jueves, 4 de abril de 2019


ESPAÑA: POR EL NORTE Y A ORILLAS DEL MAR  (10)

            Por la mañana paseo siguiendo la costa desde el cabo de Peñas hacia Avilés.


Todo el tiempo me acompañan el viento, las gaviotas, el sonido del mar y visiones de inmensas playas solitarias, de imponentes acantilados, de olas que se estrellan contra las rocas, de espuma blanca que ocupa enormes extensiones, del  mar lejano, tremendamente azul y de un cielo que titubea entre ser gris o azul, pero que sea como sea siempre me parece bellísimo. 
      Y con estas visiones llego a otra visión, la de Avilés; bueno, mejor dicho a lo que queda de ENSIDESA. Y aquí me encuentro con un joven al que le pregunto como llegar a Llaranes, y con ese pretexto empezamos a hablar y le cuento como de joven trabajé en ENSIDESA en el taller de mecanización y en el de fundición. Pero de eso hace 44 años y ya no queda nada. ENSIDESA se desmanteló y estas chimeneas es lo único que queda de aquello.
           En Llaranes visito la calle monte Rebollín y veo la casa donde viví. Y recuerdo aquellos tiempos, recuerdo el autobús que me llevaba al trabajo, recuerdo las romerías en los prados, recuerdo los paseos con Lidia, recuerdo las charlas con José Luis y con Manolo y recuerdo a la chica de la tasca, a la que le faltaba un diente y que se arreglaba a la hora de comer y cenar, que era cuando íbamos nosotros. Pero aquella vieja tasca ya no está, ha desaparecido como han desaparecido otras muchas cosas. Lo que sí está aún es la  estación, o apeadero,  donde cogíamos el tren hacia Avilés y Salinas o hacia Oviedo.



        Doy un paseo por Avilés y desde allí me voy a la playa de Salinas.
          Paseo por la playa y me voy a la Peñona.
             Hace 44 años que no estaba aquí. El mar, inmenso. Las olas batiendo constantemente.
            Las rocas, las mismas rocas donde nos sentábamos José Luis, Radis, Lidia y yo. El mismo mar, la misma playa. Pero ahora estoy solo. Esperaba… ¿un fantasma?... ¿un sueño?... ¿una ilusión?... ¿un recuerdo? Los sueños, los recuerdos, las ilusiones de hace 44 años se las llevó el viento, el mismo viento que los vio nacer, el mismo viento que ahora mueve las olas al igual que las movía entonces. Todo aquello pasó y en el alma sólo queda como el sueño de un recuerdo, el recuerdo de una ilusión y la ilusión de un recuerdo. Y todo ello acompañado de una dulce melancolía.
 

            Un poquito más allá de la playa de Salinas hay un merendero. Allí, frente a un bellísimo mar azul paro a comer.
 
 Cudillero es uno de los pueblos más bonitos de España. Es chiquito, en cuesta, frente al mar. Está todo recogidito, como en un puño. Es un modelo de cómo aprovechar el terreno. Pasear por Cudillero es meterte en un dédalo de callejitas, y desde casi todas ellas hay  unas vistas preciosas  del mar y de todo el pueblito.

La tarde está radiante. El mar está azul, el cielo también está azul. Y el alma se alegra con tanta luminosidad. En la puerta de algunas casas hay unos pescados colocados en unos palos puestos a secar al sol.
 Son como retazos de mar puestos delante de una puerta. Es como si no tuviesen bastante mar y se quisieran llevar un cachito a su casa.
           Los acantilados de Cabo Vidio son de una altura y de una verticalidad como no he visto nunca. Son un lugar ideal para escalar si la roca fuese más compacta. Las vistas son amplias, dilatadas, enormes. Todo es enorme, todo está como en consonancia: la altura, la verticalidad, el oleaje, la grandiosidad del paisaje.
           Me estoy mucho rato mirando y mirando al tiempo que siento el viento en mi cara y como mi alma se satisface ante tal espectáculo.
           Llego a Luarca al atardecer. Una suave luz, entre rosa y malva, lo envuelve todo. Se encienden las farolas y su reflejo en el agua pone una nota brillante, distintiva y hace que todo parezca más armónico, más bonito. Con esta luz, con esta calma del agua, parece que los barquitos están como descansando, como reponiéndose de las fatigas de estar en alta mar. ¡Qué bien se pasea por la orilla del puerto!

       Unas señoras me recomiendan amablemente  un restaurante para cenar un buen pescado. Sigo sus indicaciones y no me arrepiento de haberlas seguido pues el pescado que ceno es realmente bueno. 

        ¡Y la cena paseada! Y paseo por las calles desiertas y silenciosas de Luarca. Y me asombro ante alguna de esas tiendas en las que venden de todo, tiendas que son como grandes almacenes, en las que lo que falta es espacio para presentar tantas mercancías como tienen. ¡Qué amables me resultan estas  tiendas! Me gustaría entrar y mirar, y mirar cosas; y tocarlas y hablar con el dueño y comprar y comprar por el placer de hacerlo, por el placer de adquirir objetos de uso corriente, de uso casi diario, porque los objetos cotidianos de estas tiendecitas son como muy entrañables, como expuestos con mucho cariño, como traídos hasta aquí por que son necesarios, como traídos hasta aquí para que la gente disfrute de ellos. Son objetos que tienen como ilusión.

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