miércoles, 26 de diciembre de 2018


LA RUTA DE LA SEDA (4 ) KOKAND – OSH – SARY TASH
        Domingo 16 agosto por la mañana temprano. Vamos en taxi siguiendo el valle de Fergana hacia Kokand. El recorrido dura un par de horas y menos mal que no dura más. Cada momento que se pasa en la carretera es una papeleta más para tener un accidente: ir a 130Km/h; echarse carreritas entre los taxistas; adelantarse por la izquierda; pasar por los pueblos sin aminorar la velocidad; y un largo etc. El valle es un vergel pero las montañas que lo rodean son tremendamente áridas. Es el milagro del agua. Y junto a la carretera, por muchos, por muchísimos lugares hay como un pueblo continuo. Casas y casas, gente que va y viene, niños jugando, burritos tirando de carros, puestos de melones y sandías, pequeños mercados.
Y sin que nos toque la lotería llegamos a Kokand.  Paramos junto a los jardines del palacio real. Es el palacio de uno de los últimos reyezuelos. El harem ocupaba casi la mitad del palacio, y el rey –el Kan- cada día estaba con 5 mujeres. Una carcajada general acogió este dato que nos dio la guía.
        El palacio es del siglo XIX, muy decorado con colores muy vivos pero falta la finura y delicadeza de otros que ya hemos visto. Todo se está restaurando y quizá por eso los colores sean tan vivos, aunque en un siglo posiblemente no se apaguen mucho.
        En el jardín hay un amplio estanque. Los niños se bañan y las jovencitas pasean descalzas con el agua hasta media pierna.
        Pasamos al Kyrgyzstan. Allí nos espera un camión todo terreno que será nuestro medio de transporte los próximos  días. Verlo me produce la sensación de que el recorrido con él será toda una aventura, que con este vehículo podremos ir a cualquier parte y que todas las posibilidades para la aventura están abiertas: podremos cruzar ríos, subir y bajar enormes pendientes, ir campo a través, atravesar  pedregales y mil cosas más.
        El 17 de agosto empezamos el día visitando Osh. En la plaza principal aún se conserva la estatua de Lenin, aquí no se ha derribado. Lenin no hizo grandes barrabasadas que yo sepa,  y con él se inicia una época que como todas tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Gracias a los soviéticos estos países o regiones dejan de estar en manos de reyezuelos  y olvidados del mundo y se empiezan a hacer grandes obras públicas: canales de regadío, anchas carreteras, modernización de las ciudades, prohibición del gurka, mejora de la educación y de la sanidad  y posiblemente muchas cosas más que ignoro ¡Qué se hicieron cosas mal! ¡Casi seguro! De cada época histórica, de cada situación cotidiana estoy aprendiendo que hay que aprovechar lo bueno y aprender de lo malo para no repetirlo.
        Y luego paseo por el Bazar como le llaman unos, o por el Mercado como le dicen otros. Es igual que otros pero diferente, cada mercado tiene como su personalidad, como su sello propio.
        ¡Cómo me gustan estos hombres kirguises  que llevan esos gorros tan característicos y esas botas negras a media altura. Casi todos son ancianos, con barbas ralas y profundos surcos en el rostro. Casi todos son rostros que ya había visto en los libros que leí de niño y que tanto me gustaron. Ya no recuerdo los  títulos de aquellos libros, pero posiblemente sean la causa de la simpatía que siento por estos hombres y estas tierras.
        Y veo caras y caras de hombres y mujeres del Asia Central que no me canso de mirar.  Según la versión del guía de Uzbekistán los kirguises son una rama que se separó de los mongoles. Y esto se nota en su cara. Según la versión del guía de aquí estos hombres se parecen a los mongoles porque Gengis Kan mató a todos los hombres que había aquí, y que eran tribus de turcos, pero no a las mujeres, con lo cual hubo un mestizaje enorme que aún perdura.
        Y todos estos hombres y mujeres venden y compran alfombras, carteras de niños como las que se ven en cualquier lugar de España, semillas, caramelos,
 
cacahuetes en enormes sacos lo que indica que su consumo es muy elevado; manzanas, melocotones, uvas, plátanos; objetos de plástico de mil colores entre los que resalta una camiseta de un equipo de fútbol europeo;  
ajos en cabezas o en dientes que las vendedoras están pelando, y una de las vendedoras deja de pelar y su mirada se pierde en el infinito y sus pensamientos van a un lugar que ignoro; pasta;

escobas hechas a mano con las que se barren las calles, las aceras y supongo que las casas;
polvos de colores vivos y brillantes con los que hacer tintes y pinturas, polvos de tierras como los que debieron utilizar los pintores europeos hasta el siglo XIX, aunque estos polvos son de una viveza digna de los más atrevidos fauvistas; vajillas;
cunas para bebés; caramelos, muchos caramelos y dulces y mucha gente comprándolos, señal de que son golosos.
 
 Y entre tanta actividad hay que tomarse un descanso; los hombres se entretienen jugando al billar en un lugar un poco apartado del mercado. Es algo que me resulta muy curioso.
        Veo un niño vendiendo pan entre los puestos. Ofrece su mercancía a los comerciantes y algunos le compran un pan reciente. Intento comprarle uno porque tengo algo de hambre y por el buen olor que desprende este pan. Pero no es posible. No llegamos a entendernos sobre cuanto tengo que pagarle por un pan. A él no le gusta la situación y enseguida se marcha. Yo me quedo un poco desilusionado.
        Después de comer emprendemos el camino en el camión hacia Sary Tash. Enseguida aparecen colinas, colinas áridas, Por el fondo del valle hay un poco de verdor. Por algunos sitios hay colmenas. En las aldeas, junto al camino, pequeños puestos ofrecen miel.
Las colinas van aumentando de tamaño y se empiezan a llenar de colores, de los colores de estas tierras. Son colores muy bonitos, muy vivos. Son colores que van cambiando de un lugar a otro. Las colinas dejan de ser colinas y se convierten en montañas. Montañas cada vez más empinadas y cada vez más altas.
El camión va lento por esta carretera de tierra. En España yo le llamaría pista pero aquí es una carretera. Cuando estaban los soviéticos las carreteras se asfaltaban, ahora no hay dinero para renovar aquel asfalto en todas ellas y la mayoría están descarnadas: ya son de tierra. Las montañas  son muy altas. Aparecen yurtas de los nómadas, y caballos, y ovejas, y más arriba yacks. Ya estamos en el Pamir.
Los campesinos van en burros o en carros. Hacemos un alto en el camino para desentumecer el culo de los vaivenes del camión. Un anciano se cruza con nosotros y desde antes de llegar nos dirige una amplia sonrisa; me imagino que será su forma de darnos la bienvenida a su territorio. Mientras cruza no deja de mirarnos ni de sonreírnos.
Subimos el puerto de Taldyk (3.500 metros) y ya anocheciendo llegamos a Sary Tash. A lo lejos se ve la cordillera del Pamir en todo su esplendor.

lunes, 24 de diciembre de 2018

LA RUTA DE LA SEDA (3) KHIVA
      Es 14 de agosto. Un espeso humo cubre la calle a la salida del hotel en Bukhara. Un hombre está quemando las hojas caídas en el jardincillo de enfrente. Las madrasas del otro lado de la calle se ven borrosas. No puedo echarles un último vistazo. Las veré en el recuerdo.
      Y empieza el largo camino a Khiva. Enseguida comienza el desierto rojo, el desierto de Kizilkum. Llanura enorme, inacabable y llena de matorrales. De muy tarde en tarde se ve un rebaño de ovejas y cabras.

 

          Paramos en la primera yurta que vemos. Una niña y un niño salen a recibirnos. Una pequeña construcción sirve de cocina. En la yurta viven los padres, los niños y la abuela. Y viendo a estas personas aquí, en medio de la nada, me hago un montón de preguntas: ¿qué sentido tiene para ellos la vida? ¿qué les pareceremos nosotros? ¿toleraríamos que unos extraños nos fotografiasen y se asomasen a nuestra casa? ¿tendrán tiempo libre? ¿cómo lo emplearán? ¿con qué se entretendrán? ¿a qué jugarán los niños? ¿con qué…? Y todas estas preguntas me llevan a hacerme otras sobre mi vida, sobre su sentido, sobre el sentido del tener y sobre el sentido del ser. Quizá sea este el valor de estos viajes: las reflexiones que me obligan a hacer y los planteamientos que me obligan a reconsiderar.
      Un poco más allá un lagarto clarito busca la sombra de los matorrales. Se deja acercar mucho, pero al intentar cogerle huye veloz.
        El río Amur Daria aparece enorme, anchísimo, pero no hay ni árboles en sus orillas. Un poco más allá los canales de regadío convierten el desierto en un vergel todo lleno de plantas y árboles.
        Y así, sin darme cuenta llego a Khiva, frente a las murallas de Khiva. Subo a las murallas y contemplo la puesta de sol. Los minaretes y otros edificios adquieren un bello color rosado.


           Mañana veré detenidamente los monumentos de la antigua Khiva.

15 de agosto por la mañana temprano. Una mujer y un chiquillo están con su cabra al borde de la carretera.
Un poco más allá unos hombres sacrifican una oveja bajo los árboles en dirección a la Meca. Al fondo de una calleja surge poderoso un minarete.

        Enseguida entramos en el recinto amurallado. La gran torre de Khiva se choca con nosotros. Sus colores son fragmentos de distintos trozos de cielo a distintas horas del día. Khiva es como un suspiro. Es como el último suspiro de un soñador. De un soñador que quisiera hacer revivir el mundo de las mil y una noches.
Khiva tal como se ve hoy es de los siglos XVIII y XIX, pero recoge todo lo fantástico y mágico de épocas anteriores; Palacios  con patios llenos de azulejos y columnas de madera de olmo traídas de las montañas del sur, techos decorados de mil y un colores.

        Torres y altas terrazas desde las que se domina toda la ciudad y desde las que se ve la casa, la ventana o la terraza de la amada o del amado, o desde la que se envía o se recibe la paloma mensajera con las notas anheladas.
        Madrasas con fachadas de mil y un azulejos  donde estudiar era la ocupación de gran parte de la población pues el número de madrasas es enorme.

        Minaretes de mil y una formas y mil y un colores. Minaretes que son como faros para orientar al viajero en la ciudad a la vez que son un elemento decorativo  urbano de primerísimo orden.
        Puertas labradas de mil y una maneras diferentes, pero todas ellas labradas con mimo, con cariño, con ilusión, en un intento de que la belleza empiece a la entrada de la casa y de que el paseante o viajero se asombre con la belleza de esas mil y una puertas.

        Palacio del último Kan con patios llenos de azulejos, donde hoy en día, como para darle vida, como para que no se olvide su antiguo esplendor, varios músicos ensayan su música y varias mujeres tejen no sé qué. Palacio que aún conserva el edificio del harem, que es una autentica jaula de oro, pero jaula al fin y al cabo, con las ventanas hechas para que ni la vista pueda pasar de fuera adentro. Sólo el aire, la luz y el Kan podían pasar.

      Mezquitas antiguas, llenas de columnas de madera. Mezquitas oscuras, donde no hay nada que distraiga o de la oración, o de la lectura o de la meditación. Mezquitas que sin querer me hacen recordar a la de Córdoba por lo de las columnas, aunque el parecido es nulo.


        Mercado junto a las murallas. Mercado de todo. De frutas y verduras: pimientos, guindillas, berenjenas, melones, calabazas, manzanas; de pajaritos; de productos de belleza; de galletas; de ropa; de material escolar; de… de todo.

      Ancianos que parecen sacados de las ilustraciones de los cuentos que leía de niño y de jovencito, ancianos con barba y turbante, ancianos con cara amable y risueña.


        Y luego la calle. Calle con gente que va y viene, vendedores ambulantes ciegos que piden limosna, gente que habla, y todo ello con un decorado de cúpulas, de minaretes, de puertas de madrasas, de murallas, de arcos y de los colores de la ropa de la gente.
        La cúpula del mausoleo y tumba de Pahlavon Mahmud destaca desde lejos. Por dentro es un lujo de azulejos entre los espacios lujosos donde los haya. Lugar imponente porque impone solemnidad, respeto, silencio y paz. Y junto a la gran tumba  hay otras de familiares. Y todas disfrutan del mismo ambiente de solemnidad, respeto, silencio y paz. Es como si al igual que todo lo compartieron en vida igual comparten todo en la muerte. Este es un edificio vivo para albergar a unos muertos.

      Mi estancia en Khiva ha terminado. Recorro las últimas callejas camino del hotel. Esta tarde volamos a Tashkent. Y aquí me pregunto ¿Y no es todo este mundo como una gran ilusión? ¿Y no es todo este mundo como un suspiro del mundo de las mil y una noches? ¿De un mundo que se acaba y ya no volverá? ¿O quizá este mundo existía desde siempre y para siempre y las mil y una noches no son más que un suspiro de este mundo?