martes, 12 de febrero de 2019

ESPAÑA: POR EL NORTE Y A ORILLAS DEL MAR (1)
Comienzo el viaje por las tierras de Burgos, por las altas tierras de Burgos que son desconocidas para mí. Desde Briviesca parto hacia Frías, pasando por las Merindades.

El cielo está gris. Todo está triste, es como si el cielo contagiase de su tristeza a la tierra.  Pueblos pequeños, pueblos ya en ruinas, pueblos muertos. La naturaleza, las plantas también están como muertas.

      Tabera con su iglesia del Santo Cristo o de Sta Mª de la O, con su puente medieval y con su humilladero es uno de los lugares más bonitos que he visto. Es un lugar realmente interesante pero desconocido. Los cortados y las rocas arropan a la iglesia, la  cuidan y  la acunan.
 

      Frías hay que verlo. El castillo de Frías es uno de los más imponentes que conozco. Emerge de entre las casas del pueblo, parece que está en un equilibrio inestable y que se puede caer en cualquier momento, pero algo dice que eso no puede ocurrir. Las casas le rodean le arropan a la vez que reciben su sombra.

        Llego a Errans,al desfiladero del río Purón, entre Burgos y Álava. Es una zona muy pobre, deshabitada. El desfiladero es demasiado abierto; no tiene el atractivo de otros. Toda esta zona me parece que es como querer tener un parque natural porque sí, y se escoge este porque aquí no hay nadie. Es como si las comunidades intentasen coleccionar parques naturales a ver cual tiene más. Este parque natural está compartido entre la Junta de Castilla y León y el Gobierno Vasco y los carteles informativos están financiados por la Caixa ¡Curioso! ¿no?
        Solamente encuentro a un matrimonio vasco de San Sebastián y entre otras cosas hablamos de la comida que se debe comer en San Sebastián: bacalao al pil-pil y a la vizcaína, cogotes de merluza y alubias a la Tolosana, y coincidimos en que si hay que comer varias cosas pues se comen ¿Para qué conformarse con una sola?

        Paseamos por las orillas del embalse de Sobrón y comentamos como se comportan los extranjeros fuera de su país. Para los ingleses, alemanes y franceses todo es educación y buenos modales en su país, pero en cuanto salen de él se desquitan  y parece que dan rienda suelta a sus instintos más profundos y más reprimidos. Me comentan que en los fines de semana los franceses en San Sebastián preparan unos escándalos inconcebibles en su país. Es algo que no acabo de entender, pero parece que es un fenómeno muy general.
        En el camping estamos pocas personas, pero me llama la atención la mala educación de unos ingleses: eructando, dando voces, cantando,… En su país todo es educación, pero al pasar la frontera la deben dejar allí.

        Voy andando por un hayedo.  Por una parte es un bosque oscuro, pero por otra el color especial que le dan las hojas caídas en el suelo  y lo tamizado de la luz  hace que andar por él tenga su atractivo.
 

        El mirador del Salto del Nervión es espectacular, impresionante. Es un circo profundísimo, inimaginable. Tan profundo que se ven planear los buitres abajo. Ahora no corre agua. Cuando lo haga la cascada debe ser impresionante.

 Si bonito es el circo tanto más son las vistas hacia el valle, con esas nieblas sucesivas que van dejando ver muchos, pero que muchos horizontes. Montes que salen por aquí, por allá, hacen de este sitio un lugar encantado al que merece la pena venir.
         Es un sitio maravilloso, casi sin propaganda. El mirador está sobre el abismo, como el de fuente De. ¡Qué bonito! ¡Qué grandioso!
        Hasta regresar al coche continúo por el bosque de hayas. Es oscuro, misterioso. Esas luces que se ven entre el follaje, dan alas a la imaginación: es como si por esa claridad fuese a aparecer una princesa, un hada o se vislumbrase un castillo encantado. Todo está tamizado por la luz que entra; el color de las hojas caídas, el color del musgo de las piedras hacen que el bosque tenga un color especial. Es un bosque limpio. Cada bosque tiene sus características, su estilo, sus peculiaridades. No es lo mismo un hayedo que un pinar, que un castañar o que una fresneda. Este es un bosque claro, abierto. Es un bosque encantado, encantador.

      Vitoria es una ciudad que yo definiría como ni chicha ni limoná. Es una ciudad tranquila con la parte antigua medio vacía. Es una ciudad sin pena ni gloria. Las iglesias sólo están abiertas de 11 a 1 y de 5 a 7,  y ya me contarán que se hace durante todas esas horas intermedias.
  La plaza con las balconadas es lo que más me gusta.

        El camino hacia Oñate y Aranzazu es muy bonito de paisaje e infernal de conducción por la cantidad de coches que hay. Es agobiante ver estos valles tan estrechos llenos de casas, de humos y de tendidos eléctricos.

        El santuario de Aranzazu, así como el entorno que le rodea me parece muy bonito. Me gusta mucho como está hecha la iglesia con esa luz que entra por arriba e ilumina esa especie de retablo y el altar que así se convierten en el centro de la iglesia. Las vidrieras de los lados dan una luz cambiante según la posición del sol.

La cripta tiene unas pinturas murales entre abstractas  y simbólicas, pues hay abstracto puro  y otros con trozos de figuras. Los colores son vivos. El aspecto es muy bonito aunque quizá las pinturas distraen y la vista se para un sitio y para otro y no van al altar (donde hay una pintura moderna pero realista). Quizá la vista se recrea en estas pinturas buscando lo que sugieren, lo que simbolizan y creando un estado de ánimo especial. Intento comparar estas pinturas murales con las de la Toscana y siento que el efecto es distinto pues con estas últimas quizá se pretenda conseguir un estado de ánimo que favorezca la religiosidad, aunque no lo sé seguro.
 

      Oñate cuenta con un magnífico palacio renacentista que me parece que fue universidad. La fachada es prodigiosa y el patio está lleno de esa calma, de esa quietud que tan bien supieron conseguir esos hombres del renacimiento.  Es uno de los pocos edificios antiguos que hay en el País Vasco.

        Paseo por las  calles del casco antiguo que no es muy grande y me encuentro con esta vieja locomotora colocada en un jardín. ¡Cómo me gustan estas viejas máquinas del tren! Me traen recuerdos de mi niñez, de cuando iba los domingos a la estación con mis padres y veía cambiar las máquinas de carbón tan impresionantes y tan poderosas, por las eléctricas que iban o venían de Madrid, y que eran limpias, grandes e insulsas.

 
 


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