jueves, 15 de marzo de 2018


ALPES SUIZOS

La cabaña du Grand Mountet.

         Las guías que tengo me indican este lugar como uno de los más hermosos de los Alpes. En el camping que está al final del pueblito de Zinal, en el comienzo del camino que conduce hasta la cabaña, un señor me dice que ésta está en medio de un círculo de montañas de más de 4000m y que ellos la llaman la Corona Imperialla Couronne Imperial”.
 
                                                                                       
                                                                                                Fotografía tomada de Internet.
 
          La subida es larga, penosa, dura. Es un constante subir y subir y subir, sin apenas un rellano para descansar las piernas y tomar aliento. Al fondo del valle aparece el Grand Cornier, afilado, airoso, con sus glaciares que bajan y que me sirve de compañero durante casi toda la caminata. Detrás de él aparece una montaña que poco a poco se va descubriendo como más airosa, como más atrevida. Al principio parece estar casi pegada pero poco a poco va apareciendo una brecha entre ellas que cada vez se va haciendo más amplia, más basta, más dilatada; y por esa brecha asoma un glaciar, primero de una manera tímida, luego de una forma clara y vistosa. Y esta constante visión se convierte en mi compañera; cada paso que doy, cada nuevo resalte que alcanzo, supone una nueva perspectiva del Grand Cornier y de la Dent Blanche, pues es este cuatro mil el nuevo compañero que me he echado y que de una manera ansiosa y casi egoísta, reclama  cada vez con más insistencia mi atención. 
 
 
         Esta vista, por un lado me anima a seguir para así ver que habrá más allá,  y por otro lado me anima a detenerme para contemplar con más calma, con más sosiego,  a estas dos gigantes y a los glaciares que los acompañan. Y así, subiendo y descansando, porque  tengo motivo para hacer las dos cosas, llego muy alto, muy arriba. Y de repente me quedo sobrecogido por el espectáculo. A mi derecha mis compañeros de viaje: el Grand Cornier y la Dent Blanche, al frente un inmenso y atormentado glaciar roto en el medio por un afilado islote rocoso que obliga a una rama del glaciar a describir una amplia curva. Al fondo de ese glaciar una montaña que debe ser la Pointe de Zinal, casi toda ella blanca, con una enorme mole de nieve colgada de su pared y con montañas nevadas algo más bajas que le hacen una perfecta compañía.

 
 Un poco más a la izquierda un atormentado conjunto de glaciares que bajan de otro de los gigantes que forman la Corona Imperial: el Ober Gabelhorn. Y aquí, frente a esta inmensidad glaciar me siento a contemplar. No quiero seguir más adelante, no creo que haya nada más que ver. Estoy frente al conjunto glaciar más impresionante de todos los que he visto. El espacio es muy grande, las distancias entre unas montañas y otras son amplias, así como la que hay entre ellas y yo, pero a pesar de eso me siento empequeñecido, me siento como algo pequeño e insignificante frente a esta grandiosidad y majestuosidad, como algo que podría desaparecer en un instante y que no alteraría nada esta inmensidad.
 

 Aquí se percibe una de las más grandes manifestaciones de fuerza y poderío de todos los Alpes. Desde mi atalaya veo a unos jóvenes que vienen del refugio; les pregunto que cuanto queda y  sobre todo, que si la vista es muy diferente a ésta y si merece la pena; su respuesta es tajante: hay que llegar al refugio para ver todo. Animado por estas palabras continúo, y la vista del Ober Gabelhorn va cambiando y ganando en espectacularidad y misterio, ya que unas nubes juegan por su pared norte con lo que la imaginación empieza a entrar en acción.
 
                                                                                                           
                                                                                                                 Fotografía tomada de Internet
 
 Los cada vez más atormentados glaciares de la cara norte empiezan a hacerse más visibles, y ya pasado el refugio, donde acaba el pequeño sendero, puedo observar al otro gigante el Zinalrothorn.
 


 
         El espectáculo glaciar no puede ser más… ya no encuentro adjetivos para expresar lo que desde aquí se ve y lo que desde aquí siento. Sobrecogido por tan inmenso espectáculo y totalmente repleto de imágenes, que espero nunca olvidar,  inicio el largo descenso que me lleva otra vez a Zinal. Y este descenso es un descenso  triste, triste porque supone un alejamiento, quizá para siempre, de uno de los lugares más grandiosos que he conocido de todos los Alpes.
 

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