domingo, 8 de julio de 2018


INDIA (4)

Jaipur – Fuerte Amber

          Es por la mañana muy temprano. No tengo sueño y salgo a darme un paseo. En las calles de Jaipur que hay enfrente del hotel, algunas personas no han madrugado lo que yo y aún duermen.

 
 Me da vergüenza hacerles fotos y presento estas de Internet, que son similares a las que yo habría podido hacer. Me impresiona mucho ver a los niños en esta situación y me da mucha pena no poder hacer nada. Un poquito después, sobre las 7.30 de la mañana empiezo a ver algunos niños que van al colegio
 
y también veo a otras niñas de unos 10 años que no van al colegio, que van con un saco recogiendo basuras aprovechables para algo o que se puedan vender.
 

 
 Escarban entre los montones de basura y a veces veo que echan botellas vacías en los sacos, también echan otras cosas, pero no sé lo que es. Nunca había visto niños rebuscando entre la basura y eso me produce más tristeza que verlos durmiendo en la calle.

         Sigo andando y veo bastantes niños, con uniforme que van al colegio. Empiezan a las 8 de la mañana. Algunos van andando, otros en moto con sus padres y otros en grupo van en ritso. Los niños llevan diferentes uniformes, y luego me entero que cada colegio tiene su propio uniforme y que se hace en un intento de igualarlos desde niños y evitar que la división en castas continúe. No me parece mala idea, pero la casta que se debía eliminar antes que ninguna otra es la de los pobres. Es indignante que haya niños tan pobres, que están sucios, descalzos, que buscan en la basura y que no van a la escuela.
 
 
 Pero los niños pobres y los no tan pobres se hablan, se cuentan sus cosas y se ríen. ¡Menos mal que tienen la alegría de los niños!

   
      Y a estas horas también están por las calles las mujeres que barren. Solo barren un poco, el guía dice que les pagan para barrer un par de horas, y con la mierda que hay ese tiempo no da ni para empezar; además el guía dice que barren poco para asegurarse que asi siempre tendrán trabajo. No sé que habrá de verdad en estas cosas, pero lo único que veo limpio es lo que las mujeres acaban de barrer. Además de barrer levantan mucho polvo, pues las calles son de tierra, y ese polvo hace que las fotografías tengan una luz muy especial.

    
     Además de los niños hay otras personas que me dan mucha lástima: algunos ancianos. Este anciano es un ciego que va pidiendo limosna. La gente sale de las casas y le da unas monedas. Yo también le doy unas monedas. Luego me arrepentí de haber sido tan tacaño, pero ya no tuvo remedio pues ya no le pude encontrar.

        
 
           Había muchas cabras en las puertas y por la calle. Esas cabras comen basura y dan leche a sus propietarios. Basura no les falta, lo que no sé es si habrá mucho alimento en ella.

       
            A la sombra de un árbol y junto a una pared, un señor ha instalado su barbería. Es una ventaja vivir en un país donde hace tan bueno, no hace falta gastar dinero en un local. Es la primera vez que veo algo así, pero veré muchos más negocios similares a éste.

         Después de mi paseo matutino vamos al FUERTE AMBER. Está alejado de la ciudad, en el campo y surge poderoso allá en un alto. Subimos en elefante. Hay toda una hilera de ellos que solo hacen 4 ó 5 veces el recorrido.
 
 Y aquí, montando en los elefantes estamos sobre todo turistas extranjeros, pues el paseo va incluido en el programa. Es la primera vez en mi vida que monto en un elefante. Se mueve despacio, rítmicamente, sin brusquedades.
 
 
 Hay algunos elefantes enormes, otros son más pequeños, pero todos forman un conjunto lleno de color y de movimiento que me resulta muy bonito y como familiar. Será porque desde niño imaginé como serían los elefantes en la India.

 
         El que lleva el elefante, un poco antes de llegar, pide una propina. Si no se le da nada, da un poco de agua al elefante y éste la espurrea hacia atrás con su trompa llenándote de agua y babas elefantunas, lo cual es muy gracioso para los que lo ven. Los elefantes entran por la puerta del mismo nombre y nos dejan en el patio de honor.
 
      
   El palacio es chulísimo, lleno de lujo y esplendor. Aquí tampoco hay puertas ni cierres en las ventanas y desde ellas se ve una enorme muralla que trepa y baja por colinas y valles y cierra un amplio espacio alrededor del fuerte.
 
 
Es la primera línea defensiva. Las salas del trono están decoradas con plata o nácar y espejos.
 
 
Es un lujo diferente del europeo. Es un lujo que me parece un poco hortera, pero a lo mejor para los hindúes el lujo europeo es el que es hortera.

 
         Bajamos del fuerte pasando por jardines y junto al lago. Unas mujeres están en el borde y con sus trajes de colores tan vistosos y tan bonitos arreglan cualquier foto.
 
 
 Y de regreso paramos para ver el palacio que un maharajá mandó construir en medio de un lago para ir en verano, y cuando estábamos allí aparece un elefante andando por la carretera, la verdad es que no tiene ningún otro sitio por donde ir.
 
 
 Es una estampa que no me sorprende nada y que me encanta ver. Los elefantes me gustan más que los coches.
 

         Y a continuación a Jaipur, a ver el Palacio de los Vientos, que mandó construir un maharajá en 1799 para que las mujeres de la corte, la favorita y las concubinas, pudieran contemplar la vida de la ciudad y las procesiones sin ser vistas, a través de los pequeños postigos rotos.


 Es un edificio muy hermoso, de color rosa al igual que todos los edificios de la ciudad antigua (la que está dentro de las murallas) que fueron pintados de este color en 1905 para dar la bienvenida al príncipe de Gales, con motivo de su visita a la ciudad.


 Desde entonces, este color se considera un símbolo de la hospitalidad de Jaipur.

         Y muy cerquita está City Palace, un enorme complejo de patios, jardines y edificios y donde está la actual residencia del maharajá de Jaipur, que normal-mente reside en Londres y que debe ser un pobre hombre que no tiene que llevarse a la boca.


 Estos son palacios y no los de los nobles europeos que al lado de estos son simples casitas. Estos maharajás tenían unos territorios enormes y millones de súbditos que trabajaban para ellos. Así podían tener estas riquezas. 

         Terminadas las visitas me dediqué a pasear por las calles de Jaipur, siguiendo un itinerario aconsejado por la guía  Lonely Planet.


He disfrutado mucho en este paseo, he andado despacio, tranquilamente, parándome a observar todo: miro los puestos de flores;

 las vacas comiendo los desperdicios vegetales del mercado;


las mujeres barriendo;


los monos comiendo también desperdicios, monos a los que los chicos y grandes tiran piedras para que se vayan al jardín y no anden por las casas y así no se metan en ellas, monos machos a los que los adultos tienen miedo pues  pueden morder si te interpones en su camino;


 observo a los  vendedores de verduras colocados en los bordes de una ancha avenida llena de coches y de humo que ponen una nota de color a veces muy bonita y pintoresca;


me paro ante el peluquero que sienta a sus clientes en el suelo de la calle y que para darles compañía y conversación y que no se enteren los que pasan él también se sienta en el suelo; me fijo en el cliente que espera su turno y que después de ojear los periódicos que hay para entretenerles, bosteza porque le está entrando sueño;
 

 miro las casas y viviendas con fachadas muy bonitas y de un bello color rosa y entonces me fijo en un albañil que está haciendo un trabajo y pide agua a la vecina más próxima, y que dan lugar a una estampa digna de ser fotografiada por los colores y por la luz cálida del atardecer que ilumina la escena;


 me paro delante de una puerta oscura que da acceso a un patio interior en el que una luz que viene de arriba da al conjunto un aspecto misterioso y dulce a la vez, es un lugar sucio pero que la luz trasforma completamente y hace que no lo parezca;


y más adelante, en otro barrio vuelvo a ver vendedoras de frutas y hortalizas, llenando todo de colorido, y a las que la suave luz del atardecer envuelve y acaricia;


 y un poquito más allá un hombre, que está en una minúscula tienda plancha ropa con rapidez pero con tranquilidad, el hombre me recuerda a mi padre cuando planchaba los trajes. Y así, mirando y mirando pasa la tarde y la noche me lleva al hotel.
 
         Ya he cenado. Salgo a dar un pequeño paseo por los alrededores del hotel y veo a una niña pequeña, muy pequeña, de 7 u 8 años con un saco que abulta más que ella. Se le cae el saco y se esparraman por el suelo muchas botellas de plástico vacías. Empieza a recogerlas y nadie de los que pasa la ayuda. Yo me puse a hacerlo. La ayudé a colocarse el saco y entonces me miró con cara de sorpresa. La vi alejarse. Llevaba el saco colgado de la cabeza y parecía un saco con dos piernitas. Me dio mucha pena ver a una niña tan pequeña así. Me volví acercar a ella y la di un billete de 10 rupias. Me miró, no hizo ningún gesto y siguió andando por la oscura calle. La seguí con la mirada hasta que desapareció en la oscuridad.  Nunca más volveré a ver a esa niña. No sé ni su nombre, ni donde vive ni nada de ella, pero será muy difícil que yo la olvide.
 

         Esta foto la vi en Internet y es la más parecida que he encontrado a como iba la niña. La he puesto para acordarme bien que el saco era más grande que su cuerpo.


        Vamos a salir temprano hacia Bundi. El recuerdo de la miseria de los niños que he visto aquí en Jaipur no se ha apartado de mí. El autobús está aparcado frente a un dispensario médico. Un grupito de mujeres está esperando a la puerta. La luz del sol naciente da de refilón en las hojas de una planta, en el tiesto y en la ropa de algunas mujeres. Parece que todo se llena de alegría, de alegría y esperanza. Monto en el autobús para conocer otras realidades. ¿Qué veré en Bundi?

 

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