martes, 31 de julio de 2018


LA INDIA (5) - Bundi

          El camino hacia Bundi es monótono, campos y campos relativamente llanos y de cultivo, con algunos campesinos, con ovejas, con vacas.
 
 
          Paramos en un lugar donde también lo hacen los camiones, un pequeño bar o algo parecido. Ya me había fijado por el camino en los camiones, en lo coloreados y pintados que van. Yo tenía la idea que eso se veía sobre todo en Nepal, Pakistán y Afganistán y ahora compruebo que también se hace aquí en la India.

  
         Hay bastantes camiones parados, los levantan el motor para que se refrigeren,  y mientras mis compañeros de viaje toman un refresco me entretengo  en mirarlos con cierto detenimiento. Los ponen banderolas, partes plateadas,  espejitos, les pintan los paragolpes, las puertas, por los lados, les cuelgan como cadenas,  vamos, que los dejan hechos unos cromos.
 
 
          En Europa nunca he visto camiones pintados así. La verdad es que así me parecen más bonitos.  De vez en cuando pasa algún que otro tractor y el guía me dice que la mayoría son de las multinacionales que tienen tierras de cultivo; que en general los campesinos son bastante pobres y no tienen dinero para comprarse un tractor.

 
          Y mirando el paisaje y echando alguna que otra cabezadita llegamos en un pis-pas a Bundi. Comemos y enseguida vamos al palacio. Los actuales propietarios, el maharajá y su hermana, no se han puesto de acuerdo sobre lo que hacer con él y así llevan 40 ó 50 años, con lo que todo ha comenzado a deteriorarse.
 
 
Afortunadamente las autoridades locales o estatales lo han empezado a cuidar para evitar que se estropee. Hay estancias que me gustan mucho como esa llena de columnas que terminan en elefantes o esas otras llenas de pinturas murales que relatan escenas de la corte, escenas de caza, batallas y cosas por el estilo.
 
 
 Todo está abierto, todo se puede visitar. Hay habitaciones llenas de trastos, maderas, trozos de escayola, puertas rotas, etc. Hay otras habitaciones más oscuras llenas de murciélagos colgando del techo, y quitando las partes más nobles que están limpias y cuidadas y en las que hay vigilantes, todo parece un palacio propio de una de las películas de Indiana Jones, que viene aquí buscando algún tesoro.


 
Subiendo por unos jardines se llega a unas estancias totalmente abiertas y que están llenas de pinturas murales. Estas pinturas son diferentes de las de la parte inferior, sobre todo por el colorido, las de la parte inferior tienen más colores y colores más vivos, y estas tienen como un color azul verdoso predominante.

   
 
      Todo el palacio está rodeado por una muralla que sube y baja por las colinas circundantes y que de vez en cuando tiene pequeños fortines, que son como torreones más grandes, donde estaba la guarnición.  No sé de quien tendría miedo esta gente, de lo que no cabe duda es que sí lo tenían.

 
 
Al finalizar la visita mis compañeros de viaje se van a la piscina del hotel, yo me voy a andar por las calles de Bundi.  El atardecer tiene una luz especial, es una luz como mágica, que dora los objetos, que los vuelve casi irreales.  Los rayos del sol caen inclinados y resaltan más los colores de solo una parte de los objetos, y cuando atraviesa el polvo, da al ambiente un aire especial.

 
Bundi está en el Rajastán, y las mujeres de esta parte de la India  tienen sus vestidos de colores muy vivos. Yo lo he notado perfectamente en este viaje.
 
 

 
  Bundi es un “pueblo” de 90.000 habitantes que para la India no es nada. Sus grandes ciudades tienen 16  ó 18 millones. Una ciudad de 3 millones es una ciudad pequeña. Este pueblo me parece una delicia. Estoy recorriéndolo hasta la hora de cenar y mañana por la mañana lo recorreré hasta las 12, hora en que nos vamos.
 
 
Por todos los lugares del pueblo hay pequeños templos dedicados a los diversos dioses, hay pequeños altares u hornacinas con estatuas de las divinidades y espacios como portales y cerrados con una verja y también con estatuas de algún dios o diosa.

 
 
 
Y aquí enfrente una vaca olisquea junto a la ropa tendida de una lavandería en la que la ropa se lava a mano golpeándola contra el suelo; yo no veo que usen jabón, pero tampoco puedo decir que no lo hayan usado. Y al doblar una esquina aparece un templo hindú del siglo VIII, con una pátina de casi 13 siglos y unas estatuas por el exterior que no están muy deterioradas. Y mientras miraba las estatuas unos chillidos atraen mi atención: son unos monos que se pelean por algo desconocido para mí.  Y el aguador o lechero o lo que sea, se dispone a recoger al finalizar la tarde. Yo sigo mirando.

 
A primera hora de la mañana la luz del sol tiene la misma magia que al atardecer. Todo lo llena de calidez. Esta familia, vestida con sus mejores galas, espera a la puerta del hospital. El padre corta el pelo a la niña que llora y protesta inútilmente. 

     
    Sigo viendo hornacinas con estatuas de dioses y diosas y cerca de ellas algún vendedor de flores para adornarlos o como ofrenda. No sé si habrá diferencia entre una cosa y otra. Casi todas, por no decir todas, las estatuas de dioses y diosas tienen un aspecto ingenuo y también están ingenuamente vestidos y adornados y algunos se parecen, en la cuestión de los adornos, a ciertas imágenes de vírgenes que hay en Europa. ¿Por qué habrá estas convergencias?


           Los ojos de muchas de estas divinidades están pintados como lo están los ojos de los niños pequeños, con un sombreado por la parte inferior ¿Por qué será? ¿Qué relación hay entre los dioses y los niños? Quizá alguna vez me entere.


 

La gente con la que me estoy relacionando aquí en la India es muy amable. Casi todo el mundo se deja hacer una foto, los únicos que ponen pegas son los musulmanes, y como no sé quienes son y quienes no, siempre pregunto antes de hacerlas. Bastantes personas me han pedido que les haga una foto. Yo siempre he accedido, lo malo es que casi siempre se ponen en actitud de posar y entonces la foto se estropea. En los lugares en que hemos coincidido con bastantes turistas hindúes, a veces ellos nos han hecho fotos o han pedido permiso para posar junto a nosotros y hacerse una foto.

      
   Hago muchas fotos a las personas porque me atrae su cara, su vestimenta, lo que están haciendo, lo que lleva, su elasticidad, etc. De la India me gustan los templos y los palacios, pero lo que más me gusta son las personas y su forma de vida. Ahí es donde veo mayores diferencias con Europa. El paisaje no me atrae mucho pues no es espectacular ni grandioso; los animales me atraen por que son diferentes.

         Dicen que aquí en Bundi, estuvo Royal Kipling escribiendo el Libro de la Selva. No me extraña. Este es un lugar encantador. Es la India profunda tal como la había imaginado desde siempre. Casas de colores y con dibujos exóticos. Hombres con turbantes.  Palacios con aire grandioso, descuidado y misterioso a la vez. Templos pequeños por todas partes, donde las personas van a hacer sus ofrendas y donde cada vez que entra una persona hace sonar una campana, sonido que se extiende alrededor y que es como una llamada para recordarme que estoy en el país de los múltiples dioses.
  
 
Puertas de viviendas y pequeños templos coloreados con colores y dibujos llamativos que tienen un aire ingenuo y descuidado como el que tienen las estatuas de las divinidades. Vacas, muchas vacas por la calle que vagan tranquilamente parándose donde quieren sin que nadie las moleste ni las haga nada, vacas que no son como las vacas europeas, sino que son animales que me recuerdan vagamente a los cebúes, de los que posiblemente desciendan.
 
 
 Hombres y mujeres sentados en la calle, charlando de sus cosas y mirando a todos los que pasan, y que cuando me ven con intención de hacerles una foto se arreglan la ropa y esbozan una sonrisa, sonrisa que se amplía cuando les enseño como han salido.
 
 
          Y las fotos de las mujeres salen tan bonitas con esos vestidos que llevan de tan vivos colores. Bundi, el pueblo de 90.000 habitantes, de casas bajas, templos pequeños y con fuentes en las calles porque imagino que en muchas viviendas no la hay. Bundi, con los restos de sus murallas y todavía con algunas puertas que solo sirven para dar testimonio de un pasado importante y quizá glorioso.
 
 
           Bundi, que como toda la India está llena de suciedad que amontonan a veces en medio de una plaza y donde acuden vacas y cerdos a comer; costumbre que desde nuestro punto de vista es una guarrería pero que desde el suyo tiene su lógica, pues como la calle no es de nadie allí se echa la mierda, y que desde un punto de vista ecológico no hay mejor manera de reciclar que comiéndosela los animales.
 
 
           Bundi, la ciudad donde más cerdos sueltos he visto y que no son de nadie ni nadie come, pues los musulmanes lo tienen prohibido y los hindúes no lo hacen por respeto a los musulmanes y para que éstos no se ofendan.
 
 
            Bundi, la de las casas azules que son un descanso para la vista y una forma de ahuyentar a los insectos pues la sustancia de la que se obtiene este color es un repelente natural y que desmiente la leyenda urbana de que éste es el color de los brahmanes y sabios que antiguamente abundaban aquí. Bundi, con su centro antiguo lleno de estrechas callejas con arcos en las puertas de las casas, donde hay bancos o escalones que la gente utiliza para sentarse en ellas, ver quien pasa y saludarle o charlar un rato;
 

 
 estas chicas y esta mujer hablaron un poquito conmigo en inglés y me pidieron que las fotografiase; las chicas se echaron a reír cuando se vieron, la mujer esbozó una sonrisa; magnífico pago por una foto.



 
           Y aunque en Bundi no he visto la miseria y la pobreza que vi en las grandes ciudades, si que he visto viviendas de aspecto más humilde, viviendas con la fachada más abandonada y a niñas y mujeres lavando en la calle. Niños no vi muchos, debían estar en el colegio o en alguna otra parte.

 
          Bundi es eminentemente agrícola y aquí acuden los campesinos de los alrededores para vender sus productos y comprar lo que necesitan, y que ¿en qué vienen? Pues en un carro tirado por bueyes ¿o quizá vacas?  en el que solo van las mujeres y los niños, mientras los hombres marchan detrás a buen paso.

domingo, 8 de julio de 2018


INDIA (4)

Jaipur – Fuerte Amber

          Es por la mañana muy temprano. No tengo sueño y salgo a darme un paseo. En las calles de Jaipur que hay enfrente del hotel, algunas personas no han madrugado lo que yo y aún duermen.

 
 Me da vergüenza hacerles fotos y presento estas de Internet, que son similares a las que yo habría podido hacer. Me impresiona mucho ver a los niños en esta situación y me da mucha pena no poder hacer nada. Un poquito después, sobre las 7.30 de la mañana empiezo a ver algunos niños que van al colegio
 
y también veo a otras niñas de unos 10 años que no van al colegio, que van con un saco recogiendo basuras aprovechables para algo o que se puedan vender.
 

 
 Escarban entre los montones de basura y a veces veo que echan botellas vacías en los sacos, también echan otras cosas, pero no sé lo que es. Nunca había visto niños rebuscando entre la basura y eso me produce más tristeza que verlos durmiendo en la calle.

         Sigo andando y veo bastantes niños, con uniforme que van al colegio. Empiezan a las 8 de la mañana. Algunos van andando, otros en moto con sus padres y otros en grupo van en ritso. Los niños llevan diferentes uniformes, y luego me entero que cada colegio tiene su propio uniforme y que se hace en un intento de igualarlos desde niños y evitar que la división en castas continúe. No me parece mala idea, pero la casta que se debía eliminar antes que ninguna otra es la de los pobres. Es indignante que haya niños tan pobres, que están sucios, descalzos, que buscan en la basura y que no van a la escuela.
 
 
 Pero los niños pobres y los no tan pobres se hablan, se cuentan sus cosas y se ríen. ¡Menos mal que tienen la alegría de los niños!

   
      Y a estas horas también están por las calles las mujeres que barren. Solo barren un poco, el guía dice que les pagan para barrer un par de horas, y con la mierda que hay ese tiempo no da ni para empezar; además el guía dice que barren poco para asegurarse que asi siempre tendrán trabajo. No sé que habrá de verdad en estas cosas, pero lo único que veo limpio es lo que las mujeres acaban de barrer. Además de barrer levantan mucho polvo, pues las calles son de tierra, y ese polvo hace que las fotografías tengan una luz muy especial.

    
     Además de los niños hay otras personas que me dan mucha lástima: algunos ancianos. Este anciano es un ciego que va pidiendo limosna. La gente sale de las casas y le da unas monedas. Yo también le doy unas monedas. Luego me arrepentí de haber sido tan tacaño, pero ya no tuvo remedio pues ya no le pude encontrar.

        
 
           Había muchas cabras en las puertas y por la calle. Esas cabras comen basura y dan leche a sus propietarios. Basura no les falta, lo que no sé es si habrá mucho alimento en ella.

       
            A la sombra de un árbol y junto a una pared, un señor ha instalado su barbería. Es una ventaja vivir en un país donde hace tan bueno, no hace falta gastar dinero en un local. Es la primera vez que veo algo así, pero veré muchos más negocios similares a éste.

         Después de mi paseo matutino vamos al FUERTE AMBER. Está alejado de la ciudad, en el campo y surge poderoso allá en un alto. Subimos en elefante. Hay toda una hilera de ellos que solo hacen 4 ó 5 veces el recorrido.
 
 Y aquí, montando en los elefantes estamos sobre todo turistas extranjeros, pues el paseo va incluido en el programa. Es la primera vez en mi vida que monto en un elefante. Se mueve despacio, rítmicamente, sin brusquedades.
 
 
 Hay algunos elefantes enormes, otros son más pequeños, pero todos forman un conjunto lleno de color y de movimiento que me resulta muy bonito y como familiar. Será porque desde niño imaginé como serían los elefantes en la India.

 
         El que lleva el elefante, un poco antes de llegar, pide una propina. Si no se le da nada, da un poco de agua al elefante y éste la espurrea hacia atrás con su trompa llenándote de agua y babas elefantunas, lo cual es muy gracioso para los que lo ven. Los elefantes entran por la puerta del mismo nombre y nos dejan en el patio de honor.
 
      
   El palacio es chulísimo, lleno de lujo y esplendor. Aquí tampoco hay puertas ni cierres en las ventanas y desde ellas se ve una enorme muralla que trepa y baja por colinas y valles y cierra un amplio espacio alrededor del fuerte.
 
 
Es la primera línea defensiva. Las salas del trono están decoradas con plata o nácar y espejos.
 
 
Es un lujo diferente del europeo. Es un lujo que me parece un poco hortera, pero a lo mejor para los hindúes el lujo europeo es el que es hortera.

 
         Bajamos del fuerte pasando por jardines y junto al lago. Unas mujeres están en el borde y con sus trajes de colores tan vistosos y tan bonitos arreglan cualquier foto.
 
 
 Y de regreso paramos para ver el palacio que un maharajá mandó construir en medio de un lago para ir en verano, y cuando estábamos allí aparece un elefante andando por la carretera, la verdad es que no tiene ningún otro sitio por donde ir.
 
 
 Es una estampa que no me sorprende nada y que me encanta ver. Los elefantes me gustan más que los coches.
 

         Y a continuación a Jaipur, a ver el Palacio de los Vientos, que mandó construir un maharajá en 1799 para que las mujeres de la corte, la favorita y las concubinas, pudieran contemplar la vida de la ciudad y las procesiones sin ser vistas, a través de los pequeños postigos rotos.


 Es un edificio muy hermoso, de color rosa al igual que todos los edificios de la ciudad antigua (la que está dentro de las murallas) que fueron pintados de este color en 1905 para dar la bienvenida al príncipe de Gales, con motivo de su visita a la ciudad.


 Desde entonces, este color se considera un símbolo de la hospitalidad de Jaipur.

         Y muy cerquita está City Palace, un enorme complejo de patios, jardines y edificios y donde está la actual residencia del maharajá de Jaipur, que normal-mente reside en Londres y que debe ser un pobre hombre que no tiene que llevarse a la boca.


 Estos son palacios y no los de los nobles europeos que al lado de estos son simples casitas. Estos maharajás tenían unos territorios enormes y millones de súbditos que trabajaban para ellos. Así podían tener estas riquezas. 

         Terminadas las visitas me dediqué a pasear por las calles de Jaipur, siguiendo un itinerario aconsejado por la guía  Lonely Planet.


He disfrutado mucho en este paseo, he andado despacio, tranquilamente, parándome a observar todo: miro los puestos de flores;

 las vacas comiendo los desperdicios vegetales del mercado;


las mujeres barriendo;


los monos comiendo también desperdicios, monos a los que los chicos y grandes tiran piedras para que se vayan al jardín y no anden por las casas y así no se metan en ellas, monos machos a los que los adultos tienen miedo pues  pueden morder si te interpones en su camino;


 observo a los  vendedores de verduras colocados en los bordes de una ancha avenida llena de coches y de humo que ponen una nota de color a veces muy bonita y pintoresca;


me paro ante el peluquero que sienta a sus clientes en el suelo de la calle y que para darles compañía y conversación y que no se enteren los que pasan él también se sienta en el suelo; me fijo en el cliente que espera su turno y que después de ojear los periódicos que hay para entretenerles, bosteza porque le está entrando sueño;
 

 miro las casas y viviendas con fachadas muy bonitas y de un bello color rosa y entonces me fijo en un albañil que está haciendo un trabajo y pide agua a la vecina más próxima, y que dan lugar a una estampa digna de ser fotografiada por los colores y por la luz cálida del atardecer que ilumina la escena;


 me paro delante de una puerta oscura que da acceso a un patio interior en el que una luz que viene de arriba da al conjunto un aspecto misterioso y dulce a la vez, es un lugar sucio pero que la luz trasforma completamente y hace que no lo parezca;


y más adelante, en otro barrio vuelvo a ver vendedoras de frutas y hortalizas, llenando todo de colorido, y a las que la suave luz del atardecer envuelve y acaricia;


 y un poquito más allá un hombre, que está en una minúscula tienda plancha ropa con rapidez pero con tranquilidad, el hombre me recuerda a mi padre cuando planchaba los trajes. Y así, mirando y mirando pasa la tarde y la noche me lleva al hotel.
 
         Ya he cenado. Salgo a dar un pequeño paseo por los alrededores del hotel y veo a una niña pequeña, muy pequeña, de 7 u 8 años con un saco que abulta más que ella. Se le cae el saco y se esparraman por el suelo muchas botellas de plástico vacías. Empieza a recogerlas y nadie de los que pasa la ayuda. Yo me puse a hacerlo. La ayudé a colocarse el saco y entonces me miró con cara de sorpresa. La vi alejarse. Llevaba el saco colgado de la cabeza y parecía un saco con dos piernitas. Me dio mucha pena ver a una niña tan pequeña así. Me volví acercar a ella y la di un billete de 10 rupias. Me miró, no hizo ningún gesto y siguió andando por la oscura calle. La seguí con la mirada hasta que desapareció en la oscuridad.  Nunca más volveré a ver a esa niña. No sé ni su nombre, ni donde vive ni nada de ella, pero será muy difícil que yo la olvide.
 

         Esta foto la vi en Internet y es la más parecida que he encontrado a como iba la niña. La he puesto para acordarme bien que el saco era más grande que su cuerpo.


        Vamos a salir temprano hacia Bundi. El recuerdo de la miseria de los niños que he visto aquí en Jaipur no se ha apartado de mí. El autobús está aparcado frente a un dispensario médico. Un grupito de mujeres está esperando a la puerta. La luz del sol naciente da de refilón en las hojas de una planta, en el tiesto y en la ropa de algunas mujeres. Parece que todo se llena de alegría, de alegría y esperanza. Monto en el autobús para conocer otras realidades. ¿Qué veré en Bundi?