lunes, 26 de marzo de 2018

ROMA (3)

         Sta. María la Mayor es un lujo de iglesia. Hay unos mosaicos antiguos  que se ven poco. Todo está lleno del gran barroco: tumbas de papas, capillas de las grandes familias romanas compitiendo por ver cual es la más lujosa y grande, y la decoración sobrepuesta a la estructura primitiva. Hay mucha gente de la Europa del este rezando.
 
          En la plaza de la parte de atrás los pobres alcohólicos comparten todo: sus dichas que deben ser pocas y sus desdichas que deben ser mucho más abundantes. El ruido de los coches y las motos quizá ahoguen sus penas, o por lo menos no les dejan oírlas.

¡Qué bien está puesto el nombre de la estación Termini!  Todos los caminos conducen a Roma y aquí todo termina., ya no hay más sitios donde ir.  La estación está llena de gente, de trenes, de tiendas, de carteles. ¡Cuánta vida hay en las estaciones!

       La iglesia de Santa María de Angeli  es un trozo de las antiguas termas de Diocleciano. ¡Qué dimensiones! ¡Qué espacio! ¡Qué luz! ¡Qué iglesia más bonita y más bien decorada!  Esta iglesia es una de tantas maravillas que hay en Roma y que muy pocos turistas visitan.


         Allí, en la Piazza de la República, hay una fuente con unas magníficas estatuas. Estatuas llenas de un erotismo sutil y atrevido.

         Y también allí, al ladito, está el Palacio Maximo a la Terme, el Museo Nacional Romano. Pasear por él es ver estatuas y gestos que vienen de siglos. Es ver el legado griego a través de Roma. Es ver lo eternamente nuevo. Paseando por el museo se pasa junto al discóbolo y se le  ve de otra manera, parece que se va a mover. Y más allá se sorprende a esa diosa que se está levantando, ¿o agachando?, en su desnudez. Y en aquél patio Augusto nos deslumbra con su porte, con su elegancia y con su dignidad. ¡Qué estatua más elegante! ¡Y después de tanto andar entendemos mejor la fatiga y el deseo de reposar de ese púgil que nos mira con su gesto cansado desde hace mucho, muchísimo tiempo!
 


          Pasear por aquí es pasear junto a ráfagas de lo eterno.  En el museo hay retratos y más retratos de romanos. Son estatuas con un mirar tranquilo y sosegado.

         Y después. dos maravillosas iglesias barrocas: Sta. María de la Vittoria, con esos techos y esa magnífica estatua del Éxtasis de Santa Teresa; y  Sta Susana, la iglesia llena de frescos y que ahora es de los  norteamericanos y donde la gente habla en voz alta como se estuviera en un café.
  


         Paso por la Fontana del Tritón, con su agua tan limpia, tan azul y sigo por Via Venetto, el Serrano romano, donde hay gente indolentemente elegante;
 hoteles y coches lujosos; jóvenes despampanantes que quizá van buscando un ligue; locales con fotos de los famosos que los han frecuentado o de los paparazzi que andan por allí o de los artistas que allí han actuado; magníficas librerías de libros de gran formato, libros que son un lujo para la vista y edificios
 que quisieron hacer grandiosos a imitación de los grandes palacios del renacimiento y del barroco y que no han quedado mal en el intento.

jueves, 15 de marzo de 2018


ALPES SUIZOS

La cabaña du Grand Mountet.

         Las guías que tengo me indican este lugar como uno de los más hermosos de los Alpes. En el camping que está al final del pueblito de Zinal, en el comienzo del camino que conduce hasta la cabaña, un señor me dice que ésta está en medio de un círculo de montañas de más de 4000m y que ellos la llaman la Corona Imperialla Couronne Imperial”.
 
                                                                                       
                                                                                                Fotografía tomada de Internet.
 
          La subida es larga, penosa, dura. Es un constante subir y subir y subir, sin apenas un rellano para descansar las piernas y tomar aliento. Al fondo del valle aparece el Grand Cornier, afilado, airoso, con sus glaciares que bajan y que me sirve de compañero durante casi toda la caminata. Detrás de él aparece una montaña que poco a poco se va descubriendo como más airosa, como más atrevida. Al principio parece estar casi pegada pero poco a poco va apareciendo una brecha entre ellas que cada vez se va haciendo más amplia, más basta, más dilatada; y por esa brecha asoma un glaciar, primero de una manera tímida, luego de una forma clara y vistosa. Y esta constante visión se convierte en mi compañera; cada paso que doy, cada nuevo resalte que alcanzo, supone una nueva perspectiva del Grand Cornier y de la Dent Blanche, pues es este cuatro mil el nuevo compañero que me he echado y que de una manera ansiosa y casi egoísta, reclama  cada vez con más insistencia mi atención. 
 
 
         Esta vista, por un lado me anima a seguir para así ver que habrá más allá,  y por otro lado me anima a detenerme para contemplar con más calma, con más sosiego,  a estas dos gigantes y a los glaciares que los acompañan. Y así, subiendo y descansando, porque  tengo motivo para hacer las dos cosas, llego muy alto, muy arriba. Y de repente me quedo sobrecogido por el espectáculo. A mi derecha mis compañeros de viaje: el Grand Cornier y la Dent Blanche, al frente un inmenso y atormentado glaciar roto en el medio por un afilado islote rocoso que obliga a una rama del glaciar a describir una amplia curva. Al fondo de ese glaciar una montaña que debe ser la Pointe de Zinal, casi toda ella blanca, con una enorme mole de nieve colgada de su pared y con montañas nevadas algo más bajas que le hacen una perfecta compañía.

 
 Un poco más a la izquierda un atormentado conjunto de glaciares que bajan de otro de los gigantes que forman la Corona Imperial: el Ober Gabelhorn. Y aquí, frente a esta inmensidad glaciar me siento a contemplar. No quiero seguir más adelante, no creo que haya nada más que ver. Estoy frente al conjunto glaciar más impresionante de todos los que he visto. El espacio es muy grande, las distancias entre unas montañas y otras son amplias, así como la que hay entre ellas y yo, pero a pesar de eso me siento empequeñecido, me siento como algo pequeño e insignificante frente a esta grandiosidad y majestuosidad, como algo que podría desaparecer en un instante y que no alteraría nada esta inmensidad.
 

 Aquí se percibe una de las más grandes manifestaciones de fuerza y poderío de todos los Alpes. Desde mi atalaya veo a unos jóvenes que vienen del refugio; les pregunto que cuanto queda y  sobre todo, que si la vista es muy diferente a ésta y si merece la pena; su respuesta es tajante: hay que llegar al refugio para ver todo. Animado por estas palabras continúo, y la vista del Ober Gabelhorn va cambiando y ganando en espectacularidad y misterio, ya que unas nubes juegan por su pared norte con lo que la imaginación empieza a entrar en acción.
 
                                                                                                           
                                                                                                                 Fotografía tomada de Internet
 
 Los cada vez más atormentados glaciares de la cara norte empiezan a hacerse más visibles, y ya pasado el refugio, donde acaba el pequeño sendero, puedo observar al otro gigante el Zinalrothorn.
 


 
         El espectáculo glaciar no puede ser más… ya no encuentro adjetivos para expresar lo que desde aquí se ve y lo que desde aquí siento. Sobrecogido por tan inmenso espectáculo y totalmente repleto de imágenes, que espero nunca olvidar,  inicio el largo descenso que me lleva otra vez a Zinal. Y este descenso es un descenso  triste, triste porque supone un alejamiento, quizá para siempre, de uno de los lugares más grandiosos que he conocido de todos los Alpes.
 

viernes, 9 de marzo de 2018

ALPES – Italia – Dolomitas - Alpe Fanes
         Por las fotos que he visto y por mi experiencia en los Dolomitas, no me seducía mucho ir a Alpe Fanes, pero ayer Paola me lo describió como un lugar maravilloso, como un lugar que no podía perderme.
         Salgo temprano del camping, son las 7 de la mañana. La carretera discurre por lugares con unas vistas espectaculares. De vez en cuando aparecen enormes montañas que parecen que van a caer sobre mí, adornadas de esbeltos torreones y pináculos.
         Entro en el Tirol italiano, donde los carteles están en italiano y alemán. Aparecen verdes prados, pequeños pueblecitos con casas de madera, con ventanas llenas de flores y con  iglesias cuyas torres terminan en un bulbo. Las montañas son como más suaves, más amables, aunque de vez en cuando aparece una gran pared o un esbelto torreón.
         Y saboreando este paisaje, tomando numerosas desviaciones llego a mi destino. Pago los 4€ preceptivos por aparcar el coche y a las 10 me pongo a andar. Total han sido 3 horas de coche para hacer unos 120 Km. pero el tráfico es muy denso y las carreteras no están hechas para correr, además mereció la pena ir despacio para ver los majestuosos paisajes que han aparecido por doquier.
         Para empezar lo que parece obligatorio: una buena cuesta. Y luego el altiplano con el verde de las praderas, el verde de los pinos, y la gama de pasteles de las rocas: amarillo, naranja y rojo teja.
         Las rocas no forman paredes ni pináculos, forman como unas enormes lajas que parece que van a empezar a deslizarse unas sobre otras. Hay un par de chalets de madera antiguos que todavía se utilizan para el ganado,  hay dos refugios nuevos que se asemejan a restaurantes y hoteles y que están llenos de gente, dos coches todoterreno hacen de taxis y constantemente pasan en una dirección u otra llevando viajeros y todo este decorado está lleno de gente, pero de la gente más variada y variopinta que uno se puede imaginar, familias con niños de diversas edades, familias con bebés que llevan en su cochecito, señoras con zapatos de tacón fino, gente vestida con una elegancia que parece que está fuera de lugar,  niños y padres que dan pan a las cabras y  que sujetan a los perros para que no salgan detrás de ellas, hay también un pavo que es el centro de atención de numerosos niños.
 Y todo este gentío tan variopinto es posible que esté en este lugar porque las cuestas son pocas y  poco pendientes, hay amplios altiplanos bastante llanos, hay numerosos ríos y laguitos y una magnífica propaganda de este lugar, en la que no faltan las leyendas ladinas.
 Estas leyendas narran que un magnífico reino se extendía de Val Badia a Val Pusteria, habitado por el pacífico pueblo de Fanes. Un reino de hadas, enanos y gnomos, un reino próspero en que reinaba la reina Cunturines con sus guerreros a caballo. Los Fanes habían hecho un trato con el pueblo de las marmotas y vivían como estas, refugiándose bajo tierra en caso de peligro y para pasar el invierno. La leyenda también habla de un portón que se abre en medio de la noche por el que sale la reina Cunturines  con su hija Luyanta para pasear en barca.  Todo este reino es un lugar idílico en el que los hombres y los animales viven en armonía y en paz.  Pero los cuentos también se acaban y  al final llega la hora de marcharme.
 
En otra ocasión volví a Alpe Fanes pero por el extremo opuesto al anterior, por la parte alta del Valle de San Casiano, desde Armentarola. Había llovido por la noche y por la mañana el calor de la tierra producía maravillosas nubes intermedias que jugaban en los valles.
 
 
         Por este lado, para empezar, también hay una buena cuesta, pero pronto se llega al altiplano. Los pastos están llenos de vacas de diversas razas.

  Su presencia da una nota de color y de vida en el paisaje, paisaje que me parece más bonito que por el otro lado: montañas más altas y más agrestes, valles que se pierden entre las nubes y que tienen un aspecto misterioso, ríos limpios cuyo rumor rompe el silencio de la montaña, nubes que juegan entre los riscos, y siempre la ilusión. Pero esa la pone el que va andando.



         Ya de regreso, las nubes y los últimos rayos de sol me ofrecieron esta preciosa vista. ¡Hermoso juego de luces y sombras! ¡Riscos que parece que se encienden!
 

domingo, 4 de marzo de 2018

NEW YORK
RASCACIELOS Y MÁS RASCACIELOS.
 
  
 
Al igual que Venecia Nueva York es una ciudad única, no se parece a ninguna. Y una de esas cosas que la hacen única es la concentración de rascacielos y la variedad de los mismos. Desde casi todas las calles, desde casi todos los barrios se ven rascacielos. Hay zonas en las que te rodean, casi te aplastan. Hay calles a las que nunca llega el sol. Hay barrios en los que uno disfruta del sol y uno se siente más a gusto en un ambiente de dimensiones más humanas, pero de repente, al doblar una esquina, surge uno o varios rascacielos enormes, altísimos.
 


 
 Unos anchos,  otros estrechos como finísimas y esbeltas agujas. Unos son de cristal o de plástico y reflejan otras viviendas, otros rascacielos. Unos son lisos, otros tienen diversas zonas separadas de las más diversas maneras. Me gustaría saber más de arquitectura contemporánea y hacer un estudio de los diversos tipos de rascacielos y sus soluciones plásticas, pues aquí vuelvo a percibir a la arquitectura como una de las bellas artes, algo que en muchos lugares y que en muchas ocasiones se ha olvidado. 
 
 

 
 
 Algunos rascacielos son como continuación de otros más bajos, otros crean rincones muy acogedores, otros te obligan a recorrer la fachada siguiendo ciertas líneas sabiamente trazadas, otros son un prodigio de luz y de color, pues hacen que el color y la luz cambien según la posición del sol y la del observador.
 
 
Rascacielos de Nueva York con columnas en las fachadas, con gárgolas similares a las de las catedrales. Rascacielos de estilo neogótico con ventanas y ventanas que parecen arrancadas de Venecia o de palacios europeos. Y como para no hacer de menos a otros estilos arquitectónicos también hay rascacielos de estilo neorrománico, con arcos de medio punto y capiteles dignos de cualquier iglesia o claustro románico.
 

 
        Rascacielos de New York que a veces se apiñan como si fuesen una bandada de gorriones y otras están solitarios y van orgullosos por la ciudad como si no quisieran saber nada de nadie. Sí, porque hay rascacielos que van por la ciudad; se les ve desde casi todos los sitios y aparecen como de repente, al doblar una esquina, o al mirar desde la ventana de un edificio. Son rascacielos altos, finos, que están en lugares estratégicos, en el cruce de varias avenidas. Son rascacielos que rápido se hacen familiares.

      
           Pero puestos a preferir yo prefiero esas bandadas de rascacielos, esos grandes grupos que parecen arroparse unos a otros y que me dan la sensación de ser una bandada de gigantes que compiten entre sí por ver cual se yergue más arriba, más alto.
¡Rascacielos de Nueva York!