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miércoles, 29 de abril de 2020


EGIPTO– EL DESIERTO BLANCO (1)
El oasis de Bahariya
           
            El Cairo solo tiene 16 millones de habitantes. Se tarda mucho tiempo en salir de esta enorme ciudad. Cada vez hay más autovías de circunvalación, pero 16 millones son muchas personas que van de un sitio a otro. A medida que vamos recorriendo kilómetros van viéndose espacios vacíos entre los bloques de viviendas, y en esos espacios no hay vegetales, hay una tierra yerma y sucia.


           Cuando ya se abandona bien El Cairo, cuando ya hemos dejado atrás todos los arrabales,  aparece un desierto inmenso y desolado, en el que no hay ningún árbol, ninguna planta. Es un desierto plano, sin dunas, sin montículos, sin nada. Y este paisaje nos acompañará durante kilómetros y kilómetros, durante tres o cuatro horas.


            Se hace un alto en medio de la nada. Hay una gasolinera y un local donde se toma té y se pueden comprar galletas, dátiles y poco más. Mis compañeros de viaje se sientan en sillas, ya me dedico a andar para estirar las piernas. 


          Afuera solo está el desierto, afuera no hay nada.  Un perro también ha salido a pasear, olisquea por aquí y por allá, olisquea las bolsas de patatas fritas y palomitas  y alguna lata de refrescos y poco más. Ya no hay más que olisquear. No hay gorriones, ni pájaros, ni nada. Para llevarme la contraria pasa un cuervo que de vez en cuando lanza un graznido. Luego, el sonido del silencio.
            Continuamos durante otras dos o tres horas de camino en medio de una soledad y una desolación infinita, y un poco antes del mediodía llegamos al oasis de Bahariya.




            El hotel está a las afueras de Bahariya. Desde lo alto de uno de los cerros contiguos se ve perfectamente el oasis en una dirección y el desierto en todas las demás,  el mismo desierto monótono y uniforme que nos ha acompañado desde que salimos de El Cairo.
El hotel por fuera no tiene mala pinta, pero por dentro es muy básico. La cama tiene como somier unas tablas anchas que dejan un hueco a la altura de las nalgas y que hace que el borde de la tabla se clave en ellas, pues el colchón es muy fino. Estuve toda la noche buscando posiciones y no se me ocurrió la más sencilla: echar el colchón en el suelo. La ducha solo duraba un poquito, enseguida se acababa el agua, pero toda el agua, la fría y la caliente. Y para rematar la puerta de mi habitación no se podía abrir desde  dentro y tampoco podía saltar por ninguna ventana; menos mal que en las dos ocasiones en que me quedé encerrado mi compañero de al lado oyó los golpes en la puerta.

            Después de comer en el hotel mis compañeros deciden echarse una siesta y luego ir a pasear a los montes que hay detrás del hotel y a los que subí por la mañana. En vista del programa que se me ofrece me voy a visitar el pueblo y el palmeral, pero mira por donde a éste no me da tiempo y por eso pongo aquí una foto sacada de Internet.


            El centro del pueblo está a media hora de camino pero enseguida hay puestecitos de alimentos. Antes había visto una especie de jaulas de madera que no me explicaba bien para que servían pues que tantas fuesen para gallinas  me parecía excesivo. Aquí encuentro la respuesta: son banastas de fruta hechas con las maderas de las   palmeras.  Aquí debe haber muchos ladrones pues hay cosas que guardan mucho y con fundas más herméticas que las cajas de la fruta.


           Aquí veo muchas, muchísimas mujeres vestidas de negro y totalmente tapadas excepto una ranura para los ojos. Son muy pocas las mujeres que no van así. Al principio me sorprende, pero luego me doy cuenta que aquí estamos muy lejos de cualquier gran ciudad y que los avances técnicos y tecnológicos han llegado hace muy poco y no digamos nada sobre las ideas. Aquí todavía han llegado pocos vehículos y poco polvo y las ideas pegadas a ellos se han ido con el viento.



Todas las calles son de tierra. Cuando pasa una moto, una bici o un coche se levanta polvo. Está atardeciendo. Y la conjunción de ambos factores hace que cada vez me detenga más a mirar los contraluces y recrearme en la maravilla de la cálida luz del desierto del Sahara.


            En el centro del pueblo hay muchos comercios. Toda la calle principal, que es la carretera, está llena de comercios. Comercios de todo lo que se necesita en un oasis: alimentos, ropa, pequeños electrodomésticos, cacharros de plástico, pinturas, harinas, piensos para las gallinas, recipientes tradicionales, barberías, lugares para sentarse y tomar el té, frutas, naranjas, chuches y asadores de boniatos.


 Sí, en España hay las vendedoras de castañas asadas, aquí hay vendedores de boniatos asados (yo les llamaba batatas, pero parece ser que se llaman boniatos).  La paz y la calma del desierto parece que se contagia a sus habitantes. 



          Al hombre que va vendiendo cubos de plástico con su carro me lo encuentro numerosas veces. El parece que no tiene prisa: se detiene con un vendedor de boniatos asados, luego con otro, luego con un grupo de hombres y se está un buen rato charlando; y cuando creo que ya ha desaparecido le veo aparecer hablando con la gente mientras su burrito sigue andando y veo que se detiene en medio de la calle para hablar con un amigo. ¡Qué feliz parece! No creo que esté estresado, pero imagino que sus preocupaciones serán muy similares a las nuestras, aunque con otra óptica y con otra trascendencia.




            Las viviendas tradicionales de barro, van desapareciendo. Cuando se cae una ya no se reconstruye con ese material, ya se hacen casas como en casi todos los sitios: con ladrillos (que aquí son de color blanco), con vigas de hormigón y ventanas metálicas. Comprendo que tiene que ser muy difícil modernizar interiormente una casa de barro y que es más fácil y menos costoso tirarla y hacer otra nueva, pero para mi son más bonitas y más típicas las casas de barro. Esas casas me dan la sensación de estar en otra parte del mundo ¿Por qué no hacen casas con nuevos materiales y exteriormente les dan el aspecto de las casas tradicionales de barro?


            Veo un  jardín abandonado. El recinto está alambrado y hay una pequeña puerta. Hay plantas, bancos en los que no se sienta nadie y mucha suciedad: como el jardín no es de nadie pues nadie lo limpia. Una planta está en flor. A pesar de su aspecto escuálido y desvalido tiene unas hermosas flores rojo anaranjadas. Es un trozo de hermosura que se ha caído de no sé dónde y que se ha quedado aquí. ¿Por qué no habrá más plantas con hermosas flores y jardines cuidados? Quizá eso les recuerde a los habitantes del desierto un paraíso perdido o el paraíso prometido después de la muerte y no es cosa de entristecerse con la muerte y similares.




            A esta hora de la tarde, antes de que anochezca, hay una gran actividad comercial. Muchas tiendas y locales que estaban cerradas abren sus puertas. Se ven a más mujeres por la calle. Los hombres se mueven más y van de un lugar a otro. Los carros tirados por burros se llenan de mercancías, así como las pequeñas motos. Al atardecer todo es actividad. Y poco a poco todo se va llenando de una luz mágica, luz mágica para mí, porque es diferente de la que veo en España. Todo se vuelve dorado, todo se empieza a llenar como de nostalgia, de calma, de paz, de quietud. Ancianos que charlan y que no se dan cuenta que a su alrededor los muros, los árboles y el suelo se incendian, aunque a lo mejor si que se dan cuenta pero ya no manifiestan asombro pues es algo con lo que conviven a diario. Pocos atardeceres serán diferentes a éste. Pocas veces las nubes ocultarán el sol y no dejarán que ilumine e incendie todo cuanto toca.




            Me siento un rato en el alto bordillo de la acera, que parece que está hecho para sentarse. Y allí sentado miro y miro y miro. No hago nada más que mirar. No pienso en nada. Y como no voy vestido con ropas llamativas ni muy diferentes a las suyas, paso desapercibido y puedo contemplar a la gente hacer sus cosas con naturalidad. Esta vida es igual y es diferente a la que había en Europa hace unos 100 años: una vida rural, con otro ritmo, con otra calma. ¿Y por qué hemos perdido ese ritmo de vida y esa calma? ¿Por qué? 


            Me meto por la zona de casas más antiguas, por la zona donde aún hay muchas casas de adobe. Son  casas bajas, con pocas ventanas y con puertas pequeñas. A los que más veo entrar y salir de las viviendas es a los niños. 


          Los niños hablan de sus cosas, montan en sus bicis, corretean, van a la tienda de chuches (sí, aquí hay una tienda en la que sobre todo venden chucherías para los niños). Hay muchos niños y me da mucha alegría ver a tantos. Aquí me acuerdo de la madre de Emilianín que decía que aunque los niños puedan molestar en algún momento con sus gritos y juegos, en realidad son una bendición, pues son los que dan vida y alegría a los pueblos. El suelo es de tierra y aquí, como en todos los sitios, a los niños les gusta jugar a arrastrar los pies y a levantar polvo. Pasan rápidos, pero queda polvo en el aire y con la luz de poniente produce un efecto que me gusta mucho, es un efecto como de niebla luminosa.



            Y en este oasis hay muchas niñas que visten como mujeres: con vestidos largos y pañuelos a la cabeza, pero estas niñas me miran, me dicen ¡welcome! y sonríen. ¡A pesar de todo son niñas!


            Y en esta parte de la ciudad la vida es más rural todavía si cabe. Me encuentro varias veces con un vendedor ambulante de frutas con su carro y su caballo con la bandera egipcia.


           Veo a hombres maduros que charlan. Uno va en burro y el otro a pie.


           Paso junto a las palmeras del oasis y en una especie de corral veo todo el suelo lleno de dátiles que parece que se están secando, son unos dátiles grandes y gordos, como los que se ven algunas veces en España en las mejores tiendas de frutos secos.


            Y a esta hora mágica del atardecer veo a varias mujeres barrer la puerta de su casa. ¿Por qué barrerán a estas horas si la noche ya se echa encima y no se ve si la puerta está limpia o sucia? ¿O es que a ellas no les importa que se vea y barren por alguna causa incom-prensible o desconocida para mí? Imagino que será coincidencia, pero todas las mujeres que veo barriendo son mujeres mayores (mayores para aquí: tendrán entre 45 y 60 años) que van con pañuelo, la cara descubierta y que me miran no con mucho disimulo. Mujeres de 20 ó 30 años no veo ninguna. Será que a esas edades no es bueno que las dé el fresco de la noche.




            Rápido se hace de noche. Estas fotos están hechas a las 7 de la tarde y ya es noche cerrada. Y ahora que las veo me acuerdo de las noches de Nueva York. ¡Paradojas, verdad! ¿Qué tendrá que ver la noche de Nueva York con la de Bahariya? En ambos lugares los sitios iluminados contrastan con la oscuridad del entorno y entonces ese lugar iluminado con luces de variados colores parece que se llena de alegría e ilusión, o también de nostalgia y melancolía. Esa palmera roja, esas luces anaranjadas o ese blanco azulado de los fluorescentes dan un aire misterioso y nostálgico de algo perdido no se sabe ni qué, ni cuando, ni donde, pero de algo que echamos de menos y que las luces nos recuerdan que aún tenemos que buscar, y que posiblemente esté muy cerca.
             En  Bahariya se encuentra el Valle de las momias de oro, llamado así por la gran cantidad de momias de época greco-romana encontradas (posiblemente haya unas 10000), muchas de las cuales están cubiertas con máscaras y pecheras de oro. El descubrimiento es muy reciente, ya que fue en 1999 cuando por casualidad se encontró y este descubrimiento se mantuvo en secreto para evitar saqueos y robos. En las galerías subterráneas han encontrado también ajuares funerarios: amuletos, vasi-as, monedas de oro y restos de semillas de las ofrendas.



Hay un pequeño museo con algunas de las momias más representativas y con algunos objetos interesantes. El museo está en fase de construcción y poco a poco se va acondicionando. Uno de los compañeros de viaje había estado aquí hace 2 años y dice que prácticamente todo está igual, a pesar de que se ven obreros trabajando.

 


Se pueden visitar dos de las tumbas encontradas y la verdad es que me gustaron mucho. Se entra por una especie de pozo en el que han colocado unas escaleras metálicas y luego hay que gatear por una estrecha puerta para llegar a las cámaras de las tumbas.  Son cámaras bajas, con toscas columnas y con pinturas de vivos colores. Son tumbas tal como podía imaginar que eran aquellas en las que entraban los arqueólogos y aventureros al estilo de Indiana Jones.   Pero hay un pero, y es que están vacías. No han dejado ni una sola momia ni ningún sarcófago ni nada que pueda darnos idea de cómo eran y como estaban cuando cumplían su función: ser sepulturas con numerosas momias en su interior. Yo creo que debían haber dejado alguna tal como estaba o con pequeñas modificaciones para permitir su visita, bien con las momias y objetos auténticos o con reproducciones en otros materiales de las momias y objetos funerarios. A mi me gustaría más que estuviesen llenas y no vacías. Esas tumbas, hogar de los muertos, estarían más llenas de vida. Entrar allí nos parecería entrar en otro mundo, en el mundo de los muertos del que los egipcios tanto sabían. Con tanto museo y tanto sacar las cosas de su sitio, hemos llegado a matar el mundo de los muertos, hemos llegado a matar el mundo de la muerte. ¡Paradoja! ¿No?

sábado, 25 de abril de 2020


EGIPTO– EL DESIERTO BLANCO (2)
Hacia el comienzo del Trekking.

            Partimos hacia el punto de inicio del trekking. Iba a escribir que partimos hacia el desierto, pero ya estamos en el desierto. El desierto no nos ha abandonado desde que salimos de El Cairo y no nos abandonará hasta que volvamos allí. 


Paramos en  Naqb el-Sillum ó “Paso de la Escalera”, un pequeño paso en la carretera que separa las depresiones de Bahariya y Farafra, los dos oasis que delimitan nuestro recorrido. Subimos a un cerro, a uno de los muchos que hay por allí. Todos son como conos volcánicos (yo creo que sí lo son) cubiertos de rocas negras. Rocas negras que enseguida ceden el terreno a las rocas de color de tierra. El color de la arena predomina enseguida y sólo hay una pequeña veladura oscura. 



Desde lo alto del cono al que subimos hay una dilatada vista. Hacia todas direcciones conos volcánicos y entre ellos la llanura. Es como si alguien se hubiese entretenido en hacer montoncitos de tierra por aquí y por allá. A lo mejor aquí se entretuvieron algunos dioses cuando eran niños y este es el resultado.


            Muy cerca de este paso está la entrada al Parque Nacional del Desierto Blanco. Y la entrada es un arco, un arco de piedra no muy grande pero manchado de blanco en la parte inferior. Es como si alguien se hubiese dejado caer un saco de yeso o de cal y todavía no lo hubiesen limpiado.



           Y mirando hacia dónde vamos ya no se ven montañas ni conos volcánicos, solo se ven pequeños montículos redondeados y la inmensa llanura, sobre todo la inmensa llanura.  Una llanura en la que no hay nada, ni un árbol, ni una planta, nada. Continuamos por la carretera y los coches recorren en poco tiempo la llanura. En cuanto termina abandonamos la carretera para dirigirnos al Pozo Mágico. Nos metemos por una zona donde las moles rocosas toman el aspecto de montañas.


           Unas son esbeltas, otras redondeadas. Algunas me recuerdan la silueta del Naranjo de Bulnes, otras son como enormes montones de tierra que acaba de descargar un gigantesco camión rematadas por unas rocas que aún se mantienen enhiestas. Y mirando hacia todos los sitios la inmensidad de la desolación, de la nada. La inmensidad de un mundo mineral puro donde no se vislumbra ni una sola planta, ni un árbol. Este mundo es como un mundo de muerte. Y no llega a serlo del todo porque lo que le da vida somos nosotros, las personas que andamos por aquí.



            El suelo es de todo, es de arena, es de placas rocosas, es de rocas menudas y es de trozos de rocas rotas por los cambios de temperatura y con los bordes afilados. Y una de esas rocas raja una rueda de uno de unos vehículos. Mientras la cambian y se prepara la comida voy a dar un paseo por los alrededores, me voy a asomar a la entrada de aquel cañón y a subir a aquel pequeño cerro para contemplar lo que desde allí se ve. En cuanto me alejo del grupo todo es silencio. Escucho mis pasos y nada más. 



          Y por todas partes un mundo mineral puro, un mundo de rocas y de arena. Rocas que parece que se retuercen aplastadas por otras que están encima, rocas que se mantienen en equilibrios imposibles, rocas que pugnan por salir de otras, rocas que aparecen como un grupo de intrusas en un lugar que no les corresponde.  Aquí se percibe la pujanza de las fuerzas geológicas, de las fuerzas que configuraron la corteza terrestre. En todos los sitios fue igual, pero en los demás, las plantas tapan esta fuerza o la disimulan.



            Ya han cambiado la rueda y ya hemos comido. Continuamos hacia el Pozo Mágico. El suelo parece llano, pero no lo es. Es una costra rocosa rota por innumerables sitios. Hay que ir con cuidado. El jefe de los coches va el primero marcando el camino. El conductor del coche en el que voy yo es un hombre joven e impaciente como todos los jóvenes. Se resiste a seguir el ritmo que le marcan y no sigue al coche que le precede. Se mete por sitios que obligan a dar saltos al coche, por sitios en los que se corre un riesgo innecesario. La pareja que va conmigo en el coche jalea y aplaude su conducción y su comportamiento con lo que se anima a seguir así. Yo digo que conduce muy mal y que está corriendo un riesgo innecesario y nosotros también. La pareja dice que ella está segura porque tiene mucha experiencia, yo digo que la experiencia no la sabemos y que mucha experiencia no es indicio de saber hacer las cosas bien. La pregunté: ¿tú te pondrías en manos del cirujano que más experiencia tiene de tu hospital? ¿O mirarías como ha sido esa experiencia? Se calló. El guía nuestro, y el jefe de los egipcios le dijeron a nuestro conductor que no incordiara y que fuera siguiendo a los demás.



             Llegamos a una zona de arena y los tres coches se quedan atascados. No parece que tengan mucha pericia en conducir por zonas arenosas. El año pasado en Libia sólo una vez se quedó un coche atascado en la arena y allí sí que había arena.  Estos hombres no llevaban nada para salir de la arena, los tuaregs libios sí. Y claro, tuvimos que echar una mano todos, bueno, tuvimos que empujar todos, aunque alguno procuró escaquearse con el pretexto de hacer fotos.



            Enseguida de sacar a los coches llegamos al Pozo Mágico, a Ain el Serw, el lugar donde comienza el trekking. Con razón le llaman el Pozo Mágico, pues en medio de la nada, en un pequeño montículo ¿? hay un grupito de palmeras, unas cañas y una fuente con un abrevadero. No me explico cómo puede surgir el agua en un alto, pero así es. Debe ser cosa de magia.


            Y desde allí, por un lugar inmenso, tan inmenso que me hacía sentir pequeño, insignificante, estuve andando durante una hora. No parecía arena pero sí lo era. Era arena compacta, pero arena al fin y al cabo. El cielo nublado, el suelo de color arena y de repente, al llegar a un altozano se ven manchas blancas, parece que hay nieve en la base de muchos montículos, pero no. Lo único es que en esta zona el desierto blanco hace honor a su nombre. Aquí pasamos la primera noche. 



          Los nativos han montado una haima y están preparando la cena. Uno de ellos enciende una fogata para preparar su té. Ya no se apagará y se avivará después de cenar. A su alrededor los indígenas cantarán sus monótonas canciones árabes llenas de melancolía y de una infantil alegría. Son canciones para oír en las noches del desierto alrededor de una hoguera.



          Pierre Loti decía que este era el momento maravilloso de las travesías del desierto: sentarse junto a una hoguera a tomar té, a hablar y a escuchar canciones.