de color a veces muy bonita y pintoresca;
me paro ante el peluquero que sienta a sus clientes en el suelo de la calle y que para darles compañía y conversación y que no se enteren los que pasan él también se sienta en el suelo; me fijo en el cliente que espera su turno y que después de ojear los periódicos que hay para entretenerles, bosteza porque le está entrando sueño; miro las casas y viviendas con fachadas muy bonitas y de un bello color rosa y entonces me fijo en un albañil que está haciendo un trabajo y pide agua a la vecina más próxima, y que dan lugar a una estampa digna de ser fotografiada por los colores y por la luz cálida del atardecer que ilumina la escena.
Me paro delante de una puerta oscura que da acceso a un patio interior en el que una luz que viene de arriba da al conjunto un aspecto misterioso y dulce a la vez, es un lugar sucio pero que la luz trasforma completamente y hace que no lo parezca;
y más adelante, en otro barrio vuelvo a ver vendedoras de frutas y hortalizas, llenando todo de colorido, y a las que la suave luz del atardecer envuelve y acaricia; y un poquito más allá un hombre, que está en una minúscula tienda plancha ropa con rapidez pero con tranquilidad, el hombre me recuerda a mi padre cuando planchaba los trajes. Y así, mirando y mirando pasa la tarde y la noche me lleva al hotel.
Ya he cenado. Salgo a dar un pequeño paseo por los alrededores del hotel y veo a una niña pequeña, muy pequeña, de 7 u 8 años con un saco que abulta más que ella. Se le cae el saco y se esparraman por el suelo muchas botellas de plástico vacías. Empieza a recogerlas y nadie de los que pasa la ayuda. Yo me puse a hacerlo. La ayudé a colocarse el saco y entonces me miró con cara de sorpresa. La vi alejarse. Llevaba el saco colgado de la cabeza y parecía un saco con dos piernitas. Me dio mucha pena ver a una niña tan pequeña así. Me volví acercar a ella y la di un billete de 10 rupias. Me miró, no hizo ningún gesto y siguió andando por la oscura calle. La seguí con la mirada hasta que desapareció en la oscuridad. Nunca más volveré a ver a esa niña. No sé ni su nombre, ni donde vive ni nada de ella, pero será muy difícil que yo la olvide. Esta foto la vi en Internet y es la más parecida que he encontrado a como iba la niña. La he puesto para acordarme bien que el saco era más grande que su cuerpo.
Vamos a salir temprano hacia Bundi. El recuerdo de la miseria de los niños que he visto aquí en Jaipur no se ha apartado de mí. El autobús está aparcado frente a un dispensario médico. Un grupito de mujeres están esperando a la puerta. La luz del sol naciente da de refilón en las hojas de una planta, en el tiesto y en la ropa de algunas mujeres. Parece que todo se llena de alegría, de alegría y esperanza. Monto en el autobús para conocer otras realidades. ¿Qué veré en Bundi?
Día 8 octubre.- Jaipur – Bundi.
Día 9 octubre.- Bundi – Kota – Shivpuri.
Día 10 octubre.- Shivpuri – Gwalior.
Día 11 octubre.- Gwalior – Datia – Orchha.
Día 12 octubre.- Orchha.
Día 13 octubre.- Orchha – Khajuraho.
Día 14 octubre.- Khajuraho – Benarés.
Día 15 octubre.- Benarés.
Día 16 octubre.- Benarés.
Día 17 octubre.- Benarés – Delhi – Amritsar.
Día 18 octubre.- Amritsar.
Día 19 octubre.- Amritsar – Delhi.
Día 20 octubre.- Delhi. Vuelo de regreso.
Día 21 octubre.- Llegada a Madrid.