viernes, 16 de diciembre de 2016

SIRIA: Alepo
     diciembre 2008

    Cuando llego a Alepo lo primero que visito es la mezquita de los Omeya. Me defrauda. La esperaba más grande, más lujosa, con más decoración. La veo demasiado simple, demasiado sencilla. El patio sí que me gusta pero el interior me parece sobre todo estrecho.



         Y enseguida a recorrer el gran zoco de Alepo. Entramos directamente a la calle principal.


 Hay tiendas de todo: de frutos secos, de dulces, de especias, de joyas, de pañuelos, de tejidos, de ropa, de zapatos, de lana, de carne, de pescado, ferreterías, etc. Y en este mercado de Alepo, el mayor mercado cubierto del mundo árabe, de vez en cuando hay bellas cúpulas en las intersecciones de dos calles. 


 Cúpulas que son como un descanso, como un respiro después de tanto tramo abovedado. Y también de vez en cuando unas enormes puertas a un lado de la calle nos señalan la entrada a un caravanseray, lugar de alojamiento de las antiguas caravanas, almacén de mercancías y lugar de intercambios.


¡Cuántas historias se habrán contado aquí! ¡Cuántos proyectos se habrán hecho aquí! ¡Cuántas ideas habrán circulado por aquí! Las ideas y los sueños iban con los viajeros y al contarlas muchas de ellas se pegaron a estas paredes y posiblemente aún están ahí. Posiblemente son historias venidas desde Persia, desde Bagdad, desde Damasco, desde Estambul, desde Arabia. Posiblemente son historias que hablen del desierto, de noches infinitamente estrelladas, de fuentes maravillosas, de ojos que se vieron en tal  o cual ciudad y con los que luego se soñó durante el resto del viaje.


 Y esto lo estoy escribiendo aquí en Alepo, sentado en un maravilloso patio árabe, junto a una fuente. Y de repente entiendo el rumor del agua y oigo como me dice que las historias que hay en las paredes no hablan posiblemente, sino que hablan realmente de grandes aventuras, de grandes amores, de grandes alegrías, de enormes tristezas y de cosas y cosas que hacen que la vida sea vida y que merezca la pena vivirla. 


 Y en el gran zoco de Alepo también hay de vez en cuando mezquitas. Casi todas son mezquitas muy antiguas, de los siglos XV y XVI. Unas son grandes, otras pequeñas. Unas con grandes patios porticados donde el alma se expande y se recrea con tanta amplitud.


 Otras con patios más pequeños, más recogiditos, donde todo es como una preparación al recogimiento de la oración. Unas son sencillas, tremendamente simples; son como un rectángulo, donde nada invita a quedarse. Otras son un lujo de espacio, con cúpulas, con rincones acogedores, donde el espíritu se expande y se alegra el alma. Y todas las mezquitas, las grandes y las pequeñas, las sencillas y las lujosas, tienen hermosos minaretes. Minaretes que se recortan en el cielo y que son como carteles anunciadores de estos lugares de paz y sosiego.


Hay un punto negro en Alepo. Bueno, no es punto negro, son muchos puntos negros pues son muchas las mujeres que van totalmente vestidas de negro y con la cara tapada con un velo negro. ¡Qué triste debe ser el mundo visto a través de un tupido velo negro! No se siente el viento, no se ven bien los colores, el sol no puede acariciar la piel. Y no sólo pierden ellas; también perdemos los demás. Perdemos porque no vemos el brillo de su mirada; perdemos porque no podemos disfrutar con su sonrisa ni con el maravilloso lenguaje gestual de todo el rostro; perdemos porque no podemos establecer contacto visual con esa persona y porque ese velo es como una barrera que no sólo tapa la cara, también tapa un poco o un mucho del alma. Y todo esto ¿para qué? ¿Para que ningún otro hombre la vea ni la desee? ¿Para que así sea totalmente de un solo hombre? Y digo yo ¿es que las mujeres son de alguien? ¿Es que las personas son de alguien?


         La ciudadela de Alepo es enorme. Parece una fortaleza inexpugnable pero no lo ha sido a lo largo de la historia. Aquí se libraron enormes batallas con los cruzados, con Saladino y con los mongoles de Kublai Kan, el nieto de Gengis Kan. Los mongoles asolaron la ciudad durante 10 días y provocaron un importante mestizaje en la población, pues durante esos 10 días las mujeres fueron sistemática y continuamente violadas. 

Una mañana nos acercamos a ver la iglesia de San Simeón Estilita, iglesia que me imaginaba como un montón de ruinas del siglo V. Y cuando llego y  veo lo que veo me lleno de asombro. Y me asombro porque de repente, aquí, en un lugar alejado del centro del mundo de entonces, se inventa de golpe todo lo que servirá para que se desarrolle el arte medieval europeo.


 Aquí se orienta el altar hacia la luz naciente, pues Cristo es la luz que ilumina el mundo;


 aquí se construye por primera vez un ábside tal como luego se seguirá haciendo en el románico;
 

aquí se hacen 3 naves, se hace la planta de cruz griega y de cruz latina; aquí se emplean los arcos, las bóvedas y las cúpulas. Aquí se inventa todo de golpe. ¡Vaya genio al que se le ocurrió hacer esto!

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