viernes, 4 de enero de 2019

LA RUTA DE LA SEDA (9) 
LAGO KARAKUL
El 21 de agosto partimos hacia el lago Karakul, en las montañas del Kuen Lun, siguiendo la Karakorum Highway.

Paramos en Upal, una pequeña localidad (de varios miles de habitantes) para comprar agua y alguna que otra cosilla. Los motocarros se alinean en el borde de la carretera esperando ser contratados para transportar lo que sea: personas o mercancías. La carretera principal está llena de vida, no hay muchos coches, lo que permite que la gente ande hacia arriba y abajo mirando los puestos, comprando y hablando.
A la salida del pueblo el terreno es semidesértico. Los camellos campean libremente.
      La carretera sigue el cañón del río Ghez. Las dimensiones de las montañas del Kuen Lun empiezan a hacerse visibles.  Estas montañas son enormes, los Pirineos y los Alpes son montañas como de juguete al lado de estas. El terreno va cambiando de color. La vegetación es escasa. La erosión intensísima.
        Una piedra se mete entre dos ruedas traseras y tenemos que parar. El conductor empieza a intentar quitarlas. Un poco más allá de donde paramos viven dos familias en sus yurtas. Rápido estamos rodeados de niños y de dos mujeres que llevan a otros más pequeños. Una de ellas va a por un martillo para el conductor. Marisa reparte chucherías entre los niños. Ellos nos dicen cosas y nosotros a ellos. Hay muy buena voluntad pero la comunicación verbal es imposible. No entendemos nada.
        El conductor consigue quitar la piedra.
         La carretera continúa subiendo y llegamos a un lago que está casi colmatado, lago que está en un paisaje como algo irreal, mitad desértico, mitad lunar.
       Y como todos los turistas nos paramos a ver tan extraño lugar pues allí hay unos puestecitos donde venden minerales y pequeños souvenirs.
 Los vendedores viven en unas construcciones blancas, con aspecto de yurtas, y que quedan magníficas en este paisaje.
        Continuamos el viaje y enseguida llegamos al lago Karakul, a 3.600 metros de altitud,  todo él rodeado de montañas a cual más impresionante.
         El Mustagh Ata con sus 7.600 metros es el pico más alto de toda esta cordillera del Kuen Lun.
         Un montón de glaciares bajan desde las cumbres de las montañas y se detienen todavía muy arriba, a lo mejor a 4000 ó 4500 metros. Me estoy mirando mucho tiempo tan magnífico espectáculo.
           Nos acercamos a un puerto por el que se desciende a Pakistán y desde allí vemos estupendamente el Mustagh Ata. ¡Qué grandes son estas montañas! ¡Qué cerca parece que están pero qué lejos están en realidad! Las nubes que van y vienen las hacen parecer más altas todavía.
        Y en este entorno privilegiado, de una gran belleza y grandiosidad, viven en condiciones durísimas unos pastores nómadas. Son descendientes de los mongoles. Sus yurtas están en pequeños grupitos por aquí y por allá, en lugares que ellos habrán escogido por unas razones que yo desconozco.
Además de las yurtas hay una pequeña aldea, de casas de adobe y de aspecto pobrísimo. Sus ganados van libremente de un sitio para otro, y cuando doy un paseo alrededor del lago, paseo que dura más de 3 horas lo que es indicativo de las dimensiones del mismo, me encuentro con pequeñas cabritas blancas de largas melenas, con yacks, con camellos y con pequeñas vacas.

Y mientras paseo alrededor del lago voy viendo de manera cambiante las maravillosas montañas que me rodean.

          Hacia un lado son secas y áridas: esa es la frontera con Afganistán y Pakistán; hacia otros son altas, altísimas y llenas de glaciares que bajan lentos y majestuosos.   Aquí se respira una sensación de libertad y de grandiosidad, que en pocos sitios he respirado.

      Cerca de la pequeña aldea me cruzo con un hombre que va montado en su camello, y un poco más allá un rebaño de camellos pasea por la orilla del lago teniendo como fondo esas montañas tan grandiosas. ¡Qué imágenes más maravillosas!
      Pasada la aldea me topo con un pequeño cementerio, con construcciones humildes y sencillas. Construcciones hechas de adobe y no de piedra. ¡Con la de piedras que hay aquí!
        Las magníficas vistas que tengo desde el restaurante sirven para saborear este soberbio espectáculo hasta el último momento. El día 22 de agosto, después de comer, volvemos a Kashgar.


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