jueves, 29 de noviembre de 2018

LA INDIA (8) - Varanasi, Benarés
           El avión nos dejó en VARANASI, BENARÉS, antes de la hora de comer. El hotel no es el que estaba previsto en un principio, es menos lujoso pero está en el centro de la ciudad. Las exigentes refunfuñan por la mala suerte de tener un hotel corriente, con un baño y una habitación pequeña. Yo prefiero estar aquí.


  La calle es una locura de actividad: motos, ritsos, carros de animales, carros de carga, autobuses, camionetas y personas, muchas personas.  Cuando vi el Cairo me pareció el sumun del ajetreo y actividad callejera, pero aún no conocía la India. La India es única.
 En Varanasi solo hay que ver dos cosas: las incineraciones y los baños del amanecer. Cuando llegamos a los ghats de las incineraciones casi es de noche. El espectáculo es dantesco.
 Si los infiernos son de alguna manera tienen que ser así. Humo, luz rojiza, mil olores (supongo que a madera, a carne humana y a suciedad). Los hindúes encargados de estas tareas son los intocables y  están como si cualquier cosa, los turistas estamos en silencio.
 
 Miro las hogueras, siento el silencio, un calor abrasador si me acerco demasiado y una luz y un ambiente que se hace cada vez más especial a medida que aumenta la oscuridad. No hay más que ver.
No me resulta interesante continuar aquí. Aquí ya no hay vida, aquí solo está el rito de la muerte y la morbosidad que sentimos los vivos por conservar aún la vida.
Todas las tardes hay una ceremonia en un ghat cercano. Acuden muchísimos hindúes. Muchos de ellos echan al río unas hojas de nenúfares con una vela encendida que arrastra la corriente. Cuando han echado muchas hace muy bonito verlas, son como lágrimas o suspiros que se han hecho realidad.
Y la actividad religiosa me parece puro teatro. Los sacerdotes están muy limpios, bien alimentados y son jóvenes y guapos. Sus vestimentas aún tienen las rayas de la plancha o del armario. La verdad es que no entiendo lo que significa y digo lo que digo porque la ignorancia es atrevida.  

 Al amanecer, antes de que salga el sol, comienza una frenética actividad en el Ganges. La gente empieza a meterse en el agua, un agua sucia, sucísima, asquerosa, y se la echan por la cabeza, se restriegan los dientes, algunos nadan un poco, otros se sumergen todo el cuerpo y todos rezan sus oraciones. Yo tenía intención de bañarme en el Ganges, pero cuando he visto el agua he decidido que no.
Un poco más allá unos hombres lavan ropa, no la suya sino la de la lavandería. Aguas arriba de la zona de lavandería y de los baños una gran tubería echa las aguas residuales de Varanasi al Ganges. No digo más.
         Llega la hora mágica de la salida del sol. En este momento los fieles dirigen sus ofrendas y plegarias hacia él, como si fuese un dios, y todo se llena de luz, de una luz mágica que todo lo trasforma.

 Todos los edificios, todo se vuelve rojizo. Es algo que dura unos instantes pero esos instantes son mágicos. Había visto algo parecido en el desierto y en los Alpes, cuando las grandes paredes y glaciares se encienden de colores rosas y malvas, nunca en una ciudad. 

  Seguimos lentamente por el río y en la zona de incineraciones no hay actividad. Solo hay dos cuerpos que se lavan en el río y que en cuanto se hagan las piras se quemarán. Pero no lo veré. No tiene interés para mí. El sol ya se ha levantado y el fuego de los edificios se va consumiendo.
Por la orilla veo a un joven que lleva un montón de maletas de unos turistas que han llegado en barca. Viendo cómo va pienso que eso es aprovechar un viaje y las pocas ganas que debe tener de echar más.

El viaje en barca por el Ganges va tocando a su fin. Pasamos junto a una zona de muchos templos, alguno de los cuales parece que quiere sumergirse en el Ganges para alcanzar el Nirvana y no tener que estar penando con sus cimientos en la inestable orilla del río. Nos vamos a desayunar y a asimilar la visión única del amanecer en el Ganges a su paso por Varanasi, la ciudad sagrada por excelencia de la India.

Vamos al lugar donde Buda pronunció su primer sermón, el lugar donde nació el budismo. Todo está limpio, todo es lujoso y dorado, todo está lleno de mármoles, los jardines están cuidados y todo contrasta con los lugares relacionados con la religión hindú.
   Durante la noche me levanto 5 veces al baño. Las medicinas que tengo no me hacen nada. Nico me da unos antibióticos y me quedo en el hotel. Salgo a la puerta y me entretengo en mirar y mirar.


 De vez en cuando pasan triciclos cargados hasta los topes. Los ciclistas no pueden con ellos, tienen que ir empujando. En ocasiones van dos chicos o jovencitos que empujan como burros. Nunca he visto tanto esfuerzo. Alguna que otra persona que me parece mayor empuja hasta que ya no puede más. Me dan ganas de ayudarles pero no estoy en condiciones de hacerlo.
 De cuando en cuando pasan algunos carritos más livianos. Hasta a mí me consuela verlos.
No se ven muchas mujeres en moto y estas musulmanas, tapadas hasta las orejas me sorprenden, pues las mujeres musulmanas que he visto en las mezquitas no van tan tapadas ni llevan pañuelo a la cabeza.
Como poco a poco me voy encontrando mejor y no tengo necesidad de ir corriendo al servicio empiezo a hacer pequeños recorridos por los alrededores. Veo una tienda de ruedas que tiene las nuevas en la puerta y todas las viejas, que son las que más vende, dentro de la tienda.

Y aquí también es facil poner un negocio, el local no es imprescindible, sino que se lo digan a estos zapateros que abren su tienda en la calle, sentados sobre unas piedras en la acera. Su sitio debe ser fijo porque los clientes van allí de cosa echa. Estoy un rato mirando, ellos se dan cuenta de que lo hago pero no me dicen nada, ellos siguen a lo suyo.
Los conductores de ritsos descansan de vez en cuando y para no dejar solo su vehículo lo hacen sobre él. Cuando un turista se dirige a ellos es como si les tocase la lotería, pues nosotros les pagamos entre 30 y 50 rupias por viaje y los hindúes les pagan 10 o menos. Hay que recordar que 1€ son 60 rupias. En ocasiones les hemos pagado 150 rupias por llevarnos a 3 sitios. Ese día su enorme esfuerzo ha tenido una compensación: pueden comer bien ellos y su familia durante unos días.
        Hay pequeños jardines que nadie cuida y que se llenan de vegetación como si fuese la selva. Estos pequeños oasis se llenan de pájaros y animalitos que es una gozada ver.
         De repente aparecen pequeños altares en cualquier sitio como éste junto a un árbol. Las flores y las pequeñas ofrendas delatan estos lugares que podrían pasar desapercibidos para mí. Es la presencia de lo divino en lo minúsculo y cotidiano.
Varanasi es la ciudad donde se viene a morir. Este perro no creo que haya venido de ningún sitio. Ya está lleno de moscas y todavía está aquí. Nadie lo retira porque no es su tarea. ¿De quién será la tarea?  Alrededor ya huele muy mal.
Unos albañiles arreglan una cocina de esas en las que hacen fritos para diversas horas del día y a las que tan aficionados son los hindúes. Son como sus pinchos solo que sin alcohol y siempre picantes. Los he probado algunas veces con Nico y la verdad es que están bastante buenos.
 
 Los entendidos dicen que el picante sirve para dar sensación de hartazgo, de plenitud estomacal y si es así es un buen invento para los lugares en los que no es muy abundante la comida, así no se tiene sensación de hambre.


Por la calle siguen pasando ritsos y triciclos que atraen mi atención, bien por la carga bien por el porte y dignidad del hombre que lo lleva, como es el caso de este hombre que va descalzo. Y con tanta bici no es extraño que uno de los mejores negocios callejeros sea el de arreglar ruedas, pinchazos y cadenas. En el rato que estuve junto a este puesto no les faltó el trabajo.

         Por la tarde me encontraba mucho mejor y fui con Nico a dar un paseo a la orilla del Ganges. Parecía un sitio diferente, todo tenía un color gris malva. Un color bonito pero diferente al rojizo del amanecer. ¡Colores de la India!    
Es la última mañana. Me levanto temprano. Veo como unos obreros quitan una enorme estructura de bambú que ha servido de escenario para una fiesta la pasada noche. Todo está atado con cuerdas y todo se desmonta con gran rapidez. En Europa sería impensable hacer hoy algo así, pero con andamios semejantes a estos se hicieron nuestras catedrales y los hindúes hicieron el Taj Majal.
 

 Unos muchachos empiezan a freír el desayuno para los más madrugadores. Una mujer ya ha abierto su puesto de chuches y de té. Sus hijos están sentados al lado y no tienen pinta de ir a la escuela. ¿Qué harán todo el día en la calle?
Los niños y niñas que van al colegio van limpios, bien peinados y muy arreglados. Frente al hotel pasa una niña que mira con mucha atención el pelo teñido de rubia de una turista. Intento hacerla una foto pero se da cuenta y se va. Al final la convenzo para que se la deje hacer y lo malo es que posa.
 
 Bueno, lo malo es que va con un saco recogiendo botellas de plástico. Esta no va al colegio y no está bien peinada ni bien limpia ni aseada.  Me da mucha rabia, porque me da mucha pena, ver niños así. Con esta imagen en la cabeza subo al autobús que nos lleva al aeropuerto para ir a Amritsar.



miércoles, 28 de noviembre de 2018

LA INDIA (7) - Khajuraho
        KHAJURAHO ¡la ciudad de los templos!  ¡La ciudad que tuvo 75 templos de entre los siglos IX al XII y que aún conserva 25! Hoy están declarados Patrimonio de la Humanidad. El recinto de los templos principales es magnífico.
 
           Amplios espacios ajardinados donde se pueden contemplar los edificios en todo su esplendor y magnificencia. Los hay grandes y pequeños, muy pequeños, que son como adornos o complemento de los grandes. Y en el interior de los pequeños hay grandes estatuas de animales, animales que están como a la sombra, como descansando.
 
  Otra vez el sentido del templo abierto a la vida y a la naturaleza. Pero los grandes templos son de otra manera. Vistos desde lejos son altivos, imponentes, solemnes, sólidos. Y cuando uno se acerca surge el asombro de las estatuas. Todo alrededor está lleno de estatuas situadas al alcance de la vista. Inmediatamente uno se queda prendado de ellas. Son estatuas llenas de vida y de belleza y las miro detenidamente intentando encontrarles un sentido.
 

     Las estatuas más conocidas son las eróticas o de sexo explícito, y dentro de éstas hay unas que son sarcásticas o irónicas como la del elefante sonriendo al ver a la pareja copulando o la de la mujer que medio se tapa la cara, pero sigue mirando, frente a dos hombres y una mujer que copulan. Estos grupos escultóricos son así, con valores plásticos indudables en cuanto a composición, equilibrio de líneas y formas y ritmo de las mismas, pero que me parece que no tienen ninguna otra significación más profunda.
 
         Y junto a estas imágenes hay otras de sexo irreal. Las posiciones que adoptan las parejas son casi imposibles de realizar. Son posiciones que parecen de yoga muy avanzado. Y quizá para estos hombres la procreación, como acto divino que origina la vida se tiene que dar a través del dominio del cuerpo y de la liberación de la energía espiritual. No conozco la filosofía ni el pensamiento hindú pero me parece que por ahí tienen que ir los tiros. Leo que para estos hombres el objetivo principal de alcanzar la unión mística con la divinidad se traducía en la realización del acto sexual, de ahí la abundancia de temas eróticos en estas esculturas, esculturas que animan las paredes de los templos con una vida intensa gracias a la belleza de sus actitudes, a la ejecución plástica de los grupos, al ritmo ardiente de sus abrazos y a la exaltación de las formas humanas. Las esculturas no explícitamente eróticas contribuyen también a dotar de vida y belleza a los templos.

 
 
 Las posiciones curvadas de los personajes, las curvas y contracurvas de los diversos grupos, la agitación de las posturas de los animales, los ritmos de piernas y brazos, la sensualidad de los cuerpos, dotan a estas paredes de una vida que sale de la divinidad que está en el santuario del templo.
 
  Yo creo que es la vida del dios, la alegría y la manifestación de la vida de la divinidad. Estos grupos escultóricos me parecen una de las más grandes manifestaciones de la escultura mundial, comparables a las de cualquier época europea.
 
 
         Siempre he intentado comprender el sentido de la arquitectura religiosa. Estos templos están vertidos hacia el exterior. En ellos todo está abierto. La divinidad está allá al fondo, en un pequeño cuarto oscuro, como escondida del mundo exterior y lo que se aprecia en el exterior del templo es la manifestación de su grandeza y poder. A veces ese poder parece sencillo, pues sencillo es el templo, pero es el poder de la vida. Esto lo interpreté cuando supe que ese cilindro representa el pene de Siva ¿? que se apoya en una forma que simboliza la vagina (ya no sé de qué diosa) para dar lugar a la vida. Creo que el verdadero dios hindú es la vida, vida que todo lo rodea, que a todas partes entra y de todas partes sale. Sus dioses no son inmortales, igual que la vida no es para siempre. Y si lo fundamental es la vida no me extraña nada lo de las reencarnaciones.

 

Bueno, voy a dejar estos temas porque me estoy metiendo en camisas de once varas, y alguien va a creer que soy un experto en religión hindú cuando la verdad es que no tengo ni idea. Todo lo que he dicho son intentos de comprender algo que desconocía. 


         La vegetación que rodea a los templos es grandiosa. Hay árboles enormes que asocio con la selva. Y mirando esto me entero que los templos fueron redescubiertos por un inglés que iba a cazar; estaban tapados por la vegetación. Y entre tanta vegetación hay muchos animales,
 los reptiles corretean por los templos y no parecen tener miedo a los humanos,
los nenúfares crecen esplendorosos en los humedales,
las ardillas suben y bajan de los árboles y van a donde quieren. Son unas ardillas ariscas, no se acercan a coger comida, aunque se la ofrezcas.


         Y ya fuera del recinto la vida sigue estando presente. Sigue estando presente en esta familia que mira unas pulseras o algo parecido. Hay que ver que colores tan bonitos tienen las pulseras y que colores tan bonitos tienen las ropas de la mamá y de los niños. Es curioso como lo que más me llama la atención ahora son los colores y en las estatuas de los templos eran las líneas y las formas. Las pinturas hindúes no destacan por hermosísimos colores y sin embargo el color lo rodea todo. ¿Por qué a los hombres de antaño no les atrajo el color?
         Pasamos una noche en Khajuraho.  Me levanto temprano por la mañana para visitar la vieja ciudad, el viejo pueblo, y los pequeños templos que hay desperdiga-dos por allí. No vienen muchos turistas por aquí, casi todos se limitan a los templos principales. Y el paseo se convierte en otro paseo por la India profunda.

          Hay un amplio estanque lleno de nenúfares o algo así en el que unos hombres con barcas van recogiendo plantas, y algún que otro búfalo aprovecha para bañarse del todo.

 Pero no solo los búfalos se bañan, un par de niños aprovecha una fuente para refrescarse frente al estanque. Hay pequeños templos torcidos e inclinados como la torre de Pisa y que tampoco se caen; y junto a ellos pasan carretas de bueyes o de cebúes pues ya no sé lo que son.
Aquí hay muchas especies de bóvidos y a todos les llaman vacas, pero a mí me parece que no lo son. A ninguno se los comen y a unos les hacen trabajar, a otros les ordeñan y otros se dan la vida padre. 
 El señor de la moto es uno de los que venden leche en el pueblo.


         Los niños se sientan en el suelo y juegan con unas piedrecitas. Me sorprende la gran diferencia de edades entre estos niños. Las mayores ya son jovencitas, la más pequeña, la que solo mira, es todavía muy pequeña.

 

         Unas mujeres arreglan los desperfectos de la casa con barro, al igual que la mujer que vi en Orchha y otra mujer pone a secar las tortas de caca de vaca que luego utilizará como combustible. Las vacas sirven para muchas cosas: para dar leche con que alimentar a los niños igual que alimentaron a Siva, para trabajar, para hacer queso y mantequilla y sus pieles cuando mueren para hacer calzado.

 

         El pueblito está tranquilo. Dentro de su humildad hay rincones con casas muy bonitas, y son bonitas gracias al color. A mí no me parece que haga mucho calor, a esa niña sí. Está sentada en la fuente y se echa una y otra vez agua con el bote que tiene. Me ve y me sonríe.
           El búfalo prefiere un buen barro, así no le pican los tábanos.


             Los burritos no prefieren nada, ellos siguen y siguen por donde les mandan. Estos burros son más grandes que los de Datia, no sé por qué.


         De vez en cuando me encuentro con un gigantesco árbol, lleno como de raíces colgantes o restos de plantas trepadoras o yo que sé qué. Árboles que me trasportan inmediatamente a la selva. Yo imaginaba la selva hindú llena de árboles como éstos e impenetrable como las que salen en las películas. Ya veo que no es así. Esa que yo imaginaba es la selva ecuatorial, esta es la selva tropical.

Y aunque esto no es la selva me encuentro con uno de los animales propios de ella: un gallo bankiva. Esta es la raza de gallos y gallinas de las que proceden todas las domésticas. Rebuscando entre las gallinas del pueblo encontré alguna que aún se parecía a las bankiva, las demás eran blancas o negras, de razas totalmente domesticadas, aunque esta posiblemente también lo sea en mayor o menor grado.
         Sobre las 12 del mediodía nos fuimos al aeropuerto rumbo a Varanasi, el antiguo Benarés inglés.