sábado, 30 de marzo de 2019

ESPAÑA: POR EL NORTE Y A ORILLAS DEL MAR  (9)
 
      Ribadesella, uno de los pueblos más bonitos de España. Recuerdo la primera vez que vine, llegué aquí para ver el mar y luego ir a la Garganta del Cares. Era tanta mi ansia por ver el mar que vinimos aquí, y desde entonces siempre que he tenido ocasión he venido hasta aquí.
            Y aquí estoy una vez más paseando entre estas casas que tienen un aire como decadente, nostálgico, de colores verdes apagados, sienas amarillentos, blancos. La ría, el puerto, el puente, las montañas, el mar, la playa, la atalaya donde siempre que vengo subo haga como haga; todo esto es consustancial a  Ribadesella. 
           Hoy  también subo y vuelvo por un camino a media ladera que tiene unas vistas soberbias de la ría y de las montañas del fondo.
           ¡Es un paseo magnífico! ¡El viento, siempre el viento! ¡Cómo me gusta el viento en la cara! ¡Qué bonitas, qué agrestes, qué salvajes son las montañas del fondo! ¡El mar! ¡Qué olas! ¡Qué sitio más bonito! ¡Cómo me gusta estar aquí!
        En los acantilados de Castra Arenis, cerca de Ribadesella y al lado del río Guadamía hay unas olas enormes y el espectáculo es impresionante a más no poder. Las olas son grandiosas. Cuando chocan contra los acantilados muchas veces superan la altura de los mismos. Es algo digno de ver.

 Me estoy mucho rato mirando y mirando pues nunca había visto unas olas tan altas desde tan cerca. El espectáculo siempre es igual y siempre diferente. Hago muchas fotos en un intento de aprehender estos momentos únicos y yo diría que irrepetibles para mí. Y desde aquí me voy despacito siguiendo la costa en dirección oeste.

        Al cabo de un rato me desvío hacia el desfiladero de Entrepeñas y atravieso pequeñas aldeas con antiguos hórreos. El desfiladero es muy estrecho pero muy corto. Las rocas son calizas con aspecto ruiniforme.

      Camino de Lastres paso por solitarias playas llenas de blanca espuma. A estas horas no hay gaviotas, no hay nada ni nadie.  El campo está verde, recién lavado, recién pintado, pues la lluvia pinta estos campos de un verde luminoso, de un verde brillante.
            Lastres es un pueblecito precioso colocado en la ladera de una colina asomándose al mar. Las calles son empinadas, las casas viejas. Las cuestas son enormes y en los bordes, junto a las casas hay hortensias, lo que ocurre es que ya están secas. El pueblo es muy bonito y le he visto de casualidad, me he desviado de la carretera principal para hacer tiempo y gracias a eso estoy aquí, de lo que me alegro muchísimo.


        Quedan muchas casas antiguas, todas o casi todas habitadas y pintadas con unos colores propios de esta zona del norte de España. En Asturias pintan las casas de diferente manera a como las pintan en Galicia o en el País Vasco. No sé por qué tienen tendencia a hacerlo de otra manera, pero es así.
Camino de Villaviciosa paso por otras playas también solitarias, por pequeñas aldeas con hórreos magníficamente aprovechados, pues sirven de anuncio de la tienda de la aldea, sirven para guardar debajo la leña y sirven para secar el maíz en la barandilla.

Y algunos, no contentos con esas funciones, se llenan de flores a su alrededor y contrastan poderosamente sobre las casas de azul que hay a su lado.
Y las casas a veces tienen como envidia de esos hórreos y también se llenan de flores, y en las zonas protegidas de la lluvia cuelgan plantas secándose. ¡Qué bonita competencia la de las casas y los hórreos por ver cual está más bonito y es más útil!

      Villaviciosa tiene una parte antigua y señorial muy bonita. En la plaza de la parte antigua están instalando el mercado medieval, con algunos de los mismos puestos que ponen en Ávila. Debe ser una empresa que se dedica a ir instalando el mercado medieval por toda España y por estas fechas están aquí en el norte. Otra vez vi los mismos puestos en Valencia, junto a la Lonja. Empiezo a pasear entre las 3 y las 4 de la tarde.

Las calles están casi vacías, las tiendas están cerradas, hay una calma y una quietud especiales. Las personas que van por la calle o lo hacen deprisa, porque irán a comer, o despacio, porque dan un paseo, no hay término medio.
          El pueblito de Tazones está muy bien conservado. las antiguas casas están pintadas de colores que brillan, están como recién pintadas.

 Y otra vez estos colores me vuelven a parecer característicos de aquí del norte de España. No sé por qué, pero no me imagino estos colores en Castilla, Extremadura o Andalucía.

Recuerdo que vine por primera vez a este pueblo hace muchos años con mi primo Luis y con Angelina y que nos íbamos a comer un centollo que nos sacaron vivo; a mí me dio tanta pena que matasen al animal para comérnoslo que en su lugar pedí otro pescado, pescado que habían matado con anterioridad y que no me dio ninguna pena ¿Curioso, verdad?
Los acantilados de Cabo de Peñas son espectaculares, altísimos, verticales, de unos colores preciosos. Son mucho más bonitos que los de punta Raz en Bretaña, no tienen comparación. No sé si por suerte o por desgracia a este sitio no se le da la publicidad que corresponde a su belleza.
 El espectáculo del mar es grandioso por su amplitud, por su inmensidad. Las olas baten la base de los acantilados, se estrellan contra las rocas que afloran un poco antes y llenan todo de una espuma blanco azulado precioso.

 
Y a este espectáculo visual se suma el espectáculo inmenso de la puesta de sol. Grises, dorados, azules. ¡Qué bonitas son siempre las puestas de sol! ¡Qué espectáculo siempre igual y siempre diferente! ¡Nunca me canso de mirar y mirar las puestas de sol! ¡Y aquí, junto al mar me emborracho de mirar y mirar!
        Y a todo esto se suma el viento. Todo el rato está soplando el viento. Un viento que huele a mar. Un viento que me da en el rostro y me vivifica. Un viento que me hace sentir vivo. Un viento fuerte, casi violento, que para mí es como una caricia.


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