miércoles, 11 de abril de 2018


ALPES. DOLOMITAS.

Catinaccio. Roda di Vael. Italia
En el paso Costalunga, uno de los extremos del Catinaccio, hay un bonito paseo alrededor de la Roda di Vael, una de esas montañas con unas paredes enormes y unas vistas no menos enormes.
El telesilla que se utiliza en invierno en las magníficas praderas que hacen de pista de ski, me deja casi al pie de la pared. Los senderos parten en casi todas las direcciones, están todos perfectamente señalizados, es casi imposible perderse.  La mañana está clara y las vistas son enormemente dilatadas hacia la frontera con Austria, hacia el Brenta, el Adamello, y los Alpes centrales. Mi camino empieza a ascender suavemente. Unos niños van delante de mí. Tienen unos 4 ó 5 años y van recogiendo piedras. Enseguida sus manitas están llenas. No saben donde echarlas. Y así, observando a los niños, observando a las personas que hacen el mismo recorrido que yo, observando las montañas que me rodean, observando los profundos valles, observando las aves, las nubes y el cielo, llego casi sin darme cuenta a una curva en la que aparece un nuevo valle y las Palas di San Martino como telón de fondo.
Me quedo un rato mirando. A pesar de que están lejos se las ve tremendamente audaces, tremendamente verticales. El sendero va girando, va rodeando la montaña y poco a poco van apareciendo nuevas panorámicas:
la cara sur de la Marmolada, una de las paredes más altas y difíciles de todos los Dolomitas;
 el enorme castillo del Sella, con sus torreones y paredes que se asemejan a los de una gigantesca fortaleza; los profundos valles; los bosques. Y todo esto animado con la gente que tranquilamente va por el mismo sendero haciendo fotos, mirando, haciendo comentarios. Y así, poquito a poco, casi sin darme cuenta llego al refugio Roda di Vael.
          Allí hay un grupo de jóvenes descansando. Son ruidosos. Alguna chica chilla como de miedo cuando una chova piquigualda se le acerca a picotear los restos de comida. A mi no me dan miedo estas aves y me entretengo un rato en echarles trocitos de comida: pan, queso, fiambre, y en ver como lo llegan a coger mientras está en el aire, antes de que caiga al suelo. Un señor filma durante bastante rato esta escena.
         Continúo por el sendero. Se mete en una estrecha canal muy empinada. Subo despacio, pero sin detenerme. Me cruzo con bastantes austriacos que van en dirección contraria. Me dicen algo en alemán que no entiendo, supongo que será buenos días y yo les contesto eso mismo sólo que en español, para que nuestra lengua se oiga en Europa y para que no digan que soy un maleducado.
          A medida que el sendero sube la vista se hace más amplia, más dilatada. Los valles se ven como más profundos y las laderas de las montañas más grandes y más empinadas. Aparecen grandes extensiones de roquedos que enriquecen los tonos grisáceos de la paleta de colores que hay en estas montañas. Las montañas cada vez están más bonitas. Y poquito a poco llego a lo más alto.
         Ahora me toca descender. Y me toca hacerlo por una canal más empinada que por la que he subido. Menos mal que está muy bien señalizada.

         Las vistas del Latemar son estupendas.  En el nuevo valle alterna el verde de los bosques con los verdes de los prados. La vista llega a la frontera austriaca, al Brenta, al Odles y Cedevale y posiblemente hasta el Bernina. La amplitud de la vista, la variedad de los colores y lo bonito del paisaje, hacen que me detenga mucho y baje muy despacio. No me importa, es temprano y no tengo prisa para ir a ningún sitio.

         En algunos momentos la canal es sumamente empinada y hay pasos comprometidos. Los italianos, prudentemente, han colocado una escala metálica y cables anclados en la pared. Y andando, y mirando, y bebiendo agua, y diciendo bongiorno, llego hasta la estación del telesilla, concluyendo así mi giro a la Roda di Vael.
         El día está precioso y en lugar de bajar en el telesilla me bajo andando. Coincido con un grupo de mujeres, nos ponemos a charlar y así el trayecto se nos hace más ameno y más corto. Ya muy abajo vuelvo la vista hacia atrás y vuelvo a ver la Roda de Vael como al principio del recorrido, sólo que ahora el sol ilumina la pared que por la mañana estaba en sombra. Ahora, al igual que antes, me parece una hermosa montaña.