domingo, 14 de enero de 2018

RUTA DE LA SEDA (1)
ESTAMBUL
         El 8 de agosto del 2009 parto para Estambul. Tengo que hacer una larguísima espera en el aeropuerto, desde las 9 hasta las 14,35. Durante tanto tiempo me entretengo en observar el espectáculo humano que hay a mi alrededor. Hay mucho que observar: personas mayores y no tan mayores; ropas de todos los tipos: pantalones floreados, uñas pintadas  con chanclas de piscina, escotes generosos, gente con jersey; los que se sientan en dos bancos y ni se inmutan cuando alguien se acerca buscando donde sentarse; los que cogen dos filas de asientos: una para sentarse y la otra para poner los pies; la señora que habla por teléfono con toda la familia y así me entero que va a Tailandia y que a su padre le va a traer un reloj, un móvil de los buenos a su hijo, camisas de la talla XL a otro hijo y cosas por el estilo. Me doy cuenta que este es un buen sitio par venir, escuchar y escribir.
 
        Y por fin llego a Estambul. Es un buen comienzo para un viaje por el Asia Central. Llego tarde. Mi hotel está muy cerca de Sta. Sofía y de la mezquita Azul. Mañana las veré con calma. Me voy a cenar a la pequeña casa de comidas donde comimos tantas veces la otra vez que estuve. Ceno ensalada, cordero en trozos como de pincho y carne picada de ternera como en bastones. Todos son sabores que me son familiares, pero a la vez me son diferentes. Hombres y mujeres que entran y salen y que al pasar junto a mi cruzamos miradas.


 Luego paseo la cena hasta el puente Gálata, en el cuerno de Oro, junto al Bósforo. Barcos que van y vienen. Enfrente Asia. Fuegos artificiales al fondo. La luna casi llena se refleja en el mar. Mientras miro todo esto la brisa me da en el rostro. Esto es Estambul.
        A la mañana siguiente voy a Sta. Sofía. ¡Qué alta! ¡Qué enorme! ¡Qué inmensa! Hay mucha gente, pero sólo están abajo. Son como hormiguitas en un lugar enorme. Ni quitan ni añaden un ápice a la grandiosidad del lugar.
 

Mármoles y mármoles por las paredes, por los suelos. ¿Por qué esta iglesia no tuvo influencia en la Europa cristiana cuando las cruzadas? ¿No la vio ningún arquitecto? ¿Es demasiado imponente para copiarla? ¿O quizá las cúpulas europeas están influenciadas por ésta?
 

 
¡El piso superior! ¡Las vistas de la nave principal! ¡Tan abajo el suelo! ¡Tan arriba la cúpula!
 
 
 ¡Las vistas de la mezquita azul! ¡Los restos de los mosaicos! ¡Los mármoles!
 
La Mezquita Azul es como Sta. Sofía en pequeño. Es grande, alta, airosa. Muchas personas estamos sentadas en el suelo. Allí me pongo a escribir estas impresiones, pero me está entrando mucho sueño. Me duermo. Decido marcharme. A mi lado unas españolas se hacen fotos. La cámara de una de ellas se estropea y la mujer se pilla un cabreo cojonudo.
 

        Me voy hacia el Gran Bazar. Las mezquitas que encuentro a mi paso están cerradas. Voy por calles con todos los comercios cerrados. A medida que avanzo empiezo a ver cada vez más tiendas abiertas. Al cabo de un rato todo está lleno de gente que compra y que vende. No estoy en el Gran Bazar, estoy en el Bazar de las Especies.  
 
        Además de las especies y de mil clases de caramelos y dulces (las delicias turcas) hay bastantes animales de compañía y plantas. Doy un paseo con calma, recordando viejas aficiones. Y mirando y mirando veo unos frascos llenos de sanguijuelas vivas para hacer sangrías, siguiendo una antigua tradición de la medicina por la que muchas enfermedades se curaban sacando sangre al enfermo. Como no había jeringuillas ni agujas, las sanguijuelas se encargaban eficazmente de hacerlo.
 
        Estoy sentado en un jardín frente a Sta. Sofía. Unos niños que están cerca de mi beben agua, y de repente me viene a la memoria el niño que vi, cuando estuve aquí hace 12 años, que iba vendiendo agua por esta misma zona y que me produjo una gran impresión. Me dio pena ver a un niño tan pequeño – 8 años – vendiendo agua para sacar una miseria en vez de estar jugando. Me estuve acordando de él durante mucho tiempo con un cierto pesar por no haberle dado unas monedas por un vaso de su agua y haber contribuido así a que la vendiese antes y pudiera o sacar más dinero e irse a jugar con otros niños. Estas cosas son sucesos aparentemente cotidianos y sin importancia pero que se quedan grabados en lo más profundo de la memoria durante mucho tiempo y aunque parece que los hemos olvidado surgen poderosos al cabo de bastantes años, pero con una frescura en el recuerdo que parece que ocurrieron ayer.
 


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