martes, 31 de marzo de 2020


SUDÁN DEL NORTE (6)
PUEBLOS GRANDES 

           Amanece en KARIMA  Los niños ya van hacia la escuela. Las casas de tierra y la montaña sagrada toman un color rosado que enseguida desaparecerá. A los niños les gusta mucho que les haga fotos y que luego se las enseñe. Como no están muy acostumbrados a que se las hagan no ponen caras raras.


            Ya avanzada la mañana el mercado tiene bastante actividad. Aquí se vende de todo, es como unos grandes almacenes en horizontal.


Las tiendas de hilos, de cintas y de sedas tienen un brillante colorido.


La mujer con los ojos cerrados  estropeó la foto después de convencerla durante un tiempo, pues una integrista musulmana que estaba a su lado la decía que no se dejase hacerla. Me llamó la atención su cara tan maquillada, algo que no es corriente en Sudán.


El zapatero descalzo me hizo mucha gracia pues solo vendía chanclas y zapatillas de aspecto cómodo que no hacen pensar que te vas a quedar descalzo para estar mejor.



            Me resultó muy curioso ver a los fruteros en la vía del tren. Es el ferrocarril que construyeron los ingleses en el siglo XIX y que ahora no se debe utilizar. Estos hombres solo tienen cuatro cositas para vender, y una de dos, o aquí la vida es muy barata y con poco dinero ya se puede vivir, o estos hombres pasan estrecheces. Quizá sean las dos cosas.


            Un poco más allá las ovejas y las cabras hacen como que comen junto a la vía del tren. No sé qué comerán, porque lo que se dice hierba parece que no hay mucha.
            Aquí hay muchos niños y estos pequeños no van a la escuela. Las mamás no utilizan cochecitos ni nada por el estilo. Los niños van en brazos o andando, todo depende de la edad.


Y las madres del Sudán son iguales que las de todo el mundo, tratan a sus niños con ternura y cariño y se ponen tan orgullosas cuando otras personas les decimos algo aunque no entiendan lo que hemos dicho; por el tono en que lo hacemos se lo deben imaginar.


            Estos dos capitanes generales están pasándonos revista mientras vamos por delante de la tienda. El más pequeño tiene el bastón de mando, el uniforme un poco grande y los zapatos se le han olvidado en casa. El otro está con el cubo y no sé a dónde irá. Estar, no están muy bien vestidos, pero parece que hambre no tienen, lo cual ya es bastante.


            Mientras la abuela llena los cántaros de agua para que la gente que pasa pueda beber, la pequeña nos mira con cara de pocos amigos. Debe pensar que esta gente con ese color tan raro no debe ser de mucho fiar y en consecuencia no se separa de la abuela.


            En estos pueblos grandes el cementerio está cerca de la mezquita. En eso se parecen a los cristianos que también entierran a sus muertos en las ciudades, al lado de las iglesias. Los sentimientos y las razones para hacerlo deben ser similares.


            Y en todos estos pueblos grandes hay “cafeterías” en los lugares más transitados. Esta es la plaza por la mañana temprano, y en esta “cafetería” ya quedan pocos sitios libres. Los hombres se sientan, charlan un rato y luego se van. Esto de tomar café es solo de hombres; las mujeres sudanesas no van nunca, las únicas que lo hacen son las turistas. Pero si las mujeres no van nunca, las propietarias de las “cafeterías” son siempre mujeres de edad variable, pues las hay jovencitas y otras ya entradas en años. ¿Por qué esta distribución de roles según el sexo?
            En DONGOLA LA NUEVA hay tiendas limpias, similares a las del mundo occidental. En esta tienda venden pollos asados, y los deben hacer bastante bien porque mucha gente viene a comprarlos. Al ver esto decidimos comer aquí, y la verdad es que los pollos estaban buenos y limpios.


            Cerca de esta tienda está la calle de los bares y cafeterías, la calle del alterne. Los locales tienen toldos para protegerse del sol y del polvo que levantan los coches que pasan, pero por lo demás son lugares muy confortables donde hay un gran ambiente hasta que se pone el sol.


 Cuando se pone el sol todo se cierra. La luz eléctrica es muy cara. Los chicos van por allí luciendo sus mejores galas, las chicas también van, pero en menos cantidad.



 Estos bares tienen más categoría que las “cafeterías” de la calle; en la mayoría, además de la propietaria, hay camareras que llevan el café hasta las “mesas”. Los hombres no las dicen nada. Ellas no les miran pero a nosotros sí. Aquí no vienen muchos turistas y les gustará ver como son los hombres blancos. La mayoría de las camareras y propietarias son mujeres jóvenes, casi todas muy guapas, y de facciones africanas.





            Y a estas chicas les encanta que les hagamos fotos, y cuando se las enseñamos lo agradecen con una sonrisa. Una de ellas nos enseña sus manos todas pintadas. Las manos pintadas me parece que indicaban que la chica estaba soltera, con lo que los hombres se podían dirigir a ella.


            Aquí en el centro del pueblo (o de la ciudad, pues no sé como lo consideran ellos) hay una gran actividad. Además de las “cafeterías” hay muchas otras cosas. Los chicos limpiabotas limpian los zapatos y sandalias de los clientes de las cafeterías por muy poco dinero.


 Luego están los chicos recaderos, que con su bici hacen los recados que les mandan los hombres que están sentados en las cafeterías, los dueños de las tiendas, gente que vive por allí. Son chicos muy jovencitos, de 15 ó 16 años que están muy acostumbrados a trabajar y que cuando es la hora en que termina su trabajo se reúnen entre ellos para echarse unas risas

.
            Y aquí nunca faltan esos hombres mayores, que todavía no son ancianos pero que llevan camino de serlo, sentados en cualquier parte menos en una silla, que miran hacia delante aunque el sol les dé de frente.


            Los viejecitos de verdad sí que se sientan en una silla.


            En la plaza principal del pueblo paran los autobuses y microbuses que van a los lugares cercanos y lejanos. También hay numerosos tricimotos que llevan a la gente a su casa o a lugares bastante cercanos.  Los coches y autobuses son muy nuevos y muy coloreados. Sus colores no desentonan con los colores africanos.


Pero hay colores que sí desentonan con los africanos, y son los de esas mujeres vestidas de negro. Hay un sector de la población que no está nada de acuerdo con el integrismo musulmán y hasta piensan en echarlos del país por la radicalidad de sus costumbres. En este país son musulmanes dese hace muchos siglos, pero este fanatismo no les gusta.


            Y aquí, en el centro, es donde más actividad laboral hay. Los hombres llevan mercancías de los coches a los almacenes, de un almacén a otro, comprueban y ponen a punto sus coches, coches que en su mayoría son coches europeos de segunda mano y que aquí en Europa ya no sirven, pero sí que sirven para que circulen por África.


            Y este hombre con su cazadora de cuero y su cara tapada con un pañuelo de forma que solo se le ven los ojos, me recuerda mucho a los tuareg. Es un hombre que tiene un aire algo misterioso, que a la vez se le puede considerar como un bandido o como un hombre con un cierto halo de romanticismo, que secuestra a las mujeres para enamorarlas y hacer el amor con ellas, nunca para violarlas.



            Y si bonitas eran las luces del atardecer, las del amanecer no se quedan atrás. Los árboles se encienden, brillan más y el verde es más luminoso, más bonito.




            Las sombras se alargan, los blancos son aún más luminosos. Todos los colores brillan más. Los hombres, únicamente los hombres, se sientan al sol como si tuvieran frío y quisieran calentarse y empiezan a tomar té y café (onkawua).Algunos parece que se acaban de levantar de la cama, parece que alguno ha dormido en el hotel de la Bella Estrella (Belle etoile).


 Y este hombre que parece que mira desde el misterio hace algo que no sé: o vende esos recipientes, o cuida que no falte el agua para lavarse o simplemente está sentado en esa silla mirando  cómo pasa la gente o pensando en sus cosas.


            Y una pareja está al sol en actitud de espera; y como si el sol quisiera hacerme un regalo los vestidos se llenan de luces y sombras, de trasparencias, como de magia. La mujer lleva un  vestido muy bonito, de colores muy suaves, de unos colores que son como románticos.


            Y poco a poco todo se va llenando de actividad. El sastre acaba de abrir su taller y empieza a coser a la máquina, una máquina que es similar a la que se usaba mi padre. Mi mirada se llena de recuerdos y de cariño. Nuestras miradas se cruzan y aparentemente no pasa nada más, pero quizás las miradas tengan un lenguaje especial, que los humanos no entendemos, y puedan hablar entre sí.


            Y la actividad aumenta poco a poco. Unos hombres descargan sacos de un camión, unos sacos enormes que meten en un almacén.


 Un poco más allá otro hombre está haciendo como una especie de ladrillos con barro: le da forma con un molde, y lo prensa con una máquina muy simple.


 Un chico jovencito, un adolescente, pica lechugas y cebollas para venderlas ya picadas. 


Y un pequeño burrito ha tirado de un carro lleno de cebollas. Ahora descansa mientras el dueño y otro hombre hablan de sus cosas.

            Y en este PUEBLO CUYO NOMBRE PERDI vuelve a haber más de lo mismo. Hombres sentados al sol con aspecto indolente, como si estuviesen descansando después de un duro trabajo. Sol que a ellos parece que les acaricia, que parece que lo necesitan y que a mí ya casi me abrasa.


            Y en este pueblo la plaza tiene una particularidad, y es que tiene soportales donde los comercian-tes tienen sus almacenes y ponen sus tenderetes.


 Estos soportales sobre todo deben proteger del sol, del terrible sol que cae aquí durante casi todo el año. 


Este chiquito vende cebollas, pero qué pocas cebollas tiene para vender.


 Y este viejito se sigue sentando como se ha sentado durante toda su vida mientras cuenta sus monedas, sus muchas monedas de poco valor que envuelve en pequeños trozos de plástico de color verde.



            Y con la cara de esta preciosa jovencita, jovencita que vi en el mercado de ESTE PUEBLO CUYO NOMBRE HE PERDIDO me despido de este Sudán rural, profundo, auténtico. Bueno, todo es auténtico, la gente y los pueblos no están falsificados. La próxima parada será Jartum y el gran mercado de Omdurmán.


lunes, 9 de marzo de 2020

SUDAN DEL NORTE (5)

EL SAHEL
Casi todo el recorrido que hemos hecho por Sudán ha sido por el Sahel, esa zona que va desde el Océano Atlántico hasta el Índico y que abarca desde el sur del Sahara hasta el comienzo de la zona más rica en vegetación de África. Es una zona subdesértica en la que abundan las acacias y arbustos espinosos y poca hierba.

 Las zonas desérticas también abundan, aunque hacia el sur van disminuyendo. La lluvia es escasa y los cultivos también, la agricultura que hay es una agricultura de subsistencia. La gente suele vivir sobre todo de la ganadería: ovejas, cabras, dromedarios, vacas pequeñas y burros.

Muchísimos habitantes de esta zona son nómadas, que van con sus ganados de unas zonas a otras, buscando los pastos.
Hay pequeñas aldeas de viviendas también muy pequeñas, que ocupan o permanentemente o solo en la época de sembrar o recoger las plantas cultivadas. Son viviendas de seminómadas. 
El Sahel me fascina. Tiene un atractivo especial para mí y no sé el porqué. Quizá sea la dureza de las condiciones de vida; el aspecto espartano y duro de sus habitantes; el esfuerzo que tienen que hacer, y que he visto muchas veces, para vivir; su hospitalidad y su curiosidad por ver a esos extraños que nos acercamos a saludarles y a verles un poquito más de cerca, aunque a mi pesar nos acercamos muy pocas veces ya que a los guías no les gusta hacerlo, quizá por no molestar o porque los turistas no nos llevemos una impresión de pobreza del país.
        En este viaje he tenido la enorme suerte de estar en un pozo del Sahel, un pozo que lleva allí miles de años, pues junto a él hay ruinas egipcias. En lugar de ver las ruinas me quedé junto al pozo viendo como trabajaban los hombres. 

        La boca del pozo está en un pequeño alto. Una larga cuerda se ata a dos burritos que andan y tiran de la cuerda que sube el recipiente lleno de agua.

Los hombres cogen el recipiente y lo echan en alguna de las pilas que hay cerca.

Desde esas pilas van llenando bidones o garrafas de plástico, pues el agua se la tienen que llevar al lugar donde tienen su campamento o sus pequeñas viviendas.
Cuando una familia o una persona ha sacado el agua que necesita, retira sus burros, que son sustituidos por los de la nueva persona o familia que va sacar agua. 


Los animales se cansan, y tienen que beber. En un recipiente se echa agua y los animales beben. Pero los hombres también se cansan y también beben agua. En ocasiones las personas beben de bidones o garrafas llenas con agua del recipiente donde han bebido los animales, en otras beben directamente del agua en que han bebido los burros.




 Lógicamente  su aparato digestivo tiene que estar  acostumbrado a compartir bacterias, o lo que sea, con el de los animales. Los europeos, probablemente, no podríamos hacer eso.


Y cuando han llenado sus recipientes y los bidones, se los llevan al emplazamiento donde están. Y se los llevan con sus burros. Desde luego que son burritos fuertes y resistentes; a veces su cuerpo está recubierto por recipientes de agua, y encima llevan montada a una persona. Para mí es todo un espectáculo ver a estos hombres con sus burros cargados, andar por el Sahel. Para mí es la imagen de la supervivencia, del esfuerzo por vivir. No tienen nada superfluo, nada innecesario, si no hacen lo que hacen, se mueren.

Estos hombres del Sahel viven fundamentalmente de la ganadería. En muy pocos sitios se puede cultivar lo suficiente como para vivir de ello. El ganado unas veces parece que está solo, en otras lo están cuidando o pastoreando. Y quienes lo cuidan muchas veces son los niños. 

Niños que se acercan tímidamente, con cierto recelo, niños que no dicen nada. Que cogen un paquete de galletas pero que no saben abrirlo. Niños que no tienen juguetes, bueno, las niñas de 8 ó 10 años tienen muñecos especiales, muñecos de verdad: sus hermanos pequeñitos.



Niños del Sahel. Niños que no se quitan las moscas cuando se les ponen en la cara, por los ojos, por las comisuras de los labios. Quizá a lo mejor hasta es bueno, a lo mejor las moscas evitan algún tipo de infecciones, pero quien dice eso, casi seguro que no deja que las moscas se pongan en la cara de sus hijos pequeñitos. Niños del Sahel que creo que no irán a la escuela, niños a los que la educación probablemente no hará personas libres; pero libres ¿de qué? ¿para qué? No tengo  respuesta. Quizá esta gente sea más libre que los occidentales. Lo único que no tienen es la comida garantizada, ni agua potable disponible, ni verse libres de enfermedades que para nosotros ya son desconocidas. Pero no les ata comprarse un piso, ni un coche, ni el último modelo de teléfono móvil, ni una tablet, ni la ropa de última moda. No sé qué es mejor.

 Tengo un mar de dudas y ninguna respuesta clara y contundente. Pero desde luego lo que no es mejor es tener que lavarse en charcos como éste, y si solo se lava, bien va; lo malo es que a lo mejor también bebe de ese charco.



Y estos son los campamentos de estos pastores nómadas. Hay algunos que son más numerosos, son los que están en lugares donde hay pozos permanentes y pasto más abundante para el ganado. Otros tienen muy pocas tiendas o cabañas, y deben de ser de familias o clanes familiares poco numerosos.
Me gustaría mucho vivir durante unos días con ellos, en sus mismas condiciones, pero sobre todo me gustaría hablar y entender lo que hablan entre ellos. Me gustaría conocer cuál es su sentido de la vida, de la felicidad, de… esas cosas esenciales que yo no tengo nada claras y que quizá me ayudasen a conocer o a saber cuál es el sentido de mi vida o del que yo pueda dar a la vida que me queda.
Sospecho que en esta vida tan sencilla puede que esté el secreto de la felicidad. Quizá esta gente solo tenga lo esencial de lo esencial: el cariño de las personas que te rodean, comida, agua y poco más. A lo mejor también tienen su buena dosis de sufrimiento al ver morir a sus seres queridos sin poder hacer nada. Pero no lo sé. A lo mejor ese sufrimiento forma parte de lo esencial de la vida. Desde luego que vaya cosas que se me ocurren viendo el Sahel y a sus gentes. Estos no son viajes para ver, son viajes para sentir y para pensar. 


Y tanto las personas que viven en las pequeñas aldeas, como las que viven en las tiendas o chozas, hacen pequeños corrales para meter el ganado. Los corrales están hechos de ramas, de palos, de cañas. Pero estos materiales hay que recogerlos, y con mucha frecuencia se ve a hombres y mujeres con cargas de palos para estas pequeñas obras y para cocinar, pero no para calentarse. 


Con relativa frecuencia se ven dromedarios. Ellos los crían para utilizarlos como medio de transporte y para venderlos como carne. De vez en cuando se ven grandes rebaños de dromedarios que van camino de Egipto  para vender-los allí. La ruta sigue cerca del Nilo para que los animales puedan beber y comer. 


Cuando la comida de los animales o el agua escasean estos hombres recogen sus tiendas y todas sus pertenencias, las colocan en un dromedario o dos y en sus borricos y con todos sus ganados se van a otra parte. Para mí es un espectáculo único e impresionante, de una gran belleza plástica y de una gran fuerza humana.

(Esta foto no es mía, pues aunque nos cruzamos con ellos, los guías no quisieron pararse)
Y estas son mis impresiones y sensaciones del Sahel, una tierra inhóspita y dura como pocas y demasiado habitada para los recursos que tiene.

 ¿Por qué viven aquí tantos hombres? ¿Por qué no se han ido a otra parte? Quizá esta gente ame la libertad sobre todas las demás cosas. Nada les ata a un sitio concreto, son libres de ir a donde quieran y como quieran. Nadie reclama esta tierra como propia, es una tierra demasiado pobre y la vida aquí es demasiado dura.
Esta tierra es el Sahel, una tierra cuyos habitantes me impresionan por su sencillez y su fuerza.