martes, 5 de marzo de 2019

ESPAÑA: POR EL NORTE Y A ORILLAS DEL MAR  (5).
 

          Desde mi emplazamiento en el camping de Castro Urdiales veo como amanece. Me entretengo mucho tiempo en mirar y mirar el cielo. A cada instante va cambiando. Es un espectáculo que he visto muchas veces pero que siempre me parece nuevo y que no me canso de mirar un día y otro.
        Subo a la ermita de las Nieves. El día está radiante. Hay toda una gama enorme de verdes; claros, luminosos, oscuros, apagados. Depende hacia don-de se mire. La luz suave de la mañana lo envuelve todo. Voy escuchando música griega. Una dulce nostalgia o melancolía, no sé bien lo que es, me invade.


Desde lo alto de la ermita se ven unas magníficas vistas en todas las direcciones. Hacia el norte la costa y el mar; hacia el sur montañas y más montañas, es la Cordillera Cantábrica. Las montañas desde aquí parecen montañas atormentadas, caóticas; son montañas de roca caliza tremendamente plegadas.


          Ramales de la Victoria está en un lugar privilegiado, toda rodeada de agrestes montañas similares a los Picos de Europa. Ramales aún conserva bastantes casas antiguas bien arregladas. El color verde del campo es distinto del que hay en el País Vasco. El color de aquí es un verde más variado, más claro y más luminoso. En el País Vasco predomina el verde oscuro de las coníferas, mientras que aquí predomina el verde de los prados, y según en que dirección estén segados y en qué dirección se les mire así son de un color u otro.


         Rozas es un pequeño pueblito en lo alto de la montaña, con unas vistas increíbles en todas direcciones, con una iglesia enorme para lo pequeño que es el pueblo, con casas grandes, muy grandes, hoy casi todas cerradas y medio en ruinas, casas que debieron ser de indianos o de gente que se fue a Bilbao y que hicieron dinero y volvieron a su pueblo. Las escuelas son muy grandes y muy bien construidas; posiblemente sean  obra de algún emigrante que hizo fortuna en otro sitio. Es muy curioso como por aquí, en el norte, en Cantabria y Asturias, los indianos o emigrantes construyen magníficas escuelas para su tiempo; tan magníficas que aún hoy lo siguen siendo. Este fenómeno apenas se da en Castilla o en Andalucía. No sé porqué.


            Para subir al pueblo de San Pedro se va por una carretera empinada, tan empinada que parece que va hasta el cielo.Cuando veo estos pueblos vacíos siento como una cierta tristeza. Toda la vida que había aquí se acabó. Todo se va convirtiendo en ruinas. Pero la vida sigue adelante.
 
        Alto valle del Asón. Pueblos perdidos, casas cerradas, un anciano andando por la calle, casas que fueron pero que ya no son nada, puertas cerradas donde crece la hierba, ventanas llenas de telarañas, tejas caídas. Sopla el viento.
          El valle y el puerto de Asón son de una gran belleza. Todo está salpicado de casitas, casitas la mayoría abandonadas. Las montañas son altas, agrestes, con una gran diversidad de colorido, con una gran diversidad de verdes: de los prados, de los matorrales, de los diversos árboles (robles, pinos, fresnos, castaños…). Es un valle bellísimo que no sé si por suerte o por desgracia no esta muy promocionado turísticamente. Echo en falta aparcamientos o ensanches en la carretera para poder parar y mirar tranquilamente.

            Es un goce subir hacia el puerto de la Sía. Cada vez se ve más y más. Primero el valle del Asón, luego montañas y montañas y lugares lejanos,  y al fondo del todo, el mar. ¡Que colores! El de los brezos, el gris de las piedras, los verdes, el cielo, el mar…
         En lo alto del puerto hay un monolito con unos preciosos versos de Gerardo Diego. Y al otro lado del ya no es Cantabria, es Castilla y León. Y aquí me recibe el viento. Un viento constante, fuerte, pertinaz. Los colores son de otra manera. Todo cambia. Parece mentira que en tan corto espacio pueda haber tanta variación.

Y luego el puerto de Lunada, donde las montañas están más desnudas, donde se ve más la roca, donde la hierba está como más marrón, como más amarillenta, donde hay menos árboles. Es por la vertiente sur.

          Y en la vertiente norte del puerto de Lunada se ve un largo valle, profundo con unas pendientes muy abruptas. Es el valle del Miera. Da mucho gusto verlo, tan verde, con los arbolitos como colocados en hileras, con pequeñas casitas.


          San Roque de Riomiera es pequeñito, no es nada, es como un suspiro. Allí un anciano de 85 años se pone a hablar conmigo y el hombre me cuenta hasta tres veces lo mismo: que cuando era joven llevaban mercancías por la montaña para el estraperlo y que un guardia hacía la vista gorda y les dejaba pasar y que había otro que era muy malo y que su hijo se tuvo que marchar de aquí porque nadie le daba trabajo, ni le querían. El hijo también era muy malo, trabajaba de albañil y  le tiraron del  andamio donde estaba trabajando.

 El hombre no tenía prisa e imagino que tampoco tendría muchas personas con las que hablar.


          Y siguiendo el valle llego a Somo, al lugar donde pasé haciendo el campamento de magisterio. Está atardeciendo. La playa y el mar están de un color precioso. Hay unos tonos rosáceos, lilas, malvas, que no me canso de mirar.
          Esta mañana vi la salida del sol. Ahora me entretengo en ver como el sol se pone por detrás de Santander. Al igual que el amanecer el espectáculo siempre es igual, siempre diferente y siempre maravilloso. No me canso de verlo.


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