viernes, 4 de agosto de 2017

POR LA COSTA BRAVA (4)

          Hoy, antes de ir a otros sitios voy a ver LLORET DE MAR de día, pues por la noche ya conozco algo. Las calles todavía están tranquilas y por una de ellas me encuentro con mis vecinos de mesa del comedor, esa mujer y ese niño de la foto. El niño es muy gracioso y deliciosamente travieso, sin ser cargante ni pesado.
 
 
         Llego a la playa y a un lado hay un promontorio rocoso desde el que se ve toda una costa rocosa preciosa. Con un mar azul y tranquilo, azul que contrasta con el ocre de las rocas y con el verde de los pinos. Y por todas partes hay esas maravillosas calas de un agua azul, transparente que invita a mirarla tiempo y tiempo y a meterse en ella. No me quiero entretener mucho porque esto lo veré por muchos sitios, así que marcho hacia TOSSA DE MAR.
 
 
 A la llegada me saludan cipreses y palmeras y en la playa un hermosísimo recinto amurallado que no conocía. El recinto corresponde a un promontorio en el que quedan algunas edificaciones. No sé si era un recinto militar en el que se resguardaba la población en caso de ataque o si aquí vivía permanentemente la población, y sus viviendas ya se han caído.
 

          Las murallas están muy bien conservadas y muy bien restauradas. Y lo mejor que tiene este sitio son las vistas hacia la costa. Por todas partes se ve la maravillosa Costa Brava en todo su esplendor: rocas ligeramente rojizas; vegetación que a veces se agarra a los acantilados de una forma inverosímil y un mar de agua limpia, transparente, con colores variables según el sito, según la dirección en que dé la luz y según el estado del cielo.
         Recorro toda la parte amurallada. No es mucho lo que hay dentro, pero la vista es maravillosa. Me siento en un banco situado en un lugar estratégico y me dedico a mirar. Es curioso, pero hay lugares y situaciones en las que no pienso en nada, en las que no me aburro, en las que el tiempo pasa sin darme cuenta y de las que salgo con una gran sensación de calma y tranquilidad. Son lugares y momentos en los que se serena el espíritu, en los que… bueno, la verdad es que no sé lo que pasa, pero son momentos agradabilísimos y de los que se guarda un bellísimo recuerdo.

SAN FELIU DE GUIXOLS tiene un bonito paseo a la orilla del mar. Imagino que será el paseo marítimo pero no estoy seguro. El paseo lo adornan jardines; una vieja locomotora que descansa de pasados trajines, trajines que a lo mejor añora (se me olvidó preguntárselo) y cotorras o loros (no sé distinguir bien uno de otro) que se han debido escapar, que han criado por aquí y que en este lugar se encuentran muy a gusto.
Como buen sitio catalán, hay bellos edificios modernistas, como el Casino dels Nois,

y bellos edificios de un pasado muy antiguo como la iglesia-monasterio de Sant Feliu del siglo X, con sus torres defensivas que le hacen parecer un castillo y con sus arcos de herradura de estilo prerrománico.

Y subiendo a un alto  (no se va a subir a un bajo) se ven más y más vistas de la costa Brava, de sus acantilados, de sus bosques y también de sus horribles urbanizaciones, que, aunque no muchas, también las tiene.

Playa de Aro no está muy lejos. Aquí tuve mi primer encuentro con la Costa Brava hace unos 30 años. Vinimos todos en el mes de julio y nos pareció un sitio encantador. Toda esta enorme playa no tenía torres, todo era campo y se accedía a la playa por caminos de tierra, también servían para acceder a los campos de cultivo. Entonces parecía que había mucha gente, pero mirando las fotos de entonces y comparando con lo que hay ahora en el verano, había bastante poca. Ahora, en este momento es cuando hay poca, no hay casi nadie.


 Me voy a andar por el “Camino de Ronda”, el antiguo camino que iba por la orilla y que recorría la Guardia Civil para evitar el contrabando. Aquel camino lo recorrí varias veces con Carlos y con Moncho. ¡Era un camino precioso! Y precioso lo vuelve a ser. Se pasa junto a calas pequeñitas, recoletas, de aguas tranquilas y trasparentes. Hay pequeñas playas con un mar rabiosamente azul, y rocas, y pinos.


El camino baja hasta una playa, asciende hasta un pequeño alto y cuando pasa junto a un chalet el camino está cortado por una pared. Hay pintadas de protesta exigiendo que se pueda seguir pasando pero ahora no es posible. Habría que meterse en el mar y no estoy por la labor.


Me doy la vuelta y veo el mar con otra luz y otro color. Los paisajes también son diferentes.

Todavía es pronto y vuelvo a Lloret de Mar para visitar los Jardines de Sta Clotilde. He leído que son muy bonitos así que decido pasar el rato paseando por allí. Este lugar lo vio allá por el 1919 el Marqués de Roviralta  y le gustó tanto que lo compró y decidió construir aquí una gran mansión y unos jardines. Él era muy aficionado a la jardinería. Y ayudado por otro gran aficionado a la jardinería empezó a diseñar los jardines, a plantarlos y a ir haciendo y deshaciendo.
 Los expertos dicen que son unos jardines al estilo renacentista italiano; yo no entiendo de estilos de jardines, pero sí que puedo decir que estos son   muy bonitos. Las vistas del mar son magníficas.
 Es un mar del más puro estilo de la costa Brava, y ese mar tiene una gran importancia en estos jardines. Las avenidas, las plazoletas, las escaleras, los paseos, todo está diseñado para ver el mar y para que los árboles, las estatuas y las plantas resalten más con el mar.
A esta hora de la tarde la luz es maravillosa  y el azul del mar es más intenso y el verde del césped y de las plantas resalta aún más. Con mucha frecuencia me siento en algún banco y miro en todas direcciones y me emborracho de luz y color. Y como a esta hora la luz cambia tanto y tan deprisa el disfrute es constante.
 Una señora dice a mi lado: ¡Qué bonito! Y yo la contesto: Sí, ¡qué bonito!


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