lunes, 9 de enero de 2017

ESPAÑA - JAEN- Sierra de Segura
 abril 2008.

Estoy sentado en Orcera (un pueblito de Jaén), detrás de la iglesia, escuchando el rumor de una fuente y escribiendo estas líneas. Es la hora en que muchas mujeres del pueblo, tan peinadas, tan peripuestas con sus chándales y con su andar ágil se dan su paseo. Pasan junto a mí y nos miramos.
Pero bueno, vamos por orden.
       Esta mañana en Siles con el pretexto de comprar pan paseo por sus callejitas tan tranquilas, tan blancas, tan vacías. La panadera me aconseja que pan comprar, le doy las gracias por el consejo y además le compro unas rosquillas.



 Luego la Sierra de Segura. Precioso bosque con enormes barrancos y cortados de rocas por aquí y por allá. Subo a un pico siguiendo una pista forestal. Desde la cumbre hay enormes vistas en todas direcciones.



 Y de la Sierra de Segura a Segura de la Sierra, la patria de Jorge Manrique. Pueblo en lo alto de una montaña y ocupando la ladera.


 Segura de la Sierra con su castillo en lo más alto, con los restos de las murallas abrazando al pueblo, con sus portalones de antiguos palacios, con plantas rupícolas llenas de flores que adornan las paredes de tapias y viviendas... 





...con las callecitas estrechas y empinadas, con esa fuente  que mandó construir el emperador Carlos V y que es un auténtico lujo, con sus baños árabes permanentemente abiertos y que se iluminan cuando entras,



 con jovencitos que no saben explicar ni decir que hay que ver en su pueblo, con gatos que sestean indolentes en las puertas de las casas, con jóvenes amables que te saludan con una sonrisa cuando te cruzas con ellos en la calle, tiene un aire especial que parece circular por todas partes, por todos los rincones y que es como una ráfaga que viene del más allá, que viene de la eternidad. Posiblemente fue ese aire el que hizo que Jorge Manrique escribiera esos versos únicos y maravillosos.
       Paseo indolentemente por estas callecitas. Miro las ventanas cerradas, los rincones  vacíos, las placitas sin gente, y me parece sentir como que este pueblecito se está muriendo, dulce, tranquilamente, con la misma calma, con la misma tranquilidad con la que los ríos van a la mar.

Y aquí, en Orcera ya han pasado todas las mujeres. No hay nadie por la calle. Sigo escuchando el agua. Suenan unas campanadas dulces, lentas. Con pereza me levanto para continuar mi camino.



Hornos es una fortaleza de rocas sobre la que hay una pequeña fortaleza humana, de dimensiones pequeñas pero suficientes dada la magnitud de las naturales.


       Calles estrechas, sin coches, donde dormitan los gatos a sus anchas (¡cuántos gatos hay por estos pequeños pueblitos!), con pequeñas placitas adornadas con flores ¡Qué bonitas son las flores! Son tan bonitas que hacen bonito lo que les rodea.



         Busco una tienda donde comprar un cuaderno. Una mujer me dice que sólo hay dos tiendas. Entro en una, allí no hay y me mandan a la otra.  La señora que atiende está sentada junto a una estufa de butano. Le pido el cuaderno, me lo da, se lo pago y en lugar de marcharme inmediatamente empiezo a hablar con ella.  Y hablamos sobre el frío que hace, sobre lo bueno que hizo días atrás, de lo bonito que es su pueblo y de otras cosas igual de intrascendentes. Pero para mi la conversación tiene mucha trascendencia. Y la trascendencia reside en las ganas de charlar de la mujer, en lo alegre de su mirada, en la sonrisa que permanentemente insinúa y en esas ganas de agradar que se nota en no sé qué cosas imperceptibles. Terminamos de charlar. Salgo a la calle. El viento me da en la cara. Es un viento fresco pero agradable. 

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