sábado, 29 de diciembre de 2018

LA RUTA DE LA SEDA (6) - KASHGAR
       Hoy es 20 de agosto. Desde la ventana del hotel se ven estos modernos edificios. Las letras chinas es lo único que me indica que estoy en este país.
        Temprano nos vamos a visitar los monumentos históricos que hay: un complejo de mezquitas y tumbas del siglo XVI. Todo es simple, sencillo, en nada comparable al esplendor y magnificencia de lo visto en Uzbekistán.
 El mausoleo de no sé cual personaje está todo lleno de tumbas en su interior. Son las tumbas de sus familiares y descendientes. La visita termina pronto.     
 Vamos a la plaza principal de Kashgar donde está la colosal estatua de Mao. Los soldados están en frente vigilando para que no haya ningún disturbio, sea del tipo que sea. ¡Ah! A la policía y al ejército no se le pueden hacer fotos.
        Nos metemos por unas callejitas y ya estamos en el Kashgar tradicional, en el de los uigures que son mayoría étnica en esta provincia china (el 90% de los habitantes de Kashgar son de esta etnia).  

          Y esta gente son de religión musulmana y sorprendentemente la costumbre de que las mujeres vayan tapadas desde un poco a ir totalmente no han sido erradicadas en un país que lleva muchos años de comunismo estricto (hay que recordar que para los comunistas la religión es el opio del pueblo).
        En Uzbekistán y en Kirguistán apenas se ven mujeres con velos y pañuelos. Los comunistas soviéticos fueron más radicales en la prohibición de estos usos y costumbres. Aquí se ven demasiadas mujeres muy tapadas o tapadas totalmente, algo que sólo había visto en las zonas más integristas de Siria. Toda esta zona es de casas antiguas, pobres y humildes. Son casas de adobe y muchas aceras son de tierra.
        Todo está lleno de motos eléctricas para evitar la contaminación, lo malo es que estas motos no hacen ruido y hay que ir con mil ojos para evitar que te atropelle una que viene por detrás.
         Los ancianos descansan a la sombra de los edificios mientras miran a su alrededor y  posiblemente hagan lo mismo que todos los ancianos del mundo: hablar de lo que ven, de sus recuerdos y de sus cosas.
        Y luego los niños. Hay niños por todas partes. Niños que van solos o con hermanos mayores pero que no son tan mayores. Algunas niñas tienen unos vestidos de miles de colores. Son unos vestidos  alegres, muy bonitos.
 Casi todos van con el pelo cortado al cero por dos motivos: para paliar el excesivo calor que hace en el verano y para combatir más eficazmente los piojos.
Y a todos estos niños, al igual que a muchos mayores, les encanta que les hagas fotos. Si no sale de ti hacerles una foto ellos te dicen que se la hagas y luego van a que se la enseñes en la cámara.
        Toda esta parte antigua, tradicional, está llena de pequeñas tiendas y pequeños talleres. Le compré pan a un panadero que estaba delante de su horno haciendo su pan; le di una moneda de un yuan, me iba a marchar y me llamó para darme otro panecillo, pues por un yuan dan dos panes. A eso le llamo yo honradez.

        Unas chiquitas están aprendiendo a coser a máquina. Las vendedoras de hortalizas hablan de sus cosas.  Yo me quedo mirando, con cierto asombro, esta tienda llena de cubos y cacharros de zinc, los mismos que se usaban en mi casa cuando yo era niño.


        Me paro frente a la botica de medicina tradicional. Por aquí y por allá hay tarros de mil colores con hierbas y plantas de propiedades curativas y lo más asombroso para mi son las serpientes, las ranas y diversas clases de lagartos secos  que se trituran en morteros y cuyos polvos se echan en brebajes para aprovechar sus propiedades curativas. Todo esto me parece pertenecer al mundo de los cuentos y de las novelas que ocurrían en un pasado muy pasado, pero que aquí, en el Asia Central al igual que en otros países africanos aún es presente.
        En estos barrios los autobuses son motocicletas con ese carrito detrás, que hacen unos determinados recorridos por las callejas por las que un autobús no puede pasar.

        Y llego a un rinconcito que es una explosión de color con tanta tela colgando y con tantas mujeres comprando. Estas telas de estos colores no se ven en España ni en Europa ¿por qué será? Los que andamos por las calles y mercados nos perdemos un autentico recreo para la vista.
 
        De repente, sin previo aviso, al terminarse una callejita salgo a esta amplia avenida. El cambio no puede ser más brutal. Altos edificios, coches, motos eléctricas, anuncios, farolas y gente con cara de china. Sí, porque aunque estoy en China todavía no he visto a casi ningún chino, por lo menos a los que consideramos que tienen el aspecto de chinos, de vivir en China.
           Estos chinos con aspecto de tales son los chinos Han. Y estos hombres y mujeres, sobre todo las mujeres, tienen un aire totalmente occidentalizado, visten ropas como las nuestras, calzan los mismos zapatos y las mujeres hacen algo que no hacen mucho las europeas: usar sombrillas.

        En medio de una amplia y moderna avenida está la entrada al Bazar. Allí se vende de todo. Es como un Corte Inglés en horizontal.
Me vuelven a llamar la atención los colores de las telas, de las mantas y de los vestidos. ¡Cuánto les gustan a estas gentes las telas de vivos colores! 

         En una de las plazas hay una gran pantalla de televisión para que la gente la vea por la noche. Ahora, por la tarde, hay un fotógrafo con un caballo, un carro y un camello para que la gente se haga fotografías a su lado o montados en ellos. Me estoy un rato mirando viendo este espectáculo que me recuerda a los fotógrafos de feria que veía cuando era niño.
           Y sobre  todo me llaman la atención los vestidos de tela brillante, como de lentejuelas, que llevan muchas mujeres jóvenes. Son vestidos impensables de ver por la calle en Europa. La verdad es que a mi me gusta verlos por la calle.
        Al lado de esa plaza hay un amplio barrio tradicional de los uigures. Los hombres están sentados mirando la calle o hablando. Me gustan mucho esas caras de hombres maduros o ancianos con su barba blanca y su aspecto asiático aunque no chino.
        Y en este barrio vuelvo a encontrar el comercio tradicional que se desarrolla sobre todo en la calle o en pequeñas tiendas. Estos hombres venden té según el gusto personal echando más de unas hierbas o de otras.
Pequeñas tiendas, pequeñísimas tiendas se abren en cualquier hueco. Dentistas, instrumentos musicales, vendedores de carne asada a la brasa, puestecitos de fruta y mil cosas más de las que ya no me acuerdo, hacen el recorrido por esta zona muy ameno y entretenido.

Kashgar es la ciudad de las sorpresas. Casi de repente aparece el Barrio Chino. Sí, aunque esto es China aquí hay un barrio chino. Yo no me puedo imaginar en ninguna ciudad española que haya un barrio español, pero esto es la parte de China que está en el Asia Central y aquí conviven uigures, kazakos, tayikos, quirguises, uzbekos y chinos Han y estos son minoría.


Y todo el barrio chino es como otro mundo que nada tiene que ver con el de los uigures. Edificios altos, muy altos. Enormes carteles publicitarios. Colores chillones y vistosos por todas partes. Tiendas de las mismas marcas que en Europa. Anuncios muy similares a los europeos. Gente vestida a la manera occidental. Letras chinas, enormes letras chinas. Y prisa y movimiento y un ritmo de vida muy similar al europeo.
Me gusta más la vida sosegada y tranquila de los barrios tradicionales, y ver a la gente sentada en un banco, charlando con un amigo o un vecino mientras mira lo que pasa a su alrededor.
En el Kashgar antiguo, en el que sobre todo habitan uigures se ven más viejecitos de barba blanca que andan tranquilamente con una bolsa en la mano y con un aire despreocupado.
        Las calles de esta parte de la ciudad están llenas de puestecitos donde venden comida. El humo y el olor de las carnes lo inundan todo. Es un espectáculo fantasmagórico e irreal, a la vez que lleno de vida y animación. Es el mundo que siempre había imaginado en las ciudades cruce de caravanas, en las ciudades donde había que hacer una pausa después de duras jornadas y donde había que intercambiar productos.

viernes, 28 de diciembre de 2018


LA RUTA DE LA SEDA (5)

SARY TASH - KASHGAR


         La noche del 18 de agosto llueve. Me da mucha rabia sentir la lluvia porque eso supone que por la mañana no podremos ver la cordillera del Pamir y el pico Lenin. Cuando amanece las montañas están cubiertas.  Hay nubes y claros por doquier. Sary Tash es una pequeña aldea perdida en la meseta del Pamir que sólo está habitada en los meses de verano.
        Pronto partimos hacia la base del pico Lenin. Todas las carreteras son de tierra, los caminos también. Cruzamos un río y empieza el tormento del camión: golpes y más golpes, traqueteo y más traqueteo. Llanura inmensa, inacabable. Montañas que están ahí pero a las que tardamos dos horas en llegar, montañas que cuanto más nos acercamos son más altas y más grandes.

        Acaba el camino. Empieza un sendero que sube hasta la base de un alto glaciar. Las nubes van y vienen y dejan entrever las enormes montañas y las enormes masas glaciares. Esto no se parece en nada a los Alpes. Los Alpes son montañas como de juguete al lado de estas. Estoy sobrecogido ante tanta inmensidad, ante tanta grandiosidad. No caben en la cámara de fotos todas las montañas y todos los glaciares que tengo frente a mí. Estoy mucho rato mirando y mirando para intentar asimilar estas dimensiones y esta grandiosidad.

Borracho de visiones de montaña me marcho andando por donde vinimos en camión. Como por allí las montañas son más bajas el cielo se aclara. El altiplano donde estoy tiene una altitud de algo más de 3000 metros.
Las montañas casi no tienen nieve y los colores de la tierra y de la hierba son bellísimos. Todo se empieza a llenar de ganado y de las yurtas donde viven los ganaderos.
 Las yurtas se agrupan en determinados lugares que están como más recogidos, aunque a veces están en otros que parece que no tienen protección por ningún lado.
 De vez en cuando salen a mi encuentro niños de unos 8 ó 10 años y me piden con gestos que les haga una fotografía; como no me cuesta nada se la hago, se la enseño y ellos se ponen tan contentos. A veces intentamos hablar, pero la comunicación es imposible.

Y sigo andando y andando y creo que ya debía haber llegado al lugar de la comida, al lugar donde había quedado con el resto. El terreno me es desconocido, creo reconocer un cerro que está a mi izquierda, pero eso supone alejarme del camino. Me alejo pensando en que a lo mejor he cogido otro camino pero no encuentro ninguno más.
Regreso a donde estaba y este despiste me supone una hora de andar campo a través y estar con la preocupación de qué hago si no doy con el lugar de encuentro. Al final veo a mis compañeros que vienen por el camino que yo había dejado. Todo queda en un buen susto.


La mañana del 19 de agosto amanece con nieblas. No veo la cordillera del Pamir. Partimos hacia China. Enseguida las nieblas se disipan y aparece en todo su esplendor la cordillera del Pamir.
Me acompañará durante mucho tiempo. Me acompañará hasta entrar en China. A medida que el sol se va levantando va cambiando la luz y va cambiando la visión de esta grandiosa cordillera. Al principio todo está como malva, luego pasa a rosa y luego a un blanco deslumbrante. Pero siempre está grandiosa. No me imaginaba unas montañas de estas dimensiones y de esta belleza.
  

      Y con las montañas siempre a mi derecha llego a la frontera con China. Nunca me podría haber imaginado los trámites para pasar a China. Desde la frontera de Kyrgyzstan tenemos que ir andando 500 metros hasta la frontera China. Allí hay una barrera custodiada por un soldado que nos pide los pasaportes. Se los enseñamos y continuamos andando. Un poco más adelante unos soldados nos vuelven a pedir los pasaportes, nos miran las cámaras de fotos y nos registran los equipajes. Viene un autobús a recogernos. A 2km llegamos al puesto fronterizo de verdad. Allí nos miden la temperatura, nos vuelven a registrar los equipajes, nos vuelven a ver las cámaras de fotos y nos sellan los pasaportes, pero antes de salir un soldado nos vuelve a pedir el pasaporte para verificar que el sello correspondiente está puesto. Nos montamos en el autobús y empieza nuestro recorrido por la provincia autónoma China de Xinkian, donde habita la minoría de los uigures (sólo son 22 millones de personas; una minucia frente a los 1.300 millones de chinos)

        Y entramos en China y se acaba la cordillera del Pamir, pero empiezan unas montañas de arenisca, de mil colores y de profundos barrancos. Unas montañas secas, desnudas, sólo algo verdes en su base, por donde corren pequeños riachuelos. Veo los primeros camellos bactrianos y me imagino la cara de asombro que pondrían Elena y Alicia si estuviesen aquí.

Cuando ya estamos a 40km de la frontera aparece otro puesto militar donde nos mandan bajar del autobús, nos vuelven a pedir los pasaportes y donde por fin nos dan el último visto bueno para ir a Kashgar.